Los retrasos en las infraestructuras de un país pobre

29. Julio 2010 | Por Redacción | Categoria: Editorial, Opinión

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La paralización y suspensión indefinida de muchas de las obras públicas que se encontraban en fase de ejecución (algunas de ellas, casi terminadas como el tercer carril de la ronda norte de Zaragoza), han hecho despertar a algunos de un bello sueño para toparse de repente con una cruda realidad: España está empezando a volver a ser un país pobre.

 

España es un país cuyo gobierno no tiene dinero para proyectar nuevas infraestructuras, ni para acabar las que ya están en marcha. España es un país que, de la noche a la mañana (y sin debate alguno durante la madrugada), cambia el keynesianismo del Plan–E por el neoliberalismo salvaje diseñado en la guarida de los cuatro jinetes del apocalipsis económico global (FMI, UE, Banco Mundial y agencias de calificación). España es un país con unas arcas públicas cada vez más exhaustas ya que ni la riqueza ni las grandes decisiones empresariales se producen dentro de nuestras fronteras.

 

Después de acariciar la entrada en el G–8 durante la década del ladrillo, España es ahora un país que no tiene dinero para concluir las obras de las autovías A–21 y A–23, ni tampoco para impulsar la urbanización de Arcosur, ni tampoco para construir la quimérica línea 1 de metro de Zaragoza (a pesar del cuento de hadas narrado ayer por el gobierno municipal), ni tampoco para revitalizar el turismo interior ejecutando –por ejemplo– las obras del Parador Nacional del Monasterio de Veruela.

 

El Estado español está dejando de ingresar –vía impuestos– el dinero que necesita para cumplir con muchas de sus funciones constitucionales. Un dinero que, posiblemente, se encuentre ahora mismo en ciertos paraísos fiscales a disposición de los empresarios españoles que han trasladado sus negocios a los paraísos de la semiesclavitud laboral y de la opacidad financiera.

 

España debe saber que, en el marco del neoliberalismo salvaje global, será un país cada vez más pobre, con unas infraestructuras cada vez más obsoletas, con un Estado del Bienestar cada vez más exiguo, y con una clase política cada vez más maniatada. Aunque también cabe la esperanza de que el cochecito eléctrico del ministro Sebastián solucione, in extremis, todos nuestros problemas.

 

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