Los mercados financieros no son entes abstractos, ya se les empieza a ver las orejillas

13. abril 2012 | Por | Categoria: El ojo atípico, Magazine, Opinión

Felipe González fue uno de los primeros reformadores que tuvo la democracia española formal actual. Le siguió en reformas José María Aznar, a éste le sucedió en la reforma José Luis Rodríguez Zapatero, que como el primero era del Partido Socialista Obrero Español, pero no socialista. Y el último que se está columpiando ahora mismo en la cima de las reformas es Mariano Rajoy del Partido Popular, que evidentemente, tampoco es socialista.

Todos estos reformadores de la reforma que te reforma y sobre la reforma otra, han hecho todas las reformas posibles, menos una. Menos la reforma que hay que hacer, que es dejarse de tanta reforma, porque la reforma que hay que acometer es la reforma de relaciones de producción capitalistas, pero sin reformarlas, es decir, sustituirlas por las relaciones de producción socialistas, que dado que el PSOE no es socialista no puede llegar de la mano de este partido ni de ninguno de sus dirigentes considerados particularmente.

Y dentro de la nube de tanta reforma, realizadas todas ellas, según los reformadores de turno, para que desapareciera el problema del paro y toda la sociedad pudiera vivir mejor (esta fue y es la música de la cantinela de las reformas), resulta que la inmensa mayoría de los entendidos en la materia, los economistas de derechas y los economistas de derechas (estos últimos son los progresistas) están de acuerdo en que las reformas no van a responder a los fines para los que se dice que se hace, esto es, disminuir el paro. Y, a la vista de ello, surge la pregunta: ¿si las reformas realizadas no valen, y se sabe, que no valen para lo que dicen que valen, para qué se hacen?

La respuesta es bien simple: las reformas se hacen porque la realidad necesita ser encubierta con el barniz despistador y despistante para crédulos e ingenuos, a fin de que no sea descubierto que el modo de producción capitalista, llegado a un determinado nivel de desarrollo (ya alcanzado) no puede obtener del proceso productivo directo el beneficio que necesita para mantenerse en pie.

Las reformas no son reformas sino el eufemismo que cubre la sobreexplotación del capital sobre el trabajo mediante la disminución del salario directo (lo que percibe directamente el trabajador por su trabajo); la disminución del salario indirecto (la diferencia de precios entre los precios de mercado y el precio por el que recibe el servicio público) y la disminución del salario diferido (prestaciones pro desempleo y pensiones de jubilación en función de lo cotizado), como medio de obtener la parte de beneficios que no pueden obtener mediante la explotación directa del proceso productivo y completar de esa forma la tasa de beneficios que necesita el sistema capitalista para que no se deshaga como un castillo de arena.

Las reformas, pues, no han valido para lo que decían que valían. Las reformas, aparte de palabras palabretas, han cumplido perfectamente la función política (ideología) que tenían: justificación ideológica del sistema al que se le ha presentado con los ropajes de lo natural, y por tanto, inamovible, con lo que se ha evitado, gracias a los partidos que decían que eran de izquierdas, pero que no lo eran, y gracias a unos sindicatos que se decían de clase, pero que no lo eran, las clases trabajadoras no le han podido plantar cara al capital ni en el terreno político, ni en el terreno económico ni en el terreno ideológico.

Y de esta manera, sin conciencia de clase, amedrentadas las clases trabajadoras, y sin organizaciones políticas y sindicales significativas que defiendan efectivamente sus intereses como clase, que son los intereses de la inmensa mayoría de la sociedad, el Fondo Monetario Internacional, que no es un nido donde reine ni la moralidad, ni la objetividad en sus análisis, ni los benefactores de la sociedad precisamente, ya se puede destapar abiertamente enseñando las orejillas de los mercados financieros, de los que forma parte, para actualizar sin ningún sonrojo las prácticas que Hitler hacía con los trabajadores: someterlos a las cadenas de producción hasta que murieran exhaustos, sustituyendo al muerto por otro y que no pare la cadena de producción.

Con lenguaje de hoy, de hace tan sólo unos días, ha dicho el figura figureta español, José Viñals, del Fondo Monetario Internacional, y como adelanto de la cumbre semestral de esa cueva de bestias enemigas de la sociedad que es el FMI, que se recorten las prestaciones al trabajador (que se paga él con su trabajo) y que se le suban las cotizaciones y que se le alargue la vida laboral ante el riesgo de que la gente viva más de lo esperado, y por si acaso el trabajador vive más de lo esperado, que cada cinco años se revise el alargamiento de su vida laboral para alargarla más, no sea que se escape algún trabajador… lo que visto desde el punto de vista hitleriano y como crimen consentido para legalizar, no está nada mal.

Y, claro, el que no sepa leer que no lea, que leer es pecado. Pero eso sí, muy bueno, como casi todos los pecados.

 

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