El problema nº 1 del pequeño comercio es… el propio comerciante
26. Octubre 2009 | Por Juan Perpiñá | Categoria: Magazine, OpiniónJuan Perpiñá.- Normalmente el colectivo de comerciantes inculpa a las grandes áreas de distribución de ser el factor principal de sus problemas. También suele ofrecer una versión semejante contra los mercadillos (por competencia desleal), contra la banca (que de manera injusta le ha cerrado el “grifo” del crédito), y contra el Gobierno de turno (por tolerar todo lo anterior). Realmente, todo lo expuesto constituye un conjunto de problemas sobre los que de manera sistemática el pequeño comerciante descarga su ira, con razón, al considerar que éstas son las causas de que al final del día la caja siga depauperada y esquelética.
Con ser todo ello factor de la crítica situación en que se encuentran, ningún comerciante es capaz de mirarse su propia joroba y darse cuenta de que su tradicional inmovilismo y resignación le vienen de antiguo. Ello es así –entre otras cosas– por que el pequeño comerciante es incapaz de aunar esfuerzos y presentar batalla contra los problemas que le impiden medrar.
Hace casi veinte años que en Zaragoza, rompiendo la sempiterna costumbre de mirar hacia otro lado, se llevó a cabo una multitudinaria manifestación para reivindicar derechos del colectivo, la cual fue precedida por un apagón de luz en los escaparates y luminosos de todos los establecimientos de la ciudad, y que –por cierto– fue muy bien acogido por la ciudadanía.
Desde entonces y hasta la fecha, aquí no se ha movido ni dios, y cuidado que han existido motivos más que suficientes para “salir” a la calle. Pues nada de nada, el comerciante se ha quedado estático y viendo llover a cantaros, tras contemplar –sin inmutarse– los negros nubarrones que amenazaban la existencia de sus deteriorados establecimientos.
Los pequeños comerciantes apenas han mostrado fuerza alguna, sencilla y llanamente, porque carecen de la más mínima unidad de acción, ni han tenido al frente de todo el colectivo los líderes idóneos que fueran capaces de estimularles para defenderse por sí mismos ante la adversidad. Por si fuera poco, también les ha fallado una federación que supiera aglutinar todas sus inquietudes.
Cuando contemplamos el arrojo que tienen los agricultores y los ganaderos para defender sus intereses, o a los sindicatos de clase (que con todas sus deficiencias y trapicheos) son capaces de “vérselas frontalmente” contra quienes pretenden esquilmarlos, nos entra un ramalazo de envidia sana, al contemplar el mutismo de unos y la enérgica actitud de otros en su afán de defender su “curro”.
Y eso sin traer a la palestra a la organización del gran empresariado (CEOE) que esos sí que se ataron bien los machos desde que comenzó esto de la democracia y con su poderío económico y sus cabezas pensantes (millonariamente retribuidas), constituyen desde hace más de tres décadas lo que han sido siempre, los amos del “cotarro”. Esta élite empresarial se sienta o se levanta cuando le viene en gana de las mesas que buscan el consenso en el devenir de la economía del país. Para ellos, el pequeño empresario es un cero a la izquierda. Podrían –si tuvieran voluntad para ello– tenerle en cuenta (incluso como un hermano menor) para la toma de decisiones. Pero cómo lo van a intentar, si en gran medida ellos son culpables del actual deterioro en el que se encuentra la pequeña y mediana empresa.
En justa medida, y teniendo en cuenta que el pequeño empresario en general y el comerciante en particular son el ombligo del empleo de este país, lo primero que debieran llevar a cabo es algo para lo que se necesita “tenerlos muy bien puestos” y que no es otra cosa que enfrentarse con ese poder fáctico que hoy constituye la CEOE y la manera de hacerlo posible es alineándose con los sindicatos de clase, tanto para presentarles batalla a ellos, como a la propia Administración del Estado, la autonómica e incluso la local, para mostrarles el agravio comparativo que se lleva en estos momentos en favor de los poderosos grupos financieros y empresarios, mientras a los pequeños se les niega el pan y la sal.
Todo puede hacerse, pero lo que no es aceptable es que el pequeño comerciante continúe ahí como anestesiado, viendo desde hace años que su negocio va de mal en peor. El artículo de la Presidenta de la Confederación de Asociaciones de Comercio de España (CACE), Ángeles Pelegay, en el diario “CRÓNICA DE ARAGÓN” del pasado día 16 de octubre es la prueba concluyente de que el pequeño comerciante es quien tiene enquistado su propio cáncer por su ineptitud y desidia a la hora de subsanar el problema que él mismo crea por no saber salir del cascarón de la tienda que no le deja ver más allá de sus propias narices.
¡Échenle un “par” a la situación! ¡Háganlo ya, de una puñetera vez! ¿Por qué no inician un apagón de luces reiterativo a lo largo de este invierno para mostrarse a sí mismos que aún están vivos?
Seguro que algunos pusilánimes saldrán por peteneras, aduciendo razones de fiestas navideñas y abortarán esta medida de fuerza u otras cualquiera que pudieran plantearse.
Ello demostrará lo que siempre ha sido el pequeño comercio: un conjunto de buena gente y resignada con su suerte, que por ser así constituyen el problema más importante de cuantos han de enfrentarse.
Resumiendo: son incapaces de enfrentarse a sí mismos y en el pecado llevan la penitencia. Hay una máxima de Shakespeare que sintetiza todo lo expuesto “Nada más elocuente que la acción”.



