Si Blasco Ibáñez volviera a la vida…

4. Febrero 2010 | Por Juan Perpiñá | Categoria: Magazine, Opinión

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Juan Perpiñá.- …y viera cómo ha cambiado Valencia, seguro que elegiría volver a la fosa, porque es preferible estar enterrado.  

 

El escritor que en su día rechazó la candidatura al Premio Nobel, renunciando con ello a la inmortalidad que le supondría (ya que –según sus propias palabras– prefería la otra inmortalidad, la del pueblo), quedaría aterrado al contemplar ahora –82 años después de su muerte– la transformación que han sufrido las fértiles huertas, auténtico vergel, que rodeaba la ciudad del Turia y que en el transcurso del tiempo la codicia de unos (los herederos de aquellas tierras de labranza) y la especulación de otros (las aves de rapiña de la construcción) han hecho posible la nefasta aparición en todo ese entorno de cientos de bloques de cemento donde habita la “gente guapa” de la Valencia del siglo XXI.

 

En ese tremendo cambio urbanístico nos encontramos, cuando nos llegan noticias sobre el intento autoritario del poder político que pretende quebrar el encanto del barrio de pescadores (el Cabanyal) en los poblados marítimos, para –aprovechándose del nombre de Blasco Ibáñez– hacer llegar una amplia avenida que lleve su nombre y en torno a la cual, la rapiña tiene puestas sus enormes garras.

 

El resultado no sería otro que convertir aquel sector marinero (que inspiró la genialidad de los Sorolla, Benlliure y, por supuesto, Blasco) en la fuente del lucro logrado con la especulación de tan amplio sector de la ciudad.

 

Precisamente, fue en una taberna del Cabanyal donde tuvo que esconderse tras ser perseguido por orden del gobernador, después de la celebración de un mitin en el que atacó –como solo él sabía hacerlo– la injusticia del envío de soldados a Cuba, repitiendo enérgicamente que a Cuba “vayan todos… pobres y ricos”, dado que los que tenían posibilidades económicas pagaban para librarse de ir a esa sangrienta guerra.

 

En ese escondite del Cabanyal, escribió un cuento (“Venganza moruna”) que tuvo una gran repercusión. Por aquel entonces escribió “si somos periodistas no es por afán de lucro, sino para combatir la injusticia, la arbitrariedad, la explotación y defender al débil, al desheredado, al oprimido”. 

 

El pensamiento rebelde de Blasco quedó plasmado en “El poder de la voz” que fue el primer título que aparece en su producción literaria. Sus férreas convicciones de justicia y su inteligencia innata, le llevan a ocupar a los 18 años la presidencia de las Juventudes Republicanas Federales de Valencia.

 

En esa época a nadie le sorprendió que firmase algunos de sus artículos con el seudónimo de “Dantón” tras su ingreso como masón en la Logia número 2 en diciembre de 1888.

 

Precisamente a raíz de este ingreso en la Masonería, fundó en 1989 la publicación “La bandera federal”, una revista semanal de lucha constante, exponiendo desde la misma su moral política, su autoridad como republicano y su conducta intachable frente a la corrupción. Todos sus biógrafos coinciden en que Blasco fue un conductor de masas excepcional, que le acarreó infinidad de detenciones y procesos, así como la calificación  de “demonio” con el que pretendían vejarle los poderes inquisitoriales de la España de aquel entonces.

Blasco, inasequible al desaliento, dirigía personalmente manifestaciones, que exteriorizaban protestas contra la subida de los conservadores al poder.

 

Si hoy volviera a la vida, seguro que estaría al frente de los miles de valencianos, especialmente los del Cabanyal, que recientemente han salido a la calle para detener ese maldito proyecto urbanístico que lleva consigo la destrucción total de ese barrio. Seguro que Blasco al ver su nombre como reclamo desearía volver a su tumba ante la hipocresía de unos gobernantes, herederos directos de quienes durante el franquismo convirtieron su chalet a orillas del mar en el referido Cabanyal, primero en escuela de cadetes de la falange marinera y posteriormente en casa ocupada sin orden ni concierto por aquellos parias que no tenían donde caerse muertos y convirtieron la casa de Blasco Ibáñez en un recinto inhóspito e inhumano. Por si ello fuera poco, los restos mortales de Blasco Ibáñez permanecieron durante cuarenta años (a partir del 39) en un cementerio marginal.

 

De cualquier manera la vida  en ocasiones pone en su sitio a cada cual y al conocer estos días la sentencia del Tribunal Supremo que obliga a la Generalidad (mal que le pese a su presidente Paco Camps) que suspenda inmediatamente todas las actuaciones y adopte las medidas para que el Ayuntamiento (mal que le pese también a Rita Barberá) a que cumpla la obligación de suspender la ejecución (destructiva del Cabanyal), advirtiendo que de no hacerlo, el Ministerio de Cultura podrá ejecutar de forma subsidiaria, para garantizar la protección del interés público.

 

Al fin, y ¡ojalá! todo se cumpla, los herederos de los que tuvieron la dicha de convivir con el escritor universalmente conocido, podrán decir bien alto “hemos salvado el Cabanyal”.

 

Blasco, al igual que el Cid, ha ganado su última batalla después de muerto. Los valencianos de buena fe, ya pueden estar satisfechos tras varios años de lucha.

 

Los valencianos de hoy han recordado con sus hechos la frase lapidaria de Blasco dirigida al dictador Primo de Rivera “no a una nación secuestrada”, rebeldía que en los años sesenta ya planteó el cantautor valenciano Raimon en su expresivo “No. Diguem no. Nosaltres no som d’eixe món” (“No. Digamos No. Nosotros no somos de ese mundo”).

 

La senda de Vicente Blasco Ibáñez, como se ve ha tenido siempre buenos seguidores.  No podía ser de otra manera. Dejó buena mies con sus grandes obras literarias de carácter social y de denuncia contra los poderes establecidos, que fueron leídas en la inmensa mayoría de países a los que llegó su acreditada fama.

 

En el fondo, Blasco no ha muerto, porque sigue vivo en su inigualable obra.

 

 

Foto arriba: Vicente Blasco Ibáñez

Foto abajo: Barrio valenciano de El Cabanyal a principios del siglo XX (autor: Serbosil)

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