100 años de colonialismo en Oriente Medio

27. mayo 2016 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

POR BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE

Se conmemora estos días el centenario de la firma del Tratado Sykes-Picot, el acuerdo con el que Francia y Gran Bretaña se repartieron los territorios de un crepuscular Imperio Otomano que no expiraría hasta el final de la Gran Guerra en 1918. Este tratado, que tomó el nombre de los dos negociadores, François Georges Picot y Mark Sykes, reviste aún hoy notable trascendencia ya que fue decisivo en la actual situación que vive Oriente Medio.

Si bien algunos datan este acuerdo el 16 de mayo, la fecha exacta de la firma nunca se ha llegado a conocer con precisión. Fue un acuerdo secreto y permaneció de esta guisa hasta el 23 de noviembre de 1917, cuando Lenin, que había descubierto el texto en un archivo del zar Nicolás II, ordenó a los periódicos Pravda y el Izvestia que lo airearan al mundo. Hay que decir, no obstante, que Rusia participó también en este subasteo de terrenos con la adjudicación de Estambul, el estrecho de los Dardanelos, Armenia y Kurdistán. La revolución en 1917 impidió que tomaran posesión de los mismos.

Tras este tratado se desató una cascada de acuerdos, conferencias y nuevos tratados (Conferencia de San Remo y de París, Tratado de Sèvres…) entre ellos la conocida Declaración Balfour que reconocía un “hogar nacional para el pueblo judío sin perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina”.

Al margen del interés histórico, carecería de sentido evocar las causas y motivos de dicho tratado si no nos cuestionáramos al mismo tiempo si nos hemos librado ya de la mentalidad colonial que dictó la filosofía de este acuerdo. El tiralíneas fronterizo “desde la segunda K de Akko (hoy San Juan de Acre) a la segunda K de Kirkuk (en Irak)” se trazó sin correspondencia alguna con la realidad política y social de quienes poblaban esos territorios, lo que dio lugar a estados títeres gobernados por déspotas dependientes de la colonia. Una realidad hoy día perceptible.

En los círculos políticos de las grandes potencias, las propuestas actuales sobre Oriente Medio van en el mismo sentido: descuartizar territorios como si fuera el mapa anatómico de corderos o vacas que decora las carnicerías. Frente a los problemas que originan Estados débiles, guerras, abusos y terrorismo, lo mejor, sugieren, es dividir. Irak en tres partes (para kurdos, sunitas y chiítas), Siria en una escabechina múltiple (la parte norte a Turquía, el Golán a Israel, la franja sur a Jordania, una parte para Assad…). Todos tienen intereses, todos han de obtener su tajada. Pero esto abriría de par en par las puertas a nuevos conflictos. Por poner unos ejemplos, a los kurdos un Estado ¿y a los palestinos?; o bien ¿qué argumento daríamos para negarle una porción de territorio al 70% de los chiítas de Bahrein, sometidos al régimen autoritario del 30% restante sunita?

No sólo el lodazal actual es consecuencia de la polvareda que levantó aquel reparto de hace 100 años. Hay un cordón umbilical que remite directamente a 1916: la voluntad occidental por extirpar el panarabismo durante la Guerra Fría, el aliento a Israel, la guerra civil en el Líbano, la invasión estadounidense de Irak en 2003, el bombardeo de Libia durante la primavera árabe, la masacre en Siria… Un siglo después, Sykes-Picot fue el pistoletazo de salida de una persistente voluntad colonial, con el petróleo como argumento. Con la excepción de Turquía e Irán, los habitantes de esa zona del planeta son incapaces de hacer valer su soberanía. Todavía hay bases militares de Estados Unidos, barcos rusos que van y vienen a las costas de Siria, y aviones británicos y franceses, tripulados o no, sobrevolando Oriente Medio y descargando su munición donde lo desean para calmar a su opinión pública. No se trata de atribuir toda la responsabilidad a un lejano tratado de 1916, sino de rastrear las razones y actuaciones posteriores, ninguna de ellas espontáneas, que han llevado a esta situación. Sólo así será posible evaluar las consecuencias y establecer soluciones con justicia.

Cien años después de los acuerdos Sykes-Picot, la estabilidad de Oriente Medio pasa por garantizar los derechos al pueblo palestino e impedir que los petrodólares financien el desarrollo de la doctrina wahabí radical, verdadero germen del terrorismo en esa zona y en todo el planeta. Y sobre todo, dejar de demoler países como Libia, Siria o Yemen.

Foto: Rafy

 

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