30 años

7. septiembre 2012 | Por | Categoria: Magazine, Opinión, Sin fecha de caducidad

A los de mi quinta puede parecernos mentira, pero hace 30 años que se aprobó el Estatuto de Autonomía de Aragón.

Como esta es mi columna, obviaremos la opinión de todos aquellos que conformaban mi quinta para quedarnos con la mía, con mi opinión breve y subjetiva, pero salida de mi corazón y mis vivencias.

En 1.978 se celebró la gran manifestación por la Autonomía de Aragón, “la gran” porque fue especial sin duda alguna.

Fui. Con mis rebeldes y comprometidos 14 años fui. No solo convencido sino ilusionado con un futuro más social, más humano y, cómo no, más aragonés, sin el corsé que España siempre ha sido, es y será para Aragón.

Y fui con una bandera de Aragón para cuya confección compré, de mi exigua propina, la tela barrada y un escudo que cosió mi madre con un silencio y un cariño que me dejó clara su posición, más en aquellos años tétricos pero ilusionados que dejaron ver nuestras miserias pero que, a la vez, empezaban a dejar florecer, despacico, opiniones y voluntades.

Y fui con la ilusión de defender el derecho de mi país a serlo, aunque poco a poco y sin renunciar a ninguna alianza, convivencia o llámesele como a cada uno le dé la gana.

Y fui con la quinceañera ilusión de que expresarse sirve para algo, de que la Democracia sitúa al mando a quienes están obligados a escuchar, adaptar, evolucionar, proteger… incluso educar.

Bendita ignorancia.

Aquél día en el que muchísimos miles de aragoneses pedíamos lo que es nuestro y que, entre otras cosas y aunque no fuera suficiente, nos quitó el golpe de estado del 36, nos llovieron hostias como panes.

Sin tirar cohetes ni molotoves (cócteles más justificados que otros muchos… tantas veces), pero nos dieron hostias como panes nuestras fuerzas de seguridad del estado, de ese estado del que Aragón forma parte no solo por ocupación militar (1.591), sino por esa estúpida razón que movía las igualmente estúpidas fronteras de los países: las estirpes monárquicas que, antes y ahora, ponen la protección del caduco sistema monárquico por encima del resto de intereses, incluida su patria, esa con la que se llenan la boca, el pecho de medallas, los discursos navideños y los de entretiempo.

Esa que no dudo que quieran pero que estoy completamente seguro de que quieren mucho menos que a su estirpe.

Esa que no es más que, como el resto, unas líneas en un mapa, en un mapa activo que la Historia ha ido modificando no en virtud de los seres humanos, sino en virtud de algunos seres no sé hasta qué punto humanos.

La Edad Media fue un tiempo rico para el cine y la literatura, e incluso para la Historia; sobre todo para la Historia, porque la Historia es lo que debería ayudarnos a ser más inteligentes y, por supuesto, menos gilipollas.

Pero no, nos pasamos por el forro la experiencia que nos da lo pasado, nos olvidamos del pasado y nos olvidamos de dónde venimos, de lo que somos y de lo que deberíamos ser.

No renuncio a mi condición europea, española y todo lo que, territorialmente, pueda achacárseme, de verdad que lo llevo bien y sin demasiado disgusto, más que nada porque mi condición es la humana y, por lo tanto, no admito fronteras, pero si las fronteras no figuran en un mapa sino en el corazón, soy aragonés… y punto.

Y dicho esto, no me queda más remedio que celebrar los 30 años de un Estatuto de Autonomía de segunda división que ha sido positivo, no por sí mismo sino por el contenido Constitucional; porque Aragón, cuna con otros territorios del actual Estado español, aunque por matrimonios reales y ocupaciones militares, no ha dejado de avanzar gracias a él.

En estos 30 años que, de alguna manera, comenzaron con las hostias que nos dieron las fuerzas españolas en el 78 (menos que en 1591), nuestra autoestima ha crecido, sin duda; nuestra capacidad también… pero cumplimos 30 años en una recesión no solo económica, sino de capacidad y, sobre todo, de autoestima.

Aragón, 30 años después de la aprobación de un Estatuto de Autonomía de 2ª, no debería pensar solamente en salir de la crisis económica global, sino en que la prosperidad, el respeto histórico, la dignidad y la justicia son un derecho de su Pueblo, un Pueblo que debe tener identidad propia, orgullo propio y capacidad y responsabilidad para sacar adelante a su Pueblo.

En España… en Europa… en el Mundo… Pero Aragón.

(DEDICADO A J. A. LABORDETA)

 

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