Bangladesh y la irresponsabilidad social de las empresas globales

10. mayo 2013 | Por | Categoria: Economía, Magazine

No hay postal que mejor defina el lado siniestro de la globalización que la imagen en ruinas de la fábrica en Savar, Bangladesh, derrumbada a finales de abril. Entre los escombros donde yacían los cuerpos sin vida de, hasta el momento, 922 trabajadores y trabajadoras se encontraron jirones de ropa de conocidas marcas occidentales: Mango, Corte Inglés, H&M… En el interior del edificio se amontonaban 5.000 seres humanos que se jugaban cada día la vida por poco más de 38 euros al mes haciendo posible el sueño del low cost para millones de occidentales y el milagro de las plusvalías millonarias a un puñado de grandes accionistas.

Las grietas aparecidas en el edificio el día anterior hacían presagiar lo peor. Muchos trabajadores se negaron a entrar la misma mañana de la catástrofe. Finalmente, como narran algunos supervivientes, el empleo de la fuerza por sus patronos les obligó a iniciar la jornada. El retraso o incumplimiento de un pedido supone para contratistas y subcontratistas la pérdida de jugosos beneficios… para otros el retorno a la miseria. Curiosa “libertad” ésta que proclama la teoría de la “mano invisible”.

No es la primera vez que ocurre una desgracia así. Según la campaña Ropa Limpia (impulsado por ONGs y sindicatos) entre 2006 y 2009 al menos 413 incendios han acabado en Bangladesh con la vida de 414 trabajadores. En febrero de 2010 la fábrica Garib&Garib (que manufactura para H&M y Wall Mart) se incendió causando la muerte de 21 trabajadores. En noviembre de 2012 morían en el propio Savar 112 trabajadores. Un mes después lo hacían 137 personas pasto de las llamas en la fábrica Tazreen Fashion…

Colonialismo 2.0

El mal llamado “tercer mundo” actúa como taller clandestino para las multinacionales. Bangladesh es uno de ellos. Con casi 168 millones de habitantes, el país cuenta con un ejército reservista de mano de obra que es un filón para las multinacionales de la ropa, convirtiendo a este país en clave para la manufactura de esta industria. Más de las tres cuartas partes de sus ingresos por exportación proceden del sector textil. Por ello, el Gobierno prefiere mirar a otro lado ante los continuos desastres laborales. Una versión actualizada del colonialismo donde, a una orden del amo transnacional, las élites locales empuñan el látigo sobre las espaldas descarnadas de una ciudadanía completamente desestructurada y sometida.

Con razón predican las grandes empresas menos estados

Esta represión además de cumplir una función económica (¡producid, producid malditos!) adquiere una dimensión política. La lucha por los derechos laborales encierra dentro de sí la simiente de una futura ciudadanía social donde los derechos y deberes se redistribuyen de forma justa. Una amenaza para los caciques ¿Nos convenceremos alguna vez que la relación entre Capitalismo y Democracia es una relación parasitaria?

Las multinacionales pretenden llenar ese vacío de legalidad y justicia con una sarta de placebos venenosos como son las “normas de calidad” y la llamada “Responsabilidad Social Corporativa”. Fenómenos ambos que responden a la privatización global del derecho.

Las formas blandas de control

Las empresas que operan en la periferia del mundo capitalista decoran su curriculum con los certificados privados de calidad. Tras la última catástrofe de Savar muchas corporaciones se apresuraron a desempolvar su acreditación SA8000, una acreditación voluntaria que concede una organización estadounidense no gubernamental (Council on Economic Priorities Acreditation Agency, CEPPA) con el propósito de promover mejores condiciones laborales. Hay que recordar que tras una catástrofe similar en Karachi (Pakistán) en septiembre de 2012, donde murieron 290 trabajadores, la empresa responsable (Ali Entreprise) había recibido el “sello de calidad” por cumplir con este estándar internacional SA8000.

Por su parte, la llamada “Responsabilidad Social Corporativa” (RSC) constituye un conjunto de reglas que las empresas se otorgan a sí mismas para “regular” las consecuencias medioambientales de su actividad, las relaciones con los consumidores y los “derechos” laborales con sus empleados. Para su cumplimiento, por supuesto, se remite a su buena voluntad. Poner a la zorra a cuidar las gallinas, que dicen en mi barrio.

Como no puede ser de otra manera, esta reglamentación unilateral y voluntaria convierte estos mecanismos en ineficaces. Las subcontratas piratas de las empresas multinacionales (las que realmente emplean la mano de obra esclava) no los suscriben. Además, tales normas se quedan en un nivel asistencial y paternalista, más próximo al de la caridad que al cumplimiento riguroso de una obligación legal. Lo más peligroso que entrañan estas prácticas de regulación es que puedan empelarse como sustitutivo de una ley democrática y plural, con sus regímenes de control y sanción. Una amenaza para el papel de agentes sociales como los sindicatos.

La distopía del neoliberalismo

Bangladesh, como muchos países, demuestra crudamente la división del trabajo internacional y las falsedades del dogma neoliberal: el individualismo y la búsqueda egoísta de ganancias como falso cimiento de la cohesión social; y el mito de la “libertad”… de quienes no pueden permitirse el lujo de renunciar a jugarse la vida cada día por un puñado de euros.

Por el contrario nos recuerda el papel esencial que juega en la articulación de una sociedad justa un Estado social. Eso sí, verdaderamente representativo de los ciudadanos y los trabajadores que lo forman, no el catafalco feudal que nos gobierna. No obstante, el gran reto sigue siendo repensar su papel, o una alternativa valida, en un mundo globalizado y bestial.

No lo olvidemos. Se termina entre escombros de una fábrica lo que poco antes comenzó con una “necesaria” flexibilización laboral.

Foto: Sharat Chowdhury

 

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