Black Friday, los juegos del hambre

27. noviembre 2015 | Por | Categoria: Economía, Magazine

POR BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE

Acampados a la intemperie, formando largas colas o enfrentados en batallas campales en el interior de centros comerciales… No son imágenes de un campo de refugiados o de un videojuego de zombis. Aunque el nombre del fenómeno que provoca todo ello tiene un nombre siniestro, las escenas descritas se desarrollan en civilizadas urbes occidentales.

Los norteamericanos lo llaman Black Friday, el día después de la fiesta de Acción de Gracias que se celebra el cuarto jueves de noviembre. Desde los años veinte se ha convertido en el acontecimiento que da inicio a las compras navideñas en Estados Unidos. Su denominación no tiene que ver con ajustes de cuentas entre gánsters, ni tampoco con desplomes de la bolsa. “Viernes Negro” tiene otro significado. El rojo con que se anota en los libros contables las pérdidas se tiñe de negro por los beneficios obtenidos tras la campaña de descuentos de ese día. Aún en medio de una crisis, en una década el beneficio obtenido en esas fechas alcanzó un valor aproximado de 30.000 millones de dólares. A ello hay que añadir que desde 2003 se ha establecido la costumbre de que al Black Friday le siga el Cyber Monday, el lunes dedicado exclusivamente a las compras on-line y también marcado por las promociones.

La crítica más común al fenómeno Black Friday viene expresada por la permeabilidad con que adoptamos ésta y otras costumbres norteamericanas, como Halloween. Pero no se trata sólo de un mero comportamiento mimético que hiere el orgullo folclórico patrio. En China por ejemplo han creado su propia versión celebrando el once de noviembre, el Día de los solteros. Masas de consumidores chinos se lanzan a comprar el regalo adecuado para la persona que desean conquistar. Lo que hay que valorar no es el efecto contagio en sí, sino las razones y consecuencias que el virus de este germen consumista despliega en la sociedad, sea la norteamericana, la europea o la china.

Decía el cineasta italiano Pier Paolo Pasolini que el consumismo era la obediencia a una orden no dada. Con ello quería subrayar aquellos comportamientos irracionales que pasan por deseos propios y ante los cuales el sujeto se limita a dar su consentimiento sin razonar ni pretender entender su origen. No le faltaba razón a Pasolini, un nuevo fascismo que homologa y seduce a las masas pero les oculta su significado.

Las pautas de consumo obedecen a los patrones de producción. Al analizar los fenómenos consumistas más extremos corremos el riesgo de que las verdaderas razones del monstruo permanezcan escondidas.

No hace falta consumir descerebradamente un día para demostrar que el actual sistema productivo resulta nocivo e insostenible desde un punto de vista ecológico y social. Que las mercancías se elaboren y comercialicen baratas no tiene otra explicación que unos costes y condiciones laborales en modo esclavitud. Baste recordar las protestas del año pasado de trabajadores de Wal Mart en Estados Unidos. En 2013, esta empresa obtuvo 16.000 millones de dólares en beneficios anuales, mientras la mayoría de sus trabajadores percibe menos de 25.000 dólares al año, una miseria. Tales prácticas laborales no son desde luego un hecho aislado. Y si profundizamos en las condiciones en que se fabrican la gran mayoría de los productos cotidianos que adquirimos comprobaríamos que tras la chirigota del consumismo se oculta el drama de la explotación. Claro que todo esto poco importa a la manada que lucha por su supervivencia en la sabana del centro comercial.

Provoca vergüenza ajena contemplar escenas de pressing catch donde el gentío se enzarza por una “tostadora de nueva generación”. Comprendemos entonces que aquello de la “decisión racional” del consumidor es un cuento chino. Resulta más adecuado emplear para definir el fenómeno aquello que dijera Hobbes de que el hombre es un lobo para el hombre. Habría que felicitar a Margaret Thatcher y a sus secuaces, lo habéis conseguido: no existe sociedad, solo un agregado de átomos atolondrados peleando por conectarse a una Xbox.

Foto: Gridprop

 

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