CAI, entre todos la tenían y ella sola se murió

10. julio 2014 | Por | Categoria: Economía, Magazine

POR BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE – La puesta en marcha por las Cortes de Aragón de una comisión de investigación por la gestión de Caja de Ahorros de la Inmaculada (CAI) nos ha permitido a los aragoneses y aragonesas asistir al desfile de personajes que gestionaban o dirigían la entidad social aragonesa. Lo que ocurrió en CAI es una muestra a reducida dimensión de lo que sucedió en la práctica totalidad de las cajas de ahorros en España: de entidades con vocación popular y raigambre en el tejido productivo local, de repente se convierten en bancos ávidos de especulación financiera e inmobiliaria.

Esta mutación “repentina” ha sido tradicionalmente explicada por la irresistible coyuntura económica (tipos de interés muy bajos y abundancia dinero en los circuitos internacionales de capitales) y por la peculiar estructura de financiación y gobierno de estas entidades. No añadiremos más a este debate, salvo indicar que el virus de la ruina dormitaba en ellas y que entidades muy concretas (como Caixa Pollença y Caixa Ontiyent) siguen ejerciendo como cajas de ahorros según el saludable modelo tradicional. Las decisiones de suicidio financiero de gran parte de estas entidades no responden a imponderables del destino financiero, sino a decisiones y a sistemas de organización concretas.

Tras leer las crónicas de los comparecientes ante esta Comisión uno llega a la conclusión de que a CAI entre todos la tenían y ella sola se murió. Los directivos argumentando aquello de Homer Simpson: “yo no he sido”, “cuando llegué ya estaba así” y “¡que gran idea jefe!”. Los miembros de los distintos Consejos de Administración y Comisiones de Control escenificando en sede parlamentaria el rito de la omertá, silenciando las dietas que se embolsaban y el incumplimiento de sus responsabilidades; y, por último, el gobierno aragonés de turno, cuyo representante en la Comisión de Control  debía aburrirse tanto como Felipe González en Iberdrola.

La gestión de CAI huele a podrido y mucho me temo que tanto la querella interpuesta como la Comisión de las Cortes van limitarse a señalar “cabezas de turco” y a enterrar en la cuneta de los residuos tóxicos un modelo de gestión que, por desgracia, sigue imperando en la nueva fundación bancaria nacida de las escombreras de la caja. Muchos de los miembros que formaron parte de las estructuras de gobierno de CAI en los periodos más ominosos de esta entidad perviven en los máximos órganos de dirección del patronato de la Fundación CAI. Esta ausencia de depuración de responsabilidades revela la situación endogámica en que vivían los distintos órganos de gobierno y gestión de CAI.

En efecto, el deterioro de CAI sólo es achacable a un sistema organizativo y de gestión completamente pernicioso para los intereses de la propia caja como institución, de sus clientes y de toda la ciudadanía aragonesa, al dejar su gobierno en manos de una casta exclusiva de gran poder y que atendía a sus intereses y el de sus amos. La ley del silencio y las tramas palaciegas son la consecuencia de un poder que se ejercía por oscuros vericuetos.

Desde los mecanismos electorales para la designación de consejeros en representación de los impositores; hasta los nombramientos políticos; pasando por la designación de los presidentes, nombrados por la entidad fundadora, todo ello respondía a una estructura que revelaba una escenografía de la apariencia, requisito imprescindible para ejercer el poder sin responsabilidad.

La consecuencia es que, pese a que tanto la ley aragonesa de cajas como los propios estatutos de CAI otorgaban amplios poderes de control y decisión a diversos órganos, no se ejercieron ni por el Consejo de Administración ni por la Comisión de Control (que asumía tareas de auditoría) ni por las Instituciones públicas de Aragón.

Por tanto, si las Cortes de Aragón quieren llegar a alguna conclusión mínimamente digna para la ciudadanía aragonesa, su tarea no es sólo averiguar quién tomó las decisiones económicas fraudulentas en un periodo concreto. Su misión esencial debe ser aclarar dónde y quiénes han ejercido el poder en CAI. Lo primero es consecuencia de los segundo. Y para responder a esa pregunta nada más fácil que averiguar quién o quiénes se han beneficiado de las decisiones de CAI, de sus inversiones irracionales, de sus compras insostenibles (Galerías Primero) o de participaciones en empresas tocadas económicamente pero rentables ideológicamente (Heraldo de Aragón).

Señorías, tírese del hilo del desgobierno y manipulación de los órganos de gobierno de CAI y encontrarán al sin par caciquismo aragonés. ¿Se atreverán a hacerlo?

Foto: archivo cronicadearagon.es

 

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