Cuando despertó, el fascismo seguía allí

27. septiembre 2013 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

POR BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE  –  “Las amenazas de la democracia no sólo proceden de sus enemigos externos: también pueden partir de aquellos que emplean el lenguaje de la democracia y utilizan las libertades que les otorgan las instituciones democráticas para minar su propia esencia.” Aunque pudiera parecer, no se trata de una descripción sobre la situación actual en España sino de un párrafo tomado del historiador Eric D. Weitz sobre la República alemana de Weimar (“La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia”, página 424).

Ha sido un lugar común, estos últimos años comparar esta crisis con el surgimiento del fascismo en los años treinta. Un periodo que muestra a Weimar como un laboratorio rico en muestras capaces de hacer comprensible el fracaso de una democracia parlamentaria frente al proceso de recomposición capitalista. Aunque como toda comparación histórica debe tomarse con cautela.

Weimar no cerró los, trauma decimonónicos de Alemania. El país asistía tras su derrota en 1918 al primer experimento democrático en su historia. Su experiencia demuestra que una simple constitución no sanea las infecciones de un cuerpo social y político si no es capaz de generar en tales sustratos los anticuerpos necesarios para ello. No hay democracia real sin democracia orgánica, sin fuerzas sociales que impulsen el progreso. La República de Weimar no pudo acabar con el militarismo prusiano, el ultranacionalismo o la xenofobia. De nada sirvieron los 181 artículos de su Constitución. Papel mojado. Sólo tras una epidemia de peste parda logró reaccionar la sociedad. Una terapia demasiado agresiva. El nazismo, la guerra y la miseria eliminaron por la fuerza aquellos gérmenes del ADN alemán. Aunque los brotes pardos siguen siendo una amenaza.

En España contamos con nuestra propia experiencia republicana. Fracasada por una sedición militar acabó con ella una guerra y una dictadura que, tras cuarenta años, se cerró en falso. Aquí jamás tuvimos oportunidad de crear esos anticuerpos sociales. Los sucesivos representantes históricos de las ideas progresistas (ilustración, liberalismo, movimiento obrero…) sufrieron todo tipo de brutales represalias. Desde la peste borbónica y las Guerras carlistas, hasta la propia represión franquista. En 200 años jamás se ha tolerado un grupo social capaz de encabezar una modernización digna. La consecuencia es que las bacterias reaccionarias han sobrevivido hasta hoy en todos los organismos sociales, públicos y privados.

Transmitidas de un régimen a otro con la facilidad de un estornudo tales gérmenes han ocupado incluso el discurso de la “Transición”, imponiendo la falsa creencia de que en la Guerra Civil había dos bandos “igual de malos” y que había que perdonar y olvidar. No sorprende que la oficina de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos pidiera al gobierno español el año pasado la derogación de la ley de amnistía de 1977 por incumplir la normativa internacional en materia de Derechos Humanos. Los verdugos se perdonaron así mismos, aunque sin propósito de enmienda.

Asaltadas las instituciones, ocupado el espacio legal y jurídico, la Constitución, o mejor dicho un uso privativo de la misma, se ha convertido en el coto privado del reaccionarismo. Con razón no quieren cambiar una coma y para ello no dudan en nombrar como presidente del Tribunal Constitucional a un lacayo fiel. Los preceptos constitucionales han sido discriminados o torticeramente aplicados en propio interés. Entre estas malignas interpretaciones destaca el uso perverso de la noción de Libertad que estas élites parasitarias emplean como argumento para su impunidad y derecho a pernada.

Nada ejemplifica mejor lo que quiero transmitir que aquella lamentable frase de Aznar en 2007 a propósito de una campaña de la Dirección General de Tráfico: “¿Y quién te ha dicho que quiero que conduzcas por mí? Déjame que beba tranquilamente”. Esta chulería cazurra resume 200 años de retraso mental político. Una “libertad” irresponsable que sirve tanto para justificar los crímenes del franquismo como para demoler un estado de garantías sociales. Ahí tienen en un solo twitt todo el dogma que ampara la impunidad, la irracionalidad, la corrupción y la mentira electoral de quienes son los herederos del caciquismo.

El Partido Popular alberga en su seno una notable colección de huevos de serpiente: sus jóvenes cachorros hacen gala de simbología fascista; sus alcaldes muestran actitudes propias de un chulo de puticlub y algunas delegadas del gobierno asisten con devoción de viuda de guerra a una ceremonia de la División Azul…  También los hay más histriónicos, como ese patético juez de lo militar que, boina roja en testa, proclama su militancia carlista; o cierta fundación “Francisco Franco”, subvencionada con dinero público, que apela a una intervención militar… La gama del fascismo español es variada, pero lo preocupante es que el Partido Popular no quiera reconocer el tremendo error en que está incurriendo, empeñado en seguir polarizando y arrojando sal a una herida que, merced a ello, aún supura. ¿Qué podemos esperar, por otra parte, si le ampara la ley electoral?

Nuestra democracia es incompleta si no se elimina esta jauría. Mientras no se apliquen todos los resortes, que los hay, para lograr un progreso económico y social que impulse un verdadero cambio político, estos perros seguirán ladrando. Y desde luego con las lunáticas políticas económicas que están imponiendo muchos acabarán por transformarse en lobos.

Termino con otra cita del libro de Eric D. Weitz: “La gente busca seguridad por encima de todo, que ni sus vidas ni su bienestar económico se vean en peligro. Cuando un sistema democrático no les da respuesta, puede llegar el caso de que hasta los demócratas más convencidos le den la espalda y opten por soluciones autoritarias.” (página 422).

No saben a lo que están jugando (o quizá sí).

Foto: RomanD

 

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