Democracia sí o sí… o no, pero…

30. julio 2012 | Por | Categoria: Magazine, Opinión, Sin fecha de caducidad

Entre la dictadura de estilo franquista o del actual estilo capitalista no hay más que una mera cuestión de disimulo, de imagen, de dificultad de poner cara al responsable o, mejor, al enemigo.

Sin embargo, las consecuencias son no sólo similares sino más crueles porque a las personas siempre nos ha parecido más digno morir en un campo de batalla que acabar aniquilados en la más paupérrima capacidad de defensa.

Cuando las hostias te llueven sin saber de dónde vienen ni quién te las da, no hay forma de defenderse porque tu enemigo, cobarde o más listo que tú, está oculto, amparado en el pasamontañas terrorista que le permite agredir en nombre de cualquier cosa, por supuesto cualquier cosa siempre personal, nunca por los demás.

En esta tercera guerra mundial que un amigo, mi único camarada, me anunció hace tiempo, aunque sin demasiada definición en cuanto a la forma, los muertos no se cuentan por ocupaciones militares territoriales ni por las bajas mutiladas, sino que estamos imbuidos en un proceso de ocupación del que será mucho más difícil, duro y duradero de salir.

Esta nueva ocupación es capitalista. Esta nueva ocupación no tiene los arrestos humanos para enfrentarse cara a cara, esta nueva ocupación es tan cobarde que no muestra caras. Esta nueva ocupación es la puesta en marcha de aquello que era ciencia ficción y que nos mostraba grandes hermanos, destrucción de la cultura con la quema de libros y, en definitiva, y con claridad, lo que siempre han buscado las dictaduras: incultura y sometimiento al poder, a su poder.

Buscar o proponer ahora soluciones democráticas, de esta cosa que ahora llaman democracia, no es más que otra forma de maquillar, de fingir, de mentir, de adormecer al Pueblo, a un Pueblo que lleva años adormecido bajo el influjo de los “listos” y que ahora se ve ahogado por primas de riesgo y cosas que jamás, nadie, tuvo ni tendrá derecho a exigir que comprenda.

Ellos están para que el Pueblo sea el Pueblo, no para que los integrantes del pueblo se vean obligados a ser economistas de lo macro, nada menos, que con lo micro ya tienen bastante.

Porque ellos no solo están para decidir, sino que su máxima obligación es la de cuidar a su Pueblo, y un Pueblo no lo es si no es con sus campesinos, con sus albañiles, con sus dependientes de comercio, con sus electricistas, con sus ganaderos, sus profesores, sus médicos, sus ingenieros, sus lo que sea y, por supuesto, sus mineros.

Un gobernante, por muy Mariano, o Merkel, u Obama que sea, acabará en la guillotina, seguramente metafórica, si el Pueblo se une, y eso ocurrió y puede ocurrir.

Hemos escrito ya muchos artículos en este humilde medio predicando, puede que en cierto desierto, que la historia se repite si no somos inteligentes, si no somos sensatos, si olvidamos o interpretamos interesadamente o, simplemente, si aparcamos la historia.

También llevamos infinidad de artículos denunciando, desde nuestras posiciones nada objetivas políticamente, ni hacia uno ni hacia otro lado, que la mediocridad política nos iba a llevar al punto al que nos estamos aproximando a una velocidad que, nosotros tampoco, podíamos adivinar.

Mediocridad política objeto de fácil crítica pero mediocridad económica más amparada en anonimatos, excusas, privacidades con perjuicios públicos, pero también complicidades políticas, de los de ahora y de los de antes.

De los de ahora y de los de antes, que son o pretenden ser los de siempre y que han atontado al Pueblo para serlo.

Y que lo han conseguido… quizá hasta ahora, que ya no hay solución.

Debemos todos defender la Democracia, pero si ésta se ha perdido, debemos imponerla y, si aún así no es posible recuperarla, y puestos a elegir, permíteme aconsejarte que sea el Pueblo quien determine cómo vivimos en este mundo las personas, y quiénes merecen ser juzgados (y, si procede, condenados) por atentar contra los valores que tantos siglos y tantas vidas costó conseguir en nombre de la Humanidad.

Y si hace falta, cambiemos las Leyes, que ellos sí las cambian.

 

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