El poder político de la sociedad civil

24. agosto 2012 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

por Bartleby, el escribiente ··········

Vuelve la sociedad civil más activa. Ese tábano colectivo que ventila espacios y desengrasa las mentes de culo sedentario. De la algarabía indignada de 2011 a las múltiples plataformas ciudadanas en defensa de los derechos sociales, por fin los ciudadanos y ciudadanas, así como las diferentes organizaciones de base, empiezan a querer dar sentido y acción a sus muchas y justificadas reivindicaciones de manera directa.

Se la esperaba, la verdad. No por ausencia total, ya que han sido muchos los colectivos que por diferentes causas han venido plantando cara desde hace años a una sociedad que se estaba convirtiendo en un erial listo para la recalificación. Ahora resurge con fuerza, haciendo autocrítica por haberse tomado un permiso colectivo de larga duración. Hemos aprendido una lección, la política real, la de los partidos y su bipolaridad enfermiza, esclerotiza el espacio público y convierte las demandas sociales en fósiles de boletín oficial. No hay política sin sociedad activa que la penetre.

Sí, vuelve ese encanto descarado de la vida social y además con rabia, como corresponde. Desde la insumisión de los médicos ante el genocidio sanitario del emigrante, las “auto reducciones” (así las llamaban los italianos en los años 70) en el metro de Madrid o en  supermercados, pasando por las paralizaciones de embargos de viviendas o la exigencia de una auditoria a la deuda ilegítima. Todo bulle de actividad simbólica o real.

El hábitat hace mucho, qué duda cabe, y el panorama económico está creando el microclima adecuado para el fermento de una actividad ciudadana que no debería pararse nunca. Sin ella quedamos a merced de partidos que son máquinas de fabricar votos pero impermeables a las demandas de la ciudadanía. Lógico que ésta reniegue de aquéllos, con gran riesgo para ambos. Así lo reconocían las encuestas del CIS en su Barómetro de julio. El 22,3% de los encuestados dejaban claro que no votarían; mayor porcentaje que el voto directo que va a parar al PP o al PSOE. O no funcionan bien los sismógrafos de partidos y son incapaces de barruntar el temblor que se avecina, o están atados de lobbys y manos.

En este contexto de intensa vitalidad social apareció una nota editorial en el último número de la revista “Cuadernos de pensamiento político” que edita FAES, ya saben, el púlpito de Aznar y la “derecha totalitaria” del Partido Popular (no entiendan mal, “totalitaria” porque integra extremos y presuntos “centros”). Con desvergonzadas dosis de hipocresía deja algunas perlas, como que “el programa electoral del Partido Popular (…) sigue siendo un documento de referencia fundamental para quien busque comprender las causas de nuestra crisis y lo que se debe hacer para superarla”.  Por si alguien se despista, se está refiriendo al No-programa, esa mentira encuadernada descargable en PDF. No obstante el abundante chorreo de cinismo que derrama la nota editorial, voy a referirme a un aspecto concreto que resalta el texto en su parte central, cual es el del desprecio hacia las movilizaciones sociales y las diversas reivindicaciones que surgen desde la sociedad civil.

La parte de la nota editorial a la que me voy a referir dice así: “Empiezan a abundar desde una sedicente “portavocía” de la sociedad civil las proposiciones arbitristas que pretenden hacer pasar por proyectos de reformas meditados lo que no dejan de ser ejercicios más o menos bien intencionados de retórica política, y menudean las recomendaciones públicas al Gobierno, parciales y frecuentemente airadas, que carecen de la solvencia exigible a quienes pretenden erigirse en guías improvisados de una gran nación que tiene que encarar grandes problemas y que, además, acaba de elegir Parlamento y Gobierno.

Con la provocativa expresión “la sedicente portavocía de la sociedad civil” el editorialista está tratando de negar legitimidad a la sociedad civil que, ejerciendo como tal, se manifiesta ante una situación y unas medidas que con evidente injusticia la están machacando económicamente. Hasta aquí podríamos entender que se trata del consabido argumentario de un gobierno que trata de justificarse. Pero el texto plantea otras alternativas muy interesantes.

Antes, aclarar que el concepto de sociedad civil es peliagudo y ha sufrido históricamente muchas variaciones, sobre todo en su tensión con el papel del Estado. Digamos de manera muy genérica que es el ámbito social despojado del poder que detenta el Estado y sus aparatos, y en donde se generan directamente las necesidades de la población en sus relaciones sociales y económicas.

Para el liberalismo el concepto de sociedad civil alberga matices importantes que hacen de él un concepto clave sobre el que fundamenta su ideología. La tradicional pretensión del liberalismo de reducir el Estado (o de emplearlo para los intereses propios de una élite) deja más cancha libre a la sociedad civil y a lo que, para los liberales, le caracteriza: el mercado y la propiedad, únicas herramientas capaces de regular adecuadamente las relaciones jurídicas entre las personas. Por tanto, no se establecen diferencias entre el mercado y la sociedad civil. Cuando los liberales hablan de sociedad civil, están pensando en el mercado.

Pudiera sorprender que un partido que se autodenomina “liberal” niegue legitimidad a la sociedad civil. Estaría incumpliendo su ideario histórico, plasmado en un programa electoral cuyo lema era “Más sociedad, mejor gobierno”. No obstante, para el Partido Popular esta sociedad civil que se está manifestando en la actualidad no entra dentro de su consideración como tal. Para los liberales, también las grandes empresas y sus organizaciones forman parte, y muy importante, de la sociedad civil. Aquí podemos apreciar el carácter depredador que para el liberalismo tiene su concepción de sociedad civil: una jungla donde el que más chifla, capador.

Al margen de esto, una lectura más atenta del editorial nos permite apreciar que con semejante declaración se está afirmando en el fondo que la “verdadera sociedad civil” es la que no ejerce de “portavocía”, la que está callada, mansa, apaciguada. La que por omisión lanza un silencioso grito de obediencia al partido. Niega por tanto virtualidad política a la base social. Las elecciones generales y las votaciones son una operación quirúrgica masiva donde al paciente (la sociedad civil) se le extraen sus “órganos políticos” y queda convaleciente y en reposo durante cuatro años hasta que milagrosamente vuelven a aparecerle.

Con su editorial, FAES (el PP) viene a decirnos que el partido, elegido conforme a un censo electoral (algo así como una lista de pacientes, impacientes) es el que ha sustituido a la sociedad, y por tanto es el único legitimado para interpretar la realidad y adoptar las leyes. El único destino de la sociedad es convertirse en “censo electoral”: “el censo electoral –se puede leer al final del editorial de FAES– que ha avalado mayoritariamente y hace bien poco el programa popular.” A la sociedad civil no le hace falta ningún partido que le otorgue voz y la proclame para que sea considerada como tal. Tampoco deja de ser un actor político merced a unos formularios electorales, y menos desde luego para aprobar y legitimar una publicidad electoral que no se cumple. Esto no funciona así, en régimen administrativo de concesión.

Si escarbamos en el texto podemos comprobar que FAES entra en cuestiones procedimentales para tratar de deslegitimar la función política de la sociedad civil. Discutir la forma para atacar el fondo sin entrar en él. Nada de hablar de los recortes sociales, mejor la ilegitimidad para criticarlos. Y sin embargo, esta táctica lo que pone de manifiesto es precisamente el carácter procedimental, sin sustancia, del actual modelo político y democrático. Un puro gobierno estadístico con graves consecuencias, que quiere hacer desaparecer a la ciudadanía y gobernar como un anónimo mecanismo. Así nadie es responsable de los abusos. O por decirlo con un lenguaje más actual: “hacer lo que hay que hacer”, “cumplir con Europa”, “lo siento, me he equivocado, no volverá a suceder”, o toda la retahíla de “argumentos” de quienes han comparecido hasta ahora en la comisión parlamentaria que “investiga” el fraude de bancos y caja a la sociedad, etc… Como recoge Mercè Rius en su artículo “El ciudadano sin atributos” (publicado en “Democracia sin ciudadanos”, página 34): estamos asistiendo a “la despolitización subjetiva, esto es, la atrofia de la naturaleza política tanto en los dominadores como en los dominados.” Es el gobierno de Sociedades Anónimas que quieren implantar, con figurantes en lugar de ciudadanos activos.

Y entonces ¿a qué sociedad civil aspiramos? En “La responsabilidad ciudadana como fundamento de los derechos sociales: una cuestión polivalente” (Revista de Estudios Políticos Núm. 94. Octubre-Diciembre 1996) su autor, Ricard Zapata argumenta un modelo de ciudadanía que “tiene poder de participar en las modificaciones de conducta del Estado respecto a los bienes distribuidos (…) reivindicando inclusión de aquellos significados no contemplados previamente (página 167)”.

Las actuales plataformas ciudadanas en defensa de los derechos sociales tienen precisamente estos objetivos y ponen de manifiesto que toda sociedad es necesariamente política.

Naturalmente no soy ajeno a los riegos. La estrechez de miras y el corporativismo interesado y excluyente. Ante ello, la mejor manera de superar estos obstáculos es la educación de la ciudadanía, pero no sólo curricularmente sino poniendo en práctica los derechos políticos colectivamente. Como en la antigua Grecia, es así como se aprende políticamente a ser responsable, a implicarse y a autolimitarse en los intereses egoístas. Sólo así puede surgir en toda su dimensión el concepto de solidaridad, que languidece polvoriento en los cajones de la Constitución, y que es la vitamina en todo engranaje social. Por lo demás, no hay que olvidar que este corporativismo ya se está dando de hecho en la “sociedad política”, la cual está dejando de ser sinónimo de integración. Ante la “mala política” hay que poner en marcha otras opciones para desarrollar la verdadera potencialidad de nuestra inteligencia colectiva.

Como decía el maestro Machado a sus alumnos por boca de Juan de Mairena: “Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala (…) Vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros, y naturalmente, contra vosotros.”

Foto: José María Aznar (autora: SSGT Michelle Michaud, USAF)

 

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