Elecciones 2015, cuando el meme es el mensaje

15. diciembre 2015 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

POR BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE

Desde Aristóteles sabemos que el hombre es un animal político por estar dotado de palabra. Esto es lo que nos hace capaces de diferenciar lo justo de lo injusto, lo útil de lo pernicioso. El lenguaje es la condición de posibilidad que expresa lo político. A partir de este planteamiento comienzan los interrogantes: ¿quién puede estar en posesión de la palabra, quién otorga el turno de palabra o escribe el guión? La respuesta a estas preguntas determina la calidad del discurso en democracia y, por tanto, de la democracia misma.

Si hay algo que debamos agradecer a la crisis es la vuelta de la política. El retorno de la palabra fue el reencuentro con el sujeto que había olvidado hablar. Y lo hizo en plazas, en espacios públicos y en redes sociales. No solo habló, sino que hizo cosas con las palabras: paralizó embargos, estableció redes de colaboración y solidaridad, fundó plataformas ciudadanas, denunció ante la justicia a chorizos y corruptos… Descubrimos que tras las palabras seguían habiendo cosas.

Las nuevas tecnologías, aplicaciones y redes sociales, han facilitado la presencia de la ciudadanía en la vida social y política, tejiendo una red de comunicación horizontal en la base de la sociedad. Al calor de estas herramientas ha surgido incluso a un modelo de economía que, con matices, llaman del «bien común». En definitiva, una nueva gramática muestra su potencial para la transformación social. Hay sin embargo algunos riesgos sobre los que conviene reflexionar.

El primero de ellos es la amenaza del discurso autorreferencial: que los nuevos códigos del lenguaje se conviertan en códigos de barras que nos encierren en una burbuja. Que Twitter, por decirlo de otro modo, se convierta en la tasca virtual donde desahogarnos sin más. El segundo de los problemas es que los grandes conglomerados de comunicación, preocupados por hacer negocio y diluir las potencialidades de cambio, utilicen las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías para desactivar los mensajes políticos de fondo. El discurso político vertical, de arriba hacia abajo, corría el riesgo de mantener su verticalidad pero variar de dirección. Y algo de esto hay en el actual despliegue de cierto formato de programas de televisión donde el político se hace carne comercial.

Cuando los grandes medios de comunicación descubren que la política crea audiencia y los políticos toman a su vez conciencia de que pueden llegar a todo tipo de público, el espectáculo está servido. Dado que el medio es el mensaje, los contenidos políticos ceden paso a la lógica del entretenimiento. La frivolidad se da cita en una mezcolanza donde los políticos bailan, tocan la guitarra, juegan la baloncesto, se encaraman a molinos de viento o sus debates se presentan como la previa de la Champions League. En medio se cuela algún eslogan político deshilvanado que parece fuera de contexto, porque el producto es el personaje y su anécdota. Esta apelación a lo doméstico y a la trivialidad rompe todavía más el anclaje del discurso político con la realidad. Es el fin de los “grandes relatos” que se muestran incapaces de dar sentido a la realidad.

Desde luego no es algo nuevo. Si el discurso del método político ha cedido al pugilato de plató o al desfile de pasarela es porque la política ha sufrido un proceso de transformación que la ha hecho permeable a estos cambios. No sólo hay una íntima relación entre shares de audiencia y encuestas electorales sino que como espectadores hemos sido amaestrados para preferir la inmediatez y la recepción de estímulos basados en la emotividad. Es el triunfo del consumo y los asesores de imagen sobre los ideólogos políticos. Y así como se caza por diversión, pues nada nos empuja a hacerlo hoy por necesidad, del mismo modo la política se presenta como entretenimiento. La división del trabajo en la sociedad llegó a través de los partidos y privatizó la política para hacerla más “eficiente”. Son las factorías de los partidos las que se apropian de la materia prima y manufacturan política. Nosotros sólo tenemos que consumirla, y para ello hay que hacerla llamativa.

Esta cultura política del espectáculo, lejos de generar proximidad como pretende aparentar, constituye sin embargo el síntoma de una escisión entre las máquinas electorales de los partidos y sus bases y electores. Entre quienes gobiernan y son gobernados. Los políticos se envasan como terrícolas humanizados porque son sus chascarrillos y tics los que pueden diferenciar a un candidato de otro en su carrera comercial por el voto; pero también porque es la culminación del individualismo liberal donde el argumento ad hominem prevalece sobre cualquier otro. En cualquier caso, lo que es evidente es que este festival del personalismo es un excipiente que ejerce de principio activo y permite diluir mentiras y amargas recetas. Jugar, a veces, es otra forma de mentir.

Para terminar, no podemos olvidar que la política moderna tal y como hoy la conocemos nace con el Barroco (Hobbes, Locke…). Un periodo de transformación en todos los órdenes sociales, económicos y científicos donde la realidad se disuelve y triunfa el arte del disimulo y la apariencia, donde lo visual y lo simbólico tratan de reinterpretar, cuando no ocultar, la realidad. Es la primera época de la historia en que hace acto de presencia la masa, la colectividad impersonal de las grandes urbes a la que hay que controlar y adoctrinar. Es la época del teatro de tramoyas y efectos escénicos como mensaje y evasión. Pero sobre todo es una época en la que hay una pugna social soterrada que tratarán de embridar las élites y que desembocará años después en los grandes periodos revolucionarios de finales del siglo XVIII. Manejar el descontento social con espectáculo no puede contener para siempre los diluvios del futuro.

Foto: Falconaumanni

 

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