Entre bambalinas: sobre sillas, civismo y egoísmo

31. octubre 2012 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

POR JOSÉ ANTONIO MÉRIDA DONOSO

Los Pilares volvieron. Y lo hicieron con conciertos en ocasiones especialmente frescos, alejados de la marabunta que tienden a imponer “los grandes artistas” promulgados desde los Mass Media. Desde los burgaleses Fetén Fetén con una puesta en escena “cruda”, pero efectiva, bien llevada y con el sentido del humor que los caracteriza, hasta Maut, un grupo aragonés que funde sonidos electrónicos, con instrumentos tradicionales como la gaita acordeón y el chiflo de inconfundible eco aragonés, entre el 6 y 7  de octubre se sucedieron una serie de grupos que pasaron por la fuente de la hispanidad de la Plaza del Pilar, para la semana siguiente, dar paso a las omnipresentes jotas que suelen acompañar estos populares días. Durante una semana numerosos grupos de joteros de todas las edades y condiciones, se dejaron ver, incluyendo el festival internacional del viernes que abarcaba un grupo extremeño y otro navarro. Finalmente el Pilar terminó con un fin de semana el agua se quiso pronunciar irrumpiendo ya en la actuación del sábado que se vio reducida y finalmente en la del domingo, anulando el último concierto de los programados. En efecto, eran las siete y el temporal reclamaba su atención, tirando las verjas que recogían el recinto. Anulada la actuación, poco cabía hacer, excepto recoger mientras la voz de Juan Perro se alzaba desde la Fuente de Goya y los fuegos artificiales nos acompañaban, ahora sí, con una temporal más contenido.

Desde la altura que proporcionaba mi posición -la del escenario de la Plaza del Pilar en la fuente Hispanidad en la que me hallaba por circunstancias ajenas a mi voluntad- se tiende a apreciar todo, si no mejor o peor, de manera distinta. El escenario se invierte y uno tiende a convertir al público en el máximo referente visual. Cierto es que por sus ojos se van deslizando numerosos grupos y a uno le puede dar por recrearse en los nervios anteriores a las actuaciones, la alegría de los participantes al final de las mismas, así como el tedio o la expectación de los técnicos, pero sus ojos siempre acaban volviendo  al público, más o menos entregado a la causa. Y es que por mucho que uno pueda esperar ver muchas cosas, lo que nunca se espera es, valga la verbigracia, desesperar viendo.

La situación a la que me refiero, fruto de la cual  ha surgido este nutritivo artículo, no es otra que la que se produjo colindante al escenario de la fuente de la Hispanidad, la mañana en la que se iba a producir la misa de las Peña. El altercado tuvo su origen justo antes de la celebración, ante la demora de la organización en poner las sillas para el público asistente.  Si por lo general cuatro especialistas hacían de manera rápida y eficaz, para evitar posibles malestares o atisbos de atropellos entre “el respetable”, esta vez se vieron obligados a decir que las sillas se iban a poner un poco más tarde. En efecto, ese día, debido a un pinchazo del camión que debía entregar las sillas y la consecuente demora, los encargados contaron con apenas unos pocos minutos antes de la celebración para poner las cerca de mil sillas. Este hecho generó que cuando llego la hora la gente se abalanzara sobre ellos, evidenciando, más que la indignación de los asistentes, el sinsentido de los mismos. Al son de la música de la sinrazón, se generó una especie de hecatombe, de cuerpos que se abalanzaban por las sillas, como si intentaran construir un lienzo de un mar dantesco,  con olas impaciencias, empujones, gritos y pequeños rifirrafes  entre el ya no “tan respetable”. A pesar de la citada profesionalidad y  experiencia, los trabajadores no pudieron contener a un público anhelante de despropósitos, que llevaba horas conspirando y amenazando con lo que podría ocurrir si sus “posaderas” no llegaban a “besar la horizontal”. Era una especie de “crónica de una muerte anunciada”,  si bien en este caso, la muerta se llamaba sentido común. Siguiendo el guión de tinte kafkiano, establecido por la sinrazón, la gente comenzó a abalanzarse sobre las sillas impidiendo que los empleados completaran su trabajo con la eficacia que acostumbraban, desordenando las sillas y lo que es más grave, peleándose entre ellos por ellas, haciendo caso omiso de la suplicas, por momentos más  incesantes y tajantes de los trabajadores. De esta manera, la gente, en su mayor parte de edad avanzada, no se conformaba con ponerse  en medio dificultando el trabajo de los empleados, sino que comenzaba a dar señales de su malestar manifestándola alzando la voz y manteniendo diversas disputas. Si bien  los trabajadores siguieron pidiendo calma y paciencia, demostrando una gran profesionalidad, mientras se apresuraban por poner las sillas, pronto las  pequeñas disputas entre la gente que se afanaba por quitar un sitio, aferrándose a las sillas como si se tratara del tesoro más preciado, empezaron a proliferar. Los gritos se intercalaban con las voces de los trabajadores que ya no pedían, sino más bien exigían, calma y tranquilidad mientras aguantaban estoicamente las críticas y los primeros esbozos de insultos del que poco antes parecía ser un público especialmente tranquilo. Triste, más bien patético, todo un reflejo de una sociedad capaz de luchar con uñas y dientes por una silla a ocupar por apenas media hora e incapaz de mover un músculo cuando se trata de luchar por la defensa de los derechos de su vecino. El telón se bajo concluyendo la “ópera bufa” cuando finalmente las sillas se pusieron y la misa se celebró sin ningún percance mayor.  Como he dicho al comenzar este artículo, desde arriba todo tiende a verse de manera distinta y a uno le puede dar por ponderar “la rebelión en la Plaza” o “por un puñado de sillas”, como metáfora de la crisis que nos ha tocado vivir. Ahora, cuando parece ser que nos damos cuenta que quizá este sistema no es tan bueno como pretendíamos o nos esforzábamos en creer, porque nos afecta nuestro propio bolsillo, es cuando comienza a acentuarse una reflexión que no deja de tener mucho de oportunismo. No se trata de un análisis del por qué el sistema no puede estar por encima del hombre, sino de nuestro posicionamiento en él y nuestra posibilidad de seguir manteniendo ese status social al que nos aferramos como a una silla, sin atender a razones ni pensar en  “las santas posaderas” de vecino de al lado. Basta con poner la radio o leer este mismo periódico para volver a la cantinela de la crisis de valores que nos atenaza. ¿Cómo no indignarnos y no intercalar conversaciones en bares, hogares y lugares de trabajo sobre lo mal que está le mundo?. Una crisis que parece haber venido de la nada, o en el peor de los casos, de unos bancos que han empezado a lucrarse desde hace pocos años, cuando empezaron  a especular. Unos dicen que todos somos responsables, otros que unos más que otros… pero lo cierto es que  al margen de nuestro ombligo, el mundo nunca ha dejado de ser mundo, evidenciando la deshumanización de una sociedad cuya seña de identidad es la diferenciación social, en una estructura cada vez más dicotómica. Así es como se gesta un mundo entre vencedores y derrotados, gente con y sin sillas, que se llenan la boca con frases del tipo “Con la que está cayendo”, o mejor dicho, “con la que nos está cayendo”, porque antes, cuando caía fuera de nuestro bolsillo, poco nos importaba el “Señor Sistema”. Nuestro señorito sistema no es tanto un  “acorbatado” banquero o político, es más bien un señor ombligo, en el que habita nuestro yo más individualista y rastrero

La crisis de valores no es de hace unos pocos años, la crisis de valores existe desde que el hombre se empeño en pisar el planeta tierra y doblegarse ante sistemas que poco tienen que ver con la equidad o la justicia. Si no me cree el querido lector, haga la prueba y dígale a alguien de Zambia (ese país del que “paradójicamente” es uno de los primeros productores mundiales de cobre), Sudán o sin salir de Europa, Bulgaria o Albania, que sólo llevamos en crisis unos pocos años. Puede que el receptor de este artículo  tenga razón al argüir que las fiestas ya acabaron y que ya no es tiempo de reflexiones. O simplemente que divago o extrapolo en exceso y sí, seguramente tendrá razón. Pero la abstracción nos recuerda muchas veces que el mundo no gira a nuestro ombligo, sino que nace y se hace en él. Una persona capaz de más que luchar, combatir a capa y espada por una silla… ¿que no haría por un maldito euro?. Pero cierto es, las sillas ya se recogieron y cada uno nos fuimos a nuestra santa casa, a seguir pensando lo mal que va el mundo y lo bien que se está sentado. Qué bueno es sentirse inocente de que el  mundo vaya tan mal. Lástima haber pisado a alguien para coger un buen sitio, pero el fin, una silla, una horizontal donde reposar la vertical, merecía la pena. Sólo nos queda esperar a que, al margen de conciertos y espectáculos, el año que viene siga habiendo sillas, si no para todos, sí para nosotros.

Foto: José Antonio Mérida Donoso

 

Foto: José Antonio Mérida Donoso

 

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