Entre indignación y pena

21. febrero 2013 | Por | Categoria: Magazine, Opinión, Sin fecha de caducidad

Mariano Salvador Rajoy. Ese nombre es el que nuestro actual presidente del gobierno adoptará el día menos pensado en homenaje a sí mismo… y tendremos suerte si no viene precedido del apelativo Caudillo o similar.

Mariano está, o eso transmite, convencido de que le debemos agradecimiento eterno por salvarnos, porque le necesitábamos tanto, tanto, que hasta tuvo, y tiene, que mentirnos y engañarnos sin parar dada nuestra incapacidad de comprender que la solución a todos nuestros problemas es, única y exclusivamente, que Mariano Salvador Rajoy dirija este rebaño que formamos entre todos.

Pobres cordericos.

Mariano afrontó su primer y quizá único (por favor) debate sobre el estado de la nación desde la posición que siempre ha tenido y demostrado, porque Mariano es así, de gore–tex, a Mariano todo le resbala como si no cayera sobre él, como si estuviera rodeado por un halo divino o, mejor, de divinidad.

Mariano hace lo que tiene que hacer, lo que él piensa que tiene que hacer… y eso es lo único válido y lo único que los cordericos debemos aceptar.

Bueno, aceptar eso y una cosa más: que Mariano dice, promete y hace lo que dice, promete y hace porque es su deber, un deber muy por encima de nuestra condición de cordericos, un deber tan divino como la divinidad gore–tex que le cubre.

Escuchar a Mariano en el debate de marras me produjo algunos sentimientos.

Principalmente, dos.

Por un lado, sentí una tremenda indignación por el hecho de que un presidente de gobierno trate a su Pueblo como auténticos idiotas sin la menor capacidad de comprensión ni análisis ni crítica, auténticos cordericos que debemos seguir creyendo sus promesas como si conservara una mínima credibilidad, auténticos súbditos de genuflexión gratuita aunque ni se nos tenga en cuenta en su discurso-relato de la irrealidad marianil.

Por otro lado, llegué a sentir pena.

Mi humanidad me obligó a pensar que quizá la indignación que sentía era injusta.

Debía haber algún motivo terrenal, que no divino, que hiciera que Mariano perpetrara otra esperpéntica escena de las suyas, además en el mayor evento político del país.

Debía haber algún eximente, alguna razón que redujera la responsabilidad de Mariano en el esperpento.

“Quizá esté enfermo”, pensé.

“Puede que lo de este muchacho sea causado por algún tipo de enfermedad mental de tamaño calibre que no haya sido descubierta todavía por la Ciencia”, continué pensando.

“Y yo que pensaba que Zapatero era tontico”.

Pensé y pensé hasta llegar a esa pena que sentí.

“Pobrete”, acabé pensando.

Y, después de unos segundos de recuperación tras mi profundo ataque de humanidad, sacudí mi cabeza hacia uno y otro lados, respiré hondo y seguí pensando, pero ahora con mayor objetividad sentimental, eso sí, conservando una dosis suficiente de humanidad.

Y alcancé la conclusión de que alguien debe llevarse a Mariano.

No hay otra.

Desde la humanidad, a una Universidad de algún país civilizado donde estudien en profundidad su dolencia mental.

Desde la necesidad y la supervivencia, a donde sea, pero lejos.

 

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