Europa, el patrio trasero de Alemania

17. julio 2015 | Por | Categoria: Economía, Magazine

En la noche del 15 de julio el pueblo griego pudo comprobar con frustración que los porrazos de Tsipras dolían lo mismo que los de Samaras o Papandreu. Frente a un parlamento que en ese momento debatía y votaba finalmente a favor del tercer chantaje del Eurogrupo, la ciudadanía ponía de manifiesto su indignación en la plaza Syntagma de Atenas.

Y no solo el pueblo. Más de la mitad de los 201 miembros del Comité Central de Syriza habían firmado un documento en el que pedían el voto contrario a unas propuestas que resultaban “contrarias a los principios de izquierdas pero, sobre todo, a los intereses de las clases populares”. Poco importó esto a Tsipras, ya que en una entrevista televisada dejaba claro que la ideología debía ceder ante la realidad ¿Cómo es posible semejante cambio en apenas una semana?

En términos económicos, Grecia apenas representa el 2% del PIB de la eurozona y esto, en la Europa de los mercaderes, tiene un peso político equivalente menor que cero en el caso griego. Ni un solo país se ha alineado decisivamente al lado de Grecia, fuera de los gestos de Hollande o de Renzi. Todos los políticos parecen dar por válida una Europa que sólo interesa a Alemania y que cada vez genera más descontento entre las clases populares.

Hace unos días, el columnista del Financial Times, Wolfgang Munchau dejaba claro que los acreedores habían avasallado a los débiles, cargándose con ello todo proyecto de una unión supranacional justa. Advertía de las consecuencias de una construcción monetaria que sólo beneficia a Alemania, perjudicando a países como Italia, Francia e incluso Finlandia, el gran aliado de Merkel junto a Holanda. Es el miedo del siervo de la gleba el que impera en Europa.

Pero el aislamiento de Grecia, no solo ha sido a nivel europeo. A nivel internacional ni Rusia ni China ni en general los países “emergentes” que se reúnen bajo las siglas genéricas de BRICS, han tendido una mano al pequeño país a orillas del Egeo. Ni siquiera han servido de mucho Estados Unidos, con sus llamamientos a una negociación, o el FMI, con los informes filtrados sobre la inviabilidad de la deuda sin una reestructuración profunda.

En las anteriores crisis de deuda latinoamericana, China y los países emergentes aparecieron en el momento justo para tirar de aquellas economías con la demanda de materias primas. Por el momento no parece ser esa la necesidad y la intención de China con Grecia (dependiente de las exportaciones de bienes de equipo alemán, y puestas sus miras en las posibles consecuencias económicas del reciente acuerdo con Irán); y menos la de Rusia (con una economía en horas bajas y pendiente de una Ucrania a punto del default económico).

En cualquier caso, la sensación de todo ello es que nadie quiere molestar al patio trasero de Alemania, pues en eso se ha convertido Europa.

El objetivo alemán no es sólo económico, es decir, no significa sólo cobrar una deuda que no parece desestabilizar la economía de los acreedores. Al propio ministro alemán de finanzas no le preocupó mucho el farol de impago de Tsipras. De hecho, es consciente de que el Grexit será el irremediable destino final. La brutalidad de las medidas impuestas no son solo una prueba de la altivez del acreedor, sino una demostración de su poderío y de su voluntad por convertir a Grecia en feudo alemán.

El propósito último de Alemania es, por tanto, esencialmente político. Así lo ha demostrado su primer triunfo a corto plazo, logrando trasladar el foco del conflicto a una cuestión interna griega y, en particular, al gobierno de Syriza. Esto no es solo un aviso a navegantes para que eviten tentaciones democráticas, sino también la demostración más clara de que Alemania, como metrópolis, tiene capacidad de injerencia en los asuntos domésticos de su colonia. Alemania ha logrado en Grecia un virreinato. Y no se parará ahí.

En realidad, estos acontecimientos en nada difieren del discurso que narró Tucídides hace 2500 años. Según el historiador griego, los embajadores atenienses se dirigieron a los melios, habitantes de una pequeña isla que habían tenido la desventurada idea de alinearse con los enemigos de Atenas, en estos términos: “En adelante –establecieron los embajadores atenienses– las relaciones entre nosotros no se regirán por la convención, que es ley entre iguales, sino por la ley de la Naturaleza”. Y al preguntarles los melios a los embajadores de Atenas cuál es esa “ley de la Naturaleza”, éstos respondieron: “Lo sabéis muy bien: es Ley de la Naturaleza que el cordero sea devorado por el lobo”.

No quiero con todo ello disculpar a Tsipras, a quien critico por carecer de un verdadero plan alternativo, ni mucho menos dejarme llevar por el pesimismo; sino poner de relieve las fichas puestas en juego. Quizá no podamos contar con Tsipras pero sí desde luego con el pueblo griego. Aunque quién sabe si en el fondo, como el hábil Ulises en su regreso a Ítaca, no resulta todo sino una estratagema para salir airoso en su lucha contra los Cíclopes.

Foto: Lorenzo Gaudenzi

 

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