Islandia, el paraíso perdido

3. mayo 2013 | Por | Categoria: Economía, Magazine, Opinión

Las elecciones en Islandia han supuesto una sorpresa para los que consideraban a la pequeña isla como un interesante laboratorio de democracia popular. La ciudadanía ha dado su confianza a la alianza conservadora que toleró la burbuja y el colapso financiero (http://www.mbl.is/frettir/kosningar/). Tras cuatro años en el poder, la coalición de socialdemócratas y ecologistas ha resultado un completo fiasco, máxime si tenemos en cuenta el alto índice de participación electoral, que superó el 80%.

Desde la distancia resulta difícil entender la actitud de la ciudadanía islandesa. ¿Cómo es posible que con semejante herencia recibida no haya sido posible gestionar mejor su continuidad del gobierno?

La caída de los partidos en el gobierno (Alianza Socialdemócrata y Los Verdes) se ha traducido en una sangría de votos de un 27,7% respecto a las elecciones anteriores. La mitad aproximadamente ha ido a parar a los vencedores Partido Independiente y Partido Progresista (juntos alcanzan un 12,6% de votos más respecto a 2009). Y la otra mitad (un 13,3%) se lo reparten entre el partido Pirata (ejemplo del nuevo fenómeno de partidos en Europa) y Futuro Brillante. Hay que destacar que el vencedor Partido Independiente apenas ha recibido un 3% más de votos que en 2009.

Razones de un fracaso

Han sido varias las causas para esta debacle electoral del primer gobierno de izquierdas desde que en 1944 la isla se independizara de Dinamarca. En primer lugar, el gobierno Socialdemócrata apostó por la entrada en Europa de Islandia en un contexto que no es precisamente el más adecuado para ello. En juego la soberanía sobre una parte fundamental de su riqueza, la pesca.

En segundo lugar, la chapucería sobre el proceso para introducir enmiendas de reforma de la Constitución. La composición de la asamblea responsable de presentar enmiendas fue anulada por la Corte Suprema islandesa en enero de 2011, lo que obligó a una nueva elección de candidatos que presentaron finalmente un borrador a finales de marzo de 2011, con propuestas de toda la ciudadanía a través de Internet.

Aunque este documento fue aprobado en referéndum no vinculante por más del 66% de los electores, la participación se situó por debajo del 50%. El gobierno, ante el poco apoyo popular y la postura negativa de la oposición a muchas de las propuestas de reforma (imponer la propiedad pública de los recursos naturales y la convocatoria de referendos populares) prefirió dejarla dormir, lo que se interpretó por la ciudadanía como una felonía cobarde.

En tercer lugar, el incumplimiento de la promesa de no negociar la deuda con los bancos acreedores, ingleses y holandeses sobre todo. Una vez en el poder los socialdemócratas se lo pensaron y aprobaron una ley para poder negociar que fue sometida a referéndum y rechazada por la ciudadanía. Un nuevo aviso de lo que sucede si se gobierna de espaldas al pueblo.

Y en último ligar, los ajustes que ha tenido que acometer el gobierno socialdemócrata. En contra de lo que se piensa, Islandia pidió diversos préstamos: al FMI (2.100 millones de dólares) a varios países nórdicos (2500 millones de dólares) y a Alemania y Reino Unido (6.300 millones de dólares). Todo ello con las consabidas amargas recetas que conocemos bien. El gobierno socialdemócrata islandés se ha bajado los pantalones ante los bancos acreedores y la tiranía de organismos como el FMI que desde luego no es enemigo baladí.

Un silencioso colonialismo

Cuando los islandeses rechazaron en referéndum negociar la deuda, el FMI se negó a adelantar uno de los tramos del préstamo. En una UE donde el principio de solidaridad ha sido sustituido por ávidos “cobradores del frac” el gobierno islandés tuvo que buscar soluciones al margen del frenopático europeo.

El pasado 15 de abril la ya ex primera ministra islandesa Jóhanna Sigurdardottir firmó un tratado de libre comercio con Pekín. Una bicoca para las empresas exportadoras islandesas en la jugosa “República Popular” pero un buen acuerdo para China, que ha puesto sus ojos en el Ártico.

Que el capitalismo es un juego de Monopoly de alcance mundial ya lo sabíamos. Pero que esta colonización a cámara lenta se esté dando en el patio trasero de la todopoderosa Europa Central sólo puede significar que los problemas de Alemania son de tal calibre que no le queda más remedio que tolerar esa jugada propia del Risk. Todo sea por cobrar la deuda de su banca. Una cortedad de miras que ni el partido socialdemócrata alemán parece dispuesto a cambiar. Así vamos.

Foto: Cicero85

 

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