La batalla de París

20. noviembre 2015 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

POR BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE

En escena, un militar atiende a la prensa. En un momento de su comparecencia un periodista le recrimina irónicamente sus métodos: “la legalidad es incómoda, coronel”. Éste le responde: “quien hace explotar bombas en lugares públicos, ¿respeta la legalidad? Es un círculo vicioso y podríamos disertar durante horas sin llegar a conclusiones. Porque el problema no es ese. Yo les hago una pregunta: ¿Francia debe quedarse en Argelia? Si contestan que sí, tienen que aceptar las consecuencias necesarias”.

El diálogo corresponde a la película “La batalla de Argel”, un impresionante testimonio de las luchas del pueblo argelino por liberarse de la tutela de Francia a mediados de los años cincuenta. Pese al tiempo transcurrido, la pregunta que planteaba aquel coronel poco dado a reflexiones sigue siendo válida, aunque con matices: ¿Quiere quedarse Francia, y por extensión las potencias occidentales y Rusia, en Oriente Medio?

Los intereses de Francia en esta zona hablan por sí mismos y parecen más que suficientes para aventurar una respuesta. Según datos del think tank FRIDE, en el periodo 2003-2012, Francia fue el tercer mayor inversor externo en Oriente Medio, con un 6,2% del total de la inversión directa. Tres compañías francesas (Total, GDF Suez y Accor) se encuentran entre las 50 principales de Oriente Medio y África. En 2013, Francia importó más del 37% de su crudo de esta zona, con Arabia Saudí, Libia, Argelia e Irak como suministradores principales. Por otra parte, el país galo se situó en tercer lugar, tras EEUU y Rusia, como mayor exportador de armas a la región. En 2013, el 48% de las ventas exteriores de armamento se centraban en esa zona geográfica, con Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Catar y Omán.

Con estas cifras la pregunta del coronel se convierte en retórica. Francia se queda. Sus intereses y el de sus empresas le obliga a intervenir en la política de aquella zona geográfica, incluso para apoyar en territorio sirio al abigarrado muestrario de “combatientes anti-Assad”, entre los que se incluyen fenómenos monstruosos como el ISIS.

Los datos y las decisiones políticas demuestran que Francia ha retomado con fuerza el proyecto neo-colonial. Sus tropas, armas, equipamento y asesores, están presentes en diversos escenarios, sobre todo en sus antiguas colonias. Esta reinterpretación del colonialismo es resultado del proyecto neoliberal y su visión del mundo, al que no se sustrae ni un presunto socialista como Hollande ¿Y entonces? Entonces, ¡claro que estamos en guerra! Una guerra que Francia y otras potencias occidentales ya habían iniciado hace tiempo y del que el ISIS es una de sus criaturas más delirantes, fruto de al menos 15 años de política intervencionista errática por parte de Estados Unidos y distintos países europeos.

Vayamos ahora al atentado de París. La mayor masacre de civiles en Francia después de la Segunda Guerra Mundial no fue la del fatídico 14 de noviembre pasado, sino la del 17 de octubre de 1961, cuando una manifestación de argelinos franceses salió a la calle para reivindicar la independencia de su país y fue violentamente reprimida por las fuerzas de orden público. Los habitantes invisibles de los suburbios invadieron el centro de la “Ciudad de la Luz”, el escaparate del bienestar y la “grandeur” de Francia.

La manifestación fue totalmente pacífica y participaron 30.000 personas, incluidas familias enteras. Hoy en día nadie sabe exactamente cuántos fueron masacrados. Algunas cifras apuntan entre doscientas y trescientas personas. Durante semanas el Sena sacó a la luz decenas de cadáveres. Desde ese trágico día han pasado muchos gobiernos y nadie ha logrado relatar con precisión y justicia los hechos. Nadie se hizo responsable. Nadie ha pagado. Un silencio mortal que mató por segunda vez a las víctimas. Entonces no se informó en ningún periódico, excepto en L’Humanité y en revistas como Temps Modernes y Testimonio. Este hecho sólo fue criticado por unos pocos intelectuales valientes como Jean Paul Sartre y el historiador Pierre Vidal-Naquet. Desde este punto de vista, nada ha cambiado. Decía el filósofo francés Gilles Deleuze que las democracias liberales no dudan en sacar los fusiles a la calle cuando los intereses de las élites se sienten amenazados. Como siempre, es el pueblo quien paga.

Hoy los suburbios de las grandes metrópolis occidentales no son solo sus barrios periféricos. Se han trasladado un poco más lejos. Sea Afganistán o Siria, esas mismas élites reparten cañones y mantequilla a fanáticos sanguinarios con los que aterrorizan a la población. Los intereses que allí atesoran los países occidentales justifican que se arme a poblaciones autóctonas en provecho propio. El mosaico desquiciante de tribus y etnias, religiones y sectas, incompatibles entre sí y aun antagónicas, pone de manifiesto la ausencia de un proceso de homogeneización política y secularización, solo posible bajo el patrón de un Estado, como ocurrió en Europa en los siglos XIX y XX (y no sin dramas). Sí, una impertinencia etnocéntrica, pero es que lejos de alentar un proceso autónomo de racionalización política en estos países, las grandes potencias han alentado el enfrentamiento y la fragmentación para servirse de él.

Por eso, bien puede considerarse al ISIS, y antes a talibanes y secuaces de Al Qaeda, como una especie de harkis, aquel cuerpo de colaboradores argelinos dirigidos por oficiales franceses a los que les fueron asignados los trabajos más sucios y horrendos contra sus compatriotas. A veces la violencia que despliegan los herederos de aquellos harkis en la periferia del confort, nos llega devuelta como si de un bumerán de furor se tratara. Y no es la primera vez.

Sin embargo, es evidente que la reivindicación de hace más de 50 años por la independencia de un país no resulta ni mucho menos equiparable en todos sus términos a la situación actual. Nada más lejos que vincular sin más ambos fenómenos. Tal diferencia no se debe sólo al contexto de aquel entonces, en el que pugnaban dos bloques antagónicos en plena Guerra Fría. De hecho, los intereses de Moscú y Washington siguen colisionando en distintas regiones del mundo y resultan clave para entender muchas cosas. La diferencia fundamental es que los energúmenos a los que se enfrenta Francia hoy (y valga también para los países occidentales) tienen un papel y responden a propósitos distintos.

Ante todo, son peones de los intereses de determinados actores regionales, como los emiratos del Golfo, en su inveterada lucha contra Irán y Siria por lograr influencia en la zona. Pero sobre todo, porque sus pretensiones no tienen nada que ver con la legítima aspiración de independencia de aquellas, por entonces, colonias (un derecho de autodeterminación reconocido por la ONU). En el caso de Argelia, el proceso fue comandado por un partido político, el Frente de Liberación Nacional, que sigue participando en las elecciones en Argelia (y si bien algo habría que decir también, lo dejaremos para mejor ocasión).

La pretensión del ISIS de crear un régimen teocrático basado en tablas de la ley más propias del siglo IX, y cuya brutalidad es de sobra conocida, lo aleja en este punto de cualquier atisbo de semejanza con un pueblo que luche por dotar de un futuro mejor a sus ciudadanos. El régimen del “Estado Islámico”, por cierto, tiene poco que envidiar al implantado en Arabia Saudí, socio comercial de tantos países occidentales…

Decía Tucídides que en las guerras había que distinguir las razones de las causas. Las razones en este caso son económico-estratégicas, tanto monta; y las causas son presentadas por la prensa occidental y algunos políticos como una lucha contra fuerzas oscuras que ponen en peligro nuestros valores occidentales fundamentados en la Razón. Aunque a veces los vástagos de esa Razón produzcan monstruosidades, en forma de ISIS o de vuelos nocturnos de la CIA. En todo caso, me gustaría apelar precisamente a la Razón para pedir que se profundice en las raíces de este grave problema antes de adoptar una solución. Quedarnos en la epidermis de palabras altisonantes o en las reacciones impulsivas nos conducen otra vez al centro mismo del laberinto, como sucediera en 2001. Catorce años después nos hemos dado cuenta de que seguimos en la casilla de salida.

Permítanme que termine con otro diálogo de “La batalla de Argel”. Hemos dejado a los periodistas interrogando al coronel. Esta vez le recuerdan la derrota en Dien Bien Phu, que supuso el final de la aventura colonial francesa en Indochina. “Entonces ganaron ellos” contesta el coronel. “¿Y ahora?” le preguntan los periodistas. “Depende de ustedes” -les responde- “ustedes solo tienen que escribir. Y bien si es posible.”

Foto: Gilbertus

 

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