La concentración bancaria y sus riesgos para la ciudadanía

9. mayo 2016 | Por | Categoria: Economía, Magazine

POR BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE

La semana pasada, el consejero delegado de Ibercaja Banco calificó de “error” el “oligopolio” bancario al que “quieren llevarnos”. No deja de resultar gracioso que Ibercaja se queje de “oligopolio”, al menos si nos ceñimos a su feudo aragonés, donde ha hecho y deshecho a su antojo. Es el lamento de la sardina que sabe que va a ser devorada. Aunque en algo lleva razón. Los movimientos de fusiones y absorciones bancarias son un fenómeno que tomó impulso con la crisis económica, pero que ya se venía fraguando desde hacía tiempo.

Cada vez más, la gran banca obtiene un porcentaje mayor de sus beneficios fuera de España. El objetivo es crear titanes financieros que operen a escala global, y en esa senda quedarán cadáveres de todo tipo. Es de lo que se queja Ibercaja, aunque evidentemente no está pensando en los problemas que de esa concentración se derivarán para la ciudadanía. Un proceso que pone en entredicho, una vez más, el mantra liberal de la concurrencia competitiva y nos acerca a organismos que poco a poco van adquiriendo mayor relevancia política de la que incluso ahora disfrutan.

Según un informe reciente publicado por FUNCAS, desde el comienzo de la crisis en 2008 a septiembre de 2015, el número de entidades de crédito en nuestro país ha caído un 24% (de 286 a 198). Es evidente que no hacía falta tantas entidades ni sucursales, que en muchos casos sólo han servido para meterse en tejemanejes políticos en Ayuntamientos y gobiernos autonómicos o engañar a sus clientes; pero en modo alguno puede tolerarse una concentración de poder financiero sin cortapisas.

Apenas 16 entidades controlan un 90% del mercado español; y cinco de ellas (Santander, BBVA, Caixabank, Popular y Bankia), el 60% de las operaciones de activo y pasivo que se realizan en nuestro país. El riesgo de que este panorama derive en actuaciones contrarias a la competencia y por tanto perjudiciales a los clientes se incrementa, máxime en un mercado bancario como el español que ha maltratado sistemáticamente los derechos de sus clientes. Baste recordar las cláusulas suelo, impuestas prácticamente por todas las entidades; la colocación indiscriminada de preferentes, como fórmula mágica de la banca para sanear sus cuentas; o las más recientes “comisiones en cajeros”, puesta en práctica por Caixabank y al que rápidamente pretendieron sumarse Santander y BBVA.

Al margen de estas prácticas con la clientela, la gestación de un oligopolio bancario derivará en otros factores mayores de riesgo. El primero de ellos, el peso que en la economía tienen los servicios financieros cuyo ejemplo más pernicioso fue la gestación y estallido posterior de la crisis económica en 2007. No podemos olvidar por otra parte que la tela de araña financiera que recorre el planeta fue la responsable de que la deuda sintética de las conocidas hipotecas subprime se propagara como la peste negra. Ni tampoco, el turismo fiscal que con total desparpajo y “legalidad” practica con sus clientes más tramposos.

Pero sobre todo la amenaza que más destaca es su influencia política. Los poderes bancarios en nuestro país están en los consejos de administración de los grandes medios de comunicación; se sientan en los parlamentos, financiando a los partidos y ejerciendo su presión como lobby en la aprobación y desarrollo de la normativa.

Los sucesivos varapalos del tribunal de Luxemburgo a la normativa hipotecaria española demuestran el dominio que tiene la banca a la hora de imponer sus intereses. Este proceso de la acumulación y concentración bancaria, que está en el ADN del sistema capitalista, tendrá cada vez mayor reflejo en el ámbito político y en la configuración de nuestros derechos. El famoso TTIP es su manifestación más evidente a escala europea. Cada vez menos bancos, pero más poderosos.

Foto: archivo cronicadearagon.es

 

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