La cuenta atrás de las acampadas del 15–M

15. junio 2011 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

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Juan Perpiñá.- Sol (el punto de referencia de la spanish revolution) ha decidido desmontar su exitosa acampada. Valencia se divide pero decide seguir (mientras la alcaldesa Rita Barberá manifiesta que desde el balcón de su despacho observa cómo los acampados, cultivan marihuana en los jardines de la plaza del Ayuntamiento.

 

En Zaragoza, se ha decidido desmontar el próximo domingo la acampada de la plaza del Pilar, después de que elementos extraños al propio movimiento reivindicativo se introdujesen en él.

 

A la postre, todo hace pensar en un impredecible futuro para estos esforzados que siguen teniendo claro –entre otras cosas– que debe aspirarse a lograr una imperiosa realidad: Europa para los ciudadanos y no para los mercados.

 

Ésta es la clave de la cuestión: hacer añicos la globalización económica que nos ha llevado a la situación que la inmensa mayoría de países están atravesando, y en la que los gobernantes no son más que unas marionetas que se mueven al son que toca el mundo financiero.

 

La repercusión internacional que ha obtenido este movimiento esperanzador del 15-M se ha hecho acreedor del calificativo de spanish revolution. Estos jóvenes, que parece han surgido como por generación espontánea, seguirán manifestándose (incluso a nivel internacional) ya que hay razones sobradas para tomar la calle. Con ello, intentan cumplir su deseo ferviente de aferrarse a la esperanza.

 

A quienes hemos sido testigos –y en cierta medida, contribuido– a luchar por objetivos similares a los del 15-M, esas expresiones de indignación nos retrotraen al pasado en el que tantas veces repetimos que era posible un mundo mejor.

 

Hoy, una vez más, salen a la luz movimientos revolucionarios similares a los que en su día dejaron de ser una utopía para derivar en un afán democrático radical con una clara pretensión de abolir el Estado, y colectivizar los medios de producción, forzando ese proyecto con la toma de la calle.

 

Precisamente se cumplen ahora los cien años de anarquismo en España. Su historia –llena de represión y muerte– es algo que debe valorarse a la hora de analizar sus intentos de transformar este país y otros. Salvando las enormes diferencias entre aquel glorioso pasado y las grandes posibilidades que hoy se disponen para comunicarse entre sí, permanece la necesidad de afrontar conjuntamente la deseada revolución que en España se ha vivido –y ojalá, continúe– para que el cambio sea una realidad. 

 

Desde la ventajosa posición en que personalmente me encuentro, viendo pasar el tiempo, y aún queriendo aferrarme a esa esperanza, que es la que mantiene a estos jóvenes para permanecer firmes en la lucha, no dejo de pensar cuán difícil resulta hoy desarrollar este cometido ante un adversario organizado globalmente y con todos los poderes en sus manos.

 

Arrebatarle una pizca de su inmensa fortaleza, dominadora de la práctica totalidad de la riqueza y dominando a casi todos los países de la faz de la tierra, la desigualdad de fuerzas resulta complicado. Y lo es mucho más para quienes en el pasado se fortalecían internacionalmente con el antipolicitismo de una fraseología romántica como lo era aquella de “proletarios del mundo, uníos”.

 

La pregunta que debe hacerse ante aquel deseo ferviente de millones de ciudadanos rebeldes, es en qué ha quedado aquello.

 

Mucho me temo que lo de ahora no sea más que una prolongación del pasado y desgraciadamente sin futuro. Así lo pienso queridos amigos y amigas de CRÓNICA DE ARAGÓN y así lo digo. Que más quisiera que el equivocado fuera yo, y que este mundo que nos han prefabricado se fuera –de una vez por todas– a hacer puñetas.

 

¡Que más quisiera!

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