La España prehistórica del sabañón

14. enero 2010 | Por | Categoria: Magazine, Mayores

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La crudeza invernal que venimos sufriendo desde hace unas semanas, me ha traído a la memoria la época de la España de los sabañones que de manera ineludible martirizaban nuestros dedos inflamándolos de manera exagerada.

 

Ingenuamente creíamos que la manera de combatir esta plaga del sabañón era el acercar nuestras manos al calor de los braseros de carbonilla o “piñol”, cosa que apenas servía para nada, ya que aquellos dedos continuaban desfigurándose con los dichosos sabañones, que nos torturaban a todas las horas del día y de la noche.

 

No es fácil describir ahora –desde la atalaya de los 80 años– todo cuanto ocurría en la Valencia de mi adolescencia en la prehistoria del sabañón. Sólo lo más relevante se mantiene aún en la retina y por ello lo describo con poco riesgo de que me falle la memoria en relación a lo que fueron aquellos inolvidables inviernos de los años 40. Al margen de los sabañones, ocurrían muchas más cosas, como las privaciones y cómo la gente luchaba por subsistir. En verdad es que se me amontonan los recuerdos. Con enorme facilidad, los ancianos solemos memorizar lo que fue nuestro pasado, con más exactitud que lo vivido ayer mismo.

 

Desde esa perspectiva recuerdo con toda nitidez aquellos tranvías abarrotados de gente y muchos pasajeros –especialmente jóvenes– que viajaban en los estribos, lo cual suponía un peligro evidente. Yo mismo resbalé del lugar donde puse el pie y fui varios metros colgado y a punto de que mis piernas fueran segadas de cuajo. Todo quedó en un susto enorme y la lección bien aprendida para no repetir nunca más esta forma apiñada de viajar en el exterior de un tranvía.

 

Esa era la España de la posguerra en la que malvivíamos la mayor parte de los ciudadanos. Algo que no se olvidará jamás es el esperpento de los alimentos a los que teníamos derecho con aquella vetusta cartilla de racionamiento. En vez de aceite nos vendían unas pastillas blancas que no sé bien de qué demonios sería, pero lo cierto es que con ellas mi madre nos hacía unas patatas fritas y unos huevos que estaban para chuparse los dedos. Los sucedáneos estaban a la orden del día; el pan amarillo parecía estar hecho con maíz o vaya usted a saber con qué. La carne congelada de búfalo se vendía como auténtica ternera.

 

Tendría yo unos quince o dieciséis años, cuando por primera vez cayó una nevada en la capital valenciana y mi despertar fue todo un deleite al ver por primera vez la nieve. Bastante peor fue cuando llegué a mi trabajo en la consulta de un acreditado dermatólogo y tuve que empujar aquel viejo “Hanomach” que se había quedado sin fuerza en la batería para poder arrancar. Tras varios intentos y un par de resbalones, y gracias a unos transeúntes que se debieron de apiadar de mi esfuerzo pude salir airoso del intento, mientras mi jefe –el doctor González Medina– pertrechado convenientemente y aposentado lo mejor posible en aquel antediluviano vehículo ponía su pericia en el acelerador para salir del atolladero, mientras yo me quedaba como un pajarito helado hasta los huesos.

 

El frío no se me fue del cuerpo durante los días que estuvo Valencia con la nieve persistentemente pegada al suelo de las calzadas y las aceras. Las autoridades de aquel entonces no disponían, como ahora, de máquina quitanieve y esparcidoras de sal y mucho menos de equipos informáticos para conocer la situación climatológica. Allí hubiera querido ver cómo se las apañaba nuestro ministro José Blanco, porque ahora lo tienen a huevo los responsables de evitar en lo posible las incomodidades de la nieve, pero en aquellos tiempos todo se dejaba al albur de los rayos solares, que eran a la postre quienes nos solucionaban el caos que producían las nevadas.

 

A fin de cuentas aquella fue una época de malos recuerdos. Con todo lo que sufrimos, cómo no se nos iban a hinchar los dedos con aquellos malditos sabañones que acudían cada año para fastidiarnos las fiestas. El país entero se convertía en la España de los sabañones. Todo cambia en la vida y con el tiempo, fueron despareciendo los braseros de “piñol” por otros medios más efectivos, los sucedáneos dejaron el paso a lo auténtico, las restricciones de electricidad pasaron a la historia y los viejos tranvías dieron paso a los modernos autobuses con calefacción incluida.

 

Todo es distinto, incluso las autoridades tienen más posibilidad y por supuesto eficacia para prevenir estas luchas contra el frío. Como no podía ser menos, también le ganamos la pelea al sabañón de la década de los 40. Una etapa con historias para no dormir… sobre todo por el frío que pasábamos incluso en nuestras camas, a pesar de la botella de agua caliente que nuestras madres nos colocaban al acostarnos ¡Qué tiempos aquellos!

 

Dice el refrán que “nunca segundas partes fueron buenas”, pero en esta historia de la “España prehistórica del sabañón”, es –con mucho- mejor la de hoy que la del ayer. Los viejos, que fuimos testigos de aquel nefasto pasado y lo somos –ya cargados de años– del espléndido presente, podemos dar fe de que la época del “sabañón” que nos tocó vivir fue un periodo nefasto de la historia de este país, que no conviene olvidar, pero que por nada del mundo nos gustaría volver a repetir ¡Faltaría más!

 

 

Foto: Roberto Abizanda

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