La revolución, según el apóstol Rosell

1. abril 2011 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

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Raúl Bruna.- En la nueva Biblia, la del también nuevo capitalismo, dios único al que venerar, temer y en el que depositar nuestra fe, no podían faltar versículos del nuevo prócer de las patronales españolas.

 

Y en ello, Juan Rosell profetizó revoluciones sociales tan sólo evitables si el rebaño, demostrando su fe al nuevo dios al que él representa con otros discípulos en esta pequeña zona planetaria, sigue al pie de la letra sus homilías y persigue, con esa fe inquebrantable, las moralejas que de sus parábolas debemos extraer.

 

Quizá don Juan tenga alguna razón noble para pensar, y nombrar, revoluciones más posibles que probables, porque cierto es que cuatro millones y medio de parados es una barbaridad, pero no es menos cierto que lo que puede llevar a una revolución no son los puestos de trabajo, sino la imposibilidad de pagar las facturas que todo hijo de vecino tiene comprometidas, la mayoría por necesarias.

 

Él mismo comprende que si no ha habido ya revueltas populares es porque tres millones y medio cobran algún tipo de prestación que, bien o mal, les permite afrontar sus compromisos y necesidades económicas, o al menos las más vitales.

 

Pero también detecté, cuando leí su homilía en un periódico de los de papel, que también los leo, alguna razón quizá no tan confesable, quizá no tan noble, razones de esas que, en el fondo, lo único que buscan es que las ascuas estén lo más próximas posible a sus propias sardinas.

 

REVOLUCIÓN, ¡oh, qué horror!, debemos evitar que el populacho se subleve y mande a freír espárragos al nuevo dios, ese que tantas sardinas nos ha multiplicado a algunos, y debemos hacerlo convenciendo al rebaño de que tan sólo puede alcanzarse el reino de los cielos mediante la ciega fe en el dios único y verdadero, el dios Capital que rige nuestros designios bajo su inmensa misericordia, la que nos ha permitido comprarnos coches, tener viviendas y comer a diario.

 

El populacho tiene que entender que dios quiere que sean ellos, el rebaño, quienes deben hacer los sacrificios que toda deidad necesita para comprobar la fe y el temor de sus discípulos y feligreses en general, es el rebaño quien tiene que comprender que su vida debe ser reformada, endurecida y empeorada, como único medio eficaz de tener una vida mejor (¿?).

 

¡Ay!, don Juan, don Juan…

 

Puede que muchas de las ovejas del rebaño sigan en el redil por siempre jamás, puede que sean casi todas y puede que por ello nos acaben reformando hasta completarnos la lobotomía a todos, pero siempre quedarán ovejas negras que mantendrán su pensamiento libre, curioso, analista y crítico, mentes que siempre pensarán y sabrán que ustedes, los apóstoles y su dios, nos han engañado como a cordericos en rebaño y que lo único que merecen su dios, los apóstoles y quienes desde democráticas tribunas aborregan a los pueblos, no es otra cosa que una Revolución, pero de las de verdad.

 

Llámeme romántico, don Juan.

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