La “sociedad de propietarios”, la gran estafa política

16. julio 2012 | Por | Categoria: Economía, Magazine

por Bartleby, el escribiente

Hace unos días aparecieron una serie de noticias íntimamente conectadas entre sí y de gran importancia para entender en parte las causas de lo que está sucediendo en la actualidad.

El 3 de julio el Instituto Nacional de Estadística hizo pública una nota en la que comunicaba que “el ahorro de los hogares y de las Instituciones Sin Fines de Lucro al Servicio de los Hogares (ISFLSH) alcanza un montante negativo de 911 millones de euros en el primer trimestre de 2012”. Es decir, guardar para “tiempos peores” cada vez resulta más difícil. Para muchas familias esos tiempos ya han llegado. Este comunicado del INE coincidió con el anuncio de que el 40% de los declarantes en el Impuesto dela Renta de 2010 reconocían ganar menos de 850 euros al mes, 7,5 millones de personas.

Asimismo, en las mismas fechas,la ComisiónNacionaldel Mercado de Valores publicó el Informe Anual de Gobierno Corporativo referido a 2011, que analiza las prácticas de los consejos de administración de las empresas que cotizan en el Ibex 35. De un lado informaba que la media de las remuneraciones de los consejeros habían alcanzado en ese periodo los 522.000 euros, un 4.4% más que en 2010. Además, la alta dirección de estas 35 empresas había incrementado también sus ingresos: de 754.000 euros de media en 2010 había pasado a 777.000 en 2011. Por último, también se conoció la noticia de  los beneficios que se iban a repartir las familias que reinan en el Ibex 35. Los March, Koplowitz, Ortega, Botín, Entrecanales, etc. Sólo en dividendos de las acciones que poseen, 14 familias se van a repartir 1.674 millones de euros.

Estas noticias son harto elocuentes de la brutal polarización de rentas que existe en nuestro país y demuestran que el éxito de la “sociedad de propietarios” va por barrios. Es cierto que ha habido un cierto crecimiento de eso que se ha dado en llamar “capitalismo popular”, en el que las familias trabajadoras tienen acceso a una porción testimonial del capital de las empresas que cotizan, a través de la propiedad de acciones. Pero como veremos, el trasfondo es un truco de magia propagandística cuyo objetivo es crear falsas apariencias de cohesión social. Por el contrario, las consecuencias reales son perniciosas.

Según datos de la bolsa de Madrid, en 1992 la estructura de la propiedad de acciones en manos de las familias españolas era del 24,4%. De cada 100 acciones en circulación, más de 24 estaban en manos de los hogares. Con el auge de las privatizaciones, el gobierno de Aznar vendió la moto del “capitalismo popular” mientras repartía empresas públicas a su amigos (Telefónica y BBVA, las más destacadas). En el año 1999 las familias llegaron a poseer un 33,6% de las acciones emitidas. A partir de ese año, poco a poco el sueño de ser “capitalistas” se fue diluyendo. Los escándalos mayúsculos como Terra-Telefónica, por no hablar de otros fuera de nuestras fronteras (como Enron, Parmalat, etc.) hicieron ver a los ahorradores (trabajadores a fin de cuentas) que el paraíso en la tierra no tiene desde luego forma de sociedad anónima. Pero sobre todo el paulatino proceso desinversión en acciones tuvo su origen en la burbuja inmobiliaria que hizo que el ahorro de las familias fuera teledirigido a “invertir” en vivienda. Ahora, con la crisis, el porcentaje de acciones en poder de las familias ha descendido al 21% (datos de 2009).

La “sociedad de propietarios” cumple un papel fundamental en una economía de tipo capitalista. Se sirve del ahorro popular para lograr financiación fácil. Baste recordar la viciada salida a bolsa de Bankia, colocada entre millones de “banqueros” con la complicidad del Estado. A cambio, las grandes empresas cuentan con una masa de pequeños accionistas numerosos pero dispersos e inermes, que provoca que el gobierno de la empresa cotizada quede al arbitrio del consejo de administración (las familias a las que antes nos referíamos) y altos ejecutivos, muchos de ellos políticos amortizados, pero jugosamente remunerados.

Además del componente económico, el factor político juega un aspecto fundamental en esta mascarada. El surgimiento de un gran número de propietarios de pequeñas acciones se ha querido presentar como una «democratización del capital”. El éxito de esta “redistribución de la riqueza” crea la apariencia de que los trabajadores participan de la empresa, no como trabajadores, sino como “propietarios”. En este sentido, el Instituto neoliberal Juan de Mariana publicó en 2006 un estudio titulado “Una sociedad de propietarios. El camino de los ciudadanos hacia la independencia financiera.” En él se dice textualmente que “los beneficios del capitalismo aún no han sido explotados en toda su extensión por la población por la vía de la participación en las ganancias empresariales. La sociedad de propietarios significa precisamente eso, asociarse e ir de la mano de las empresas que generan la riqueza en la sociedad” (página 42-43) Tomen nota por favor: “asociarse e ir de la mano de las empresas que generan la riqueza”. Según esta versión, el trabajo no genera riqueza y, por tanto, haríamos bien los que sólo contamos con nuestras manos para sobrevivir, en bajarnos los pantalones (“ir de la mano” con las empresas).

Sus objetivos son claros. “Afortunadamente, existe una opción alternativa al Estado de Bienestar hipertrofiado: la Sociedad de Propietarios. En este tipo de sociedad, la gran mayoría de los individuos –no sólo una limitada porción perteneciente a los sectores de población más acomodados– va constituyendo un patrimonio creciente a través del ahorro y la capitalización de un porcentaje adecuado de su renta; al principio, proveniente en su mayor parte del trabajo dependiente, y, más tarde, fruto también de las propias ganancias del capital” (página 37). Son declaraciones como ésta las que demuestran que, además de poca enjundia, eso del neoliberalismo es sólo una excusa de las élites económicas para acabar con el “Estado de Bienestar hipertrofiado” y lograr así la apoteosis triunfal del capitalismo: las clases han desaparecido. Fin de la historia.

No les extrañe que los recortes sociales, como reconoció el propio Rajoy, estén respondiendo más a “convicciones propias” que a los “argumentos” del Mercado, que por otra parte también actúa aquí de palanganero (no hace falta volver a recordar quién lo maneja). La obcecación y defensa de unos intereses económicos determinados impide reconocer a los partidos que ejercen el duopolio político que la “sociedad de propietarios” ha fracasado completamente ¿Vamos a contarle otra vez esta milonga al medio millón de familias que han perdido su vivienda? ¿A los millones de jubilados que tienen sus ahorros de toda una vida atrapados en las cochiqueras de los balances bancarios? La “sociedad de propietarios” (de la que el “capitalismo popular” forma parte de la trama) es la última mentira de una cierta forma de feudalismo que en el fondo pretende mantener inalterables las relaciones de poder.

En 2008, la Universidadde Vigo publicó un interesante estudio “Una aproximación a la red social de la élite del poder económico en España”. Su autor, el profesor Iago Santos Castroviejo, demostraba que en las empresas cotizadas en bolsa (esas con las que nos piden “ir de la mano”) una “élite forma una exigua minoría, 1.400 personas –un 0,035% de la población- que controla decisivamente el recurso económico fundamental a nuestro juicio, las organizaciones esenciales de la economía, y una capitalización de 789.759 millones de euros, equivalente al 80.5% del PIB y en una estimación grosera sin ánimo de precisión, sobre el 28% del capital productivo de España”. Pocos y muy poderosos. Como decía John Jay, el primer presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos (y efímero embajador en España): “las personas que son dueñas de un país deberían gobernarlo” ¡Y vaya si gobiernan! Pero desde luego no son tontos y saben que deben buscar aliados.

Para garantizar el “orden” (y la “propiedad”) nada mejor que contar con una amplia capa de pequeños propietarios. Por poco que posean, la sensación de pertenencia a un cierto estatus les permite distinguirse de otras clases inferiores. El miedo a perder la propiedad, convenientemente azuzado desde las clases altas cuando es necesario, provoca una alianza con éstas y frena cualquier intento de progreso social que pudiera poner en riesgo los privilegios adquiridos. De ahí al individualismo más pernicioso hay un paso. De ahí a considerarla Democraciacomo un riesgo que hay que limitar, otro.

Conviene entender que equiparar posesión de bienes con mejora en la posición social es  equivocado. Tal posesión no determina una movilidad social ascendente, antes bien, en la mayoría de los casos expresa manipulación y endeudamiento. No podemos negar que para el 99% disponer de una casa, un coche y unos ahorrillos parece ya un mínimo básico, pero no debemos olvidar que accedemos a tales bienes sobre la base de nuestro trabajo, sin que de semejante propiedad (¡u otras formas de acceder a una vivienda digna!) derive un pretendido estatus diferente que nos asimile a la clase superior.

Es lógica la profunda y amarga decepción que entre las clases populares se tiene de este modelo degenerado de democracia que nos gobierna y que pretende mantenernos en un estado de explotación permanente: como trabajadores, como ciudadanos y como consumidores. Si algo hay que defender son nuestros derechos como trabajadores, aunque la pelea de nuestros legítimos intereses como consumidores nos puede otorgar una posición de fuerza importante.

Foto: FDV

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One Comment to “La “sociedad de propietarios”, la gran estafa política”

  1. Barracuda dice:

    te felicito por el artículo y lo voy a enlazar.

    Saludos

    Barracuda