Labordeta: el anciano adolescente

21. septiembre 2010 | Por | Categoria: Magazine, Mayores

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Intencionadamente he dejado transcurrir unos días, a la espera de que tras la avalancha laudatoria, más que justificada, hacia el siempre rebelde José Antonio Labordeta fuera decreciendo, para exponer mi personal opinión sobre este ídolo del pueblo español en general y muy en particular del de Aragón.

 

Si la adolescencia responde a la etapa previa a la juventud de una persona, permítaseme que considere a este genial aragonés como el hombre que no llegó a disfrutar del sabor compensatorio de una vida un tanto agitada, como lo fue la suya, que no es otro que el sentirse plenamente Abuelo durante muchos más años, y es por eso por lo que hago coincidir su estado de adolescencia con la autentica ancianidad, cuando ésta todavía le pillaba aún a larga distancia.

 

“La Parca”, con su guadaña maldita, nos lo arrebató antes de hora. Mucho antes de que sus nietos fueran creciendo a su lado, sobre todo ahora que la familia disponía de él a jornada completa, tras su vida inquieta que le transportó de un lugar a otro “cantándole las cuarenta” a quien se hacia acreedor a ello y por supuesto denunciando las injusticias por doquier. Sin duda Labordeta fue el paladín de la libertad merced a ese espíritu rebelde, mezcla de libertario y bohemio característica esencial de su personalidad, lo cual probablemente no le permitió la convivencia plena con los suyos.

 

Él era en el fondo uno más de esas personas entregadas en pro de las causas justas, anteponiendo sus objetivos por encima de su propio interés personal. Este singular aragonés fue siempre así. Él consideraba que merecía la pena luchar sin reparar en esfuerzos  y sacrificios. Precisamente por ese afán continuado Labordeta pasa a ocupar, por derecho propio, un lugar en la historia junto a otros grandes hombres y mujeres que le han precedido en la defensa de un ideal sobre todas las cosas.

 

Así fue su trayectoria a lo largo de medio siglo, y de él puede decirse que murió con “las botas puestas”, ya que hasta hace unos meses aún intentaba –aunque con menor energía– mandar “a la mierda” a quienes pretendían desviarnos de ese camino recto por el que tanto peleó.

 

Quienes le guardan un profundo cariño –que son legión– le llaman afectuosamente “el Abuelo”, pero el epíteto no es real, ya que Labordeta tenía aún cuerda para rato. Más allá de lo estrictamente familiar, Labordeta nunca fue un abuelo ni por edad (hoy 75 años es un paso más en la plena madurez), ni por su rasmia (dispuesto a dar mucha guerra todavía), ni porque la tranquilidad en el hogar no llega a esta clase de personas hiperactivas hasta que no traspasan, por lo menos, el umbral de los 85 años.

 

Desgraciadamente la realidad se ha impuesto y este adolescente pre–anciano se nos ha ido casi a hurtadillas, anticipando en exceso su “fecha de caducidad” que es la que le hubiera acreditado como un auténtico abuelo. Para muchos octogenarios, Labordeta nos ha dejado en la flor de la vida. Una vida ejemplar e irrepetible.

 

Con él se rompió el molde. Y bien que lo saben los aragoneses. 

 

 

Foto: Llapissera

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