Llanto por el niño sin nombre

3. septiembre 2015 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

POR JAVIER GRIMAL (*)

Yacía inmóvil sobre la playa. En un lugar donde los otros niños ríen, las risas del niño sin nombre habían acabado para siempre. Quizá el horror de la guerra se las había arrebatado antes, poco a poco. Los sueños del niño sin nombre murieron con él mientras intentaba alcanzarlos. Le habían dicho que iba a una tierra mejor, a un nuevo país donde se cumplían los sueños, pero sólo pudo llegar a la playa donde yacía inmóvil, con la carita pegada a la arena.

Los racistas y los xenófobos de la vieja Europa pueden estar tranquilos. El niño sin nombre ya no les quitará las becas de comedor a sus hijos, ni colapsará la consulta de Pediatría de la sanidad pública, ni engrosará la unidad familiar para que sus padres pidan ayudas al Estado. De hecho, es muy posible que los padres del niño sin nombre también hayan muerto intentando alcanzar su sueño.

Ya no es necesario que los jerifaltes encorbatados de la vieja Europa se reúnan para salvar al niño sin nombre. Llegan tarde, demasiado tarde. Y seguirán llegando tarde aunque todos sepamos que mañana habrá otros niños sin nombre muertos en otras playas mediterráneas, o en el fondo del mar… (me gustaría añadir el estribillo del “matarile”, pero ya no estás para cantártelo, niño sin nombre).

Malditos sean los que han matado al niño sin nombre, con sus fracasos económicos y sus guerras programadas. Malditos sean los que mañana, o pasado, o al otro, se reunirán en Bruselas para atajar un problema que no sienten como propio. Y malditos sean los que piensan que las vidas de sus hijos y de sus nietos valen más que la del niño sin nombre que yace en la playa, inmóvil.

Que allá donde estés, tengas la paz que la vida no supo darte, niño sin nombre.

Foto: REUTERS/Nilufer Demir

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(*) Director de Crónica de Aragón

 

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