Para una contribución a la crítica de Podemos (VII)

23. octubre 2014 | Por | Categoria: El ojo atípico, Magazine, Opinión

¿Por qué “clases sociales” y no “castas”?

Según la Fundación Gadeso, en un estudio reciente1 el 38% de los residentes en Baleares se define como clase media-baja; un 14% como clase baja; otro 14% como clase media-alta; un 38% cono clase media y un 2% como clase acta.

Esto es un hecho sociológico que pone de manifiesto la Sociología. Pero los hechos sociológicos no informan de la verdad o falsedad de la naturaleza de ese hecho, sino de cómo es percibido por el grupo social estudiado, de manera que un determinado hecho podría ser tenido por verdadero durante un gran periodo de tiempo por muchos individuos, y posteriormente demostrarse la falsedad del mismo.

El resultado del estudio descrito no se cuestiona en absoluto, puesto que las personas que componen la muestra entrevistada así perciben su situación de pertenencia a una clase social determinada, pero tal percepción ni asegura ni garantiza de forma objetiva que lo percibido como realidad coincida con la naturaleza verdadera de la situación percibida.

Objetivamente, se pertenece a una clase social concreta. Sin embargo, el sentimiento de pertenencia se puede tener respecto a otra distinta. Así, podría darse el caso que un asalariado sienta tener los mismos intereses que un capitalista y sentirse identificado con éste, mientras que por el contrario un capitalista podría sentirse identificado con los intereses de los asalariados. Este paso de lo subjetivo a lo objetivo se explica y se comprende a través del paso del concepto de “instinto de clase” al de “conciencia de clase”, que veremos en el capítulo siguiente.

Si la metodología para la determinación de las clases sociales se basara en la sensación que cada individuo tiene de pertenencia a una u otra, o bien podría suceder que no existiera ninguna, porque ningún individuo sintiera su pertenencia a ninguna de ellas, o por el contrario, podrían existir teóricamente tantas clases sociales como individuos, y ello no sería una postura fácilmente sostenible desde un punto de vista lógico y racional.

Al sociólogo en cuanto tal, con su ciencia y sus técnicas no le interesa ni busca la verdad del hecho que investiga, sino la forma en la que es percibido por el grupo social investigado.

La existencia del infierno hasta hace unos días era una creencia generalizada e indiscutida en el seno de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, un dogma de fe, una “verdad” absoluta. El infierno ya no existe. Así lo acaba de manifestar la primera autoridad del Estado Vaticano, el papa Francisco I. Ocurrió otro tanto con la existencia del limbo, que dejó de existir por un acuerdo entre las autoridades del mismo Estado Vaticano.

Habrá que estar pendiente a la vista de los antecedentes más cercanos de lo que les pueda ocurrir al alma y a la gloria; si permanecerán inalterables por los siglos de los siglos tal como hoy se conciben, o si por el contrario, serán modificados en todo o en parte según evolucionen los tiempos, y con ellos, la política.

Ocurrió también con la percepción social que se tenía del mundo, que de ser plano, permanecer fijo y ser eje central del universo (nada más y nada menos que por ser esa la voluntad divina), pasó a ser una esfera ligeramente achatada que se movía girando alrededor de su eje y alrededor del sol, y que dentro de universo, como mucho, podría compararse a un microbio de los que para ser visto precisa de un microscopio. Claro que, este cambio en la opinión social con respecto de la percepción del mundo, no fue producto de un acuerdo de las autoridades de la Iglesia, sino porque muy a su pesar y radicalmente contra ella, así fue como lo demostró la ciencia.

La creencia, pues, por muy firme que sea y por muy extendida, formalizada y solemnizada que esté, no garantiza en absoluto la veracidad sobre ese hecho que se cree.

En las elecciones generales de 2011 el PP obtuvo 10.830.693 votos (con una abstención de 9.710.775 votantes) que representaba menos del 44% del censo electoral y algo más del 20% del total de la población española. No se puede poner en tela de juicio que quienes votaron al PP lo hicieron en la creencia de que si ganaba las elecciones mejorarían sus condiciones de vida, porque no es lógico pensar que alguien vote a quien crea que le va a empeorar su modo de vida.

No haría falta rebuscar mucho en la realidad ni recurrir a enrevesados razonamientos, como para encontrar a votantes jubilados del PP que han visto empeorada su situación; o a pequeños y medianos empresarios que han tenido que cerrar sus empresas porque la mejoría prometida del PP nunca llegó, y además, amenaza con empeorar cada día que pasa; o a funcionarios públicos que han visto reducido su salario; o cientos de miles de trabajadores que creyendo ganar más si ganaba las elecciones el PP, han acabado ganando menos y empeoradas sus condiciones de trabajo; o decenas de miles de jóvenes que, creyendo que encontrarían más facilidades para trabajar si ganaba las elecciones el PP, han tenido que emigrar de España, muchos de ellos universitarios, para fregar platos en restaurantes extranjeros; o millones de trabajadores actuales que ya tienen garantizado que cobrarán menos cuando se jubilen, después de que el gobierno haya encargado estudios falseados intencionadamente.

Junto a estos votantes de buena fe del PP que creyeron mejorar sus condiciones de vida si ganaba ese partido, están igualmente los 6.973.880 de votantes de buena fe del PSOE que también votaron creyendo que, de producirse la victoria política de este último partido, mejorarían sus condiciones de vida, sin reparar ni tener en cuenta que el empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores, y en consecuencia, de la sociedad en general, arranca de la promulgación de la Ley 26/1985, de 31 de julio, con el primer gobierno del PSOE.

Tampoco se tuvo en cuenta que en vísperas de las elecciones generales de 2011, el PSOE no tenía los suficientes votos para modificar la Constitución y recurrió al PP para modificar el artículo 135 de la misma, sin cuya alianza de votos no se habría podido realizar.

La modificación del artículo 135 de la Constitución por mandato de la Troika (UE-BCE-FMI) en la práctica significa, que todo el dinero del Estado español queda a disposición de los bancos y otras entidades que le hayan podido prestar dinero, al quedar establecido que la prioridad absoluta de cobro la tienen quienes le hayan prestado dinero al Estado. De este modo, el gobierno podría dejar de pagar salarios a los médicos de la sanidad pública, a los maestros y funcionarios, o dejar de atender las necesidades sociales básicas a los incapacitados, o dejar de pagar pensiones a los jubilados, porque ese dinero lo tendría que dedicar a las fábricas de armas que le vendieron material bélico al Ejército, o pagar a las empresas privadas de seguridad que vigilan el exterior de las cárceles, o pagar a El Corte Inglés los cascos que le vende al Ejército (sin ser fabricante), o pagar a los bancos el dinero que le prestaron para financiar la construcción del aeropuerto sin tráfico de aviones de Castellón, o las autopistas construidas (y recuperadas) en las que de antemano se sabía que no iban a ser rentables, o líneas de AVE en las que también se sabía que no eran rentables ni social ni económicamente, o para financiar el pago de lo que llaman “beneficios cesantes”, el beneficio que se tenía previsto obtener pero que no se obtiene, como ha sido el caso de la Plataforma Castor (concesión realizada por los gobiernos del PSOE y PP) de Florentino Pérez del Real Madrid, al tener que suspender el enterramiento de gas en el Mediterráneo por los movimientos sísmicos originados en las provincias de Castellón y Tarragona, en concreto: 1.350 millones de euros según el decreto aprobado por el gobierno de Rajoy del PP2 , cuyo importe será repercutido en el recibo del gas durante 30 años, o tener que realizar este pago antes que invertir en la mejora de las líneas ferroviarias Zaragoza- Valencia o Zaragoza-Canfranc.

Si dicho lo anterior se tiene presente el dato (no la opinión) de que la deuda contraída por el Estado español llegará en 2015 al millón y medio de millones de euros, es decir, a 1,5 billones (1.500.000.000.000)3, lo que la convierte materialmente en imposible de pagar, se podrá tener una idea de la gravedad que supone ejercer el derecho del voto dejándose llevar por las creencias.

El dinero gastado por los gobiernos del PSOE y del PP en el denominado “rescate bancario” comparado con el dato anterior no va mucho más allá de un hecho anecdótico. Sin embargo, es este hecho “anecdótico” el que más llama la atención social. Y a pesar de ello, lo que sabemos del coste que representará para la sociedad es que no sabemos nada, o en el mejor de los casos, muy poquito.

Por no saber no se sabe ni exactamente cuánto dinero público ha llegado a la banca. Según el Banco de España 94.157 millones de euros, según el Tribunal de Cuentas 107.913 y según la Unión Europea4 88.140, y con respecto del costo social, “… sea como sea, El Estado español calcula que, por ahora, sólo se podrán recuperar unos 4.000 millones… [y que según declaró el ministro de Economía, Guindos, en Santander]…, que el resultado final de la reestructuración del sector no se conocerá hasta la venta total de Bankia”.5

Con respecto de las clases sociales, un estudio sociológico reciente de la BBC británica determinó que las clases sociales en el Reino Unido eran siete ¿En qué quedamos, son siete, o cinco -como ha puesto de manifiesto el estudio realizado por la Fundación Gadeso-, o ninguna? (que también hay quien mantiene que las clases sociales ya no existen).

Antes de entrar en determinar si hoy existen o no las clases sociales, cuáles son, y la utilidad social y política que pudiera tener el saber de su existencia desde el punto de vista objetivo, vamos a detenernos ligerísimamente en cómo Stalin acaba con las clases sociales en la URSSS, del mismo modo que Felipe González acabó con el marxismo en España.

Stalin “acaba” con ellas en la URSS en su informe sobre el proyecto de Constitución de la URSS presentado al VII Congreso de los Soviets de la URSS el 25 de noviembre de 1936 al afirmar. A través de él, hace aprobar que “ya no existe clase de capitalistas en la industria, ni clases de Kulaks en la agricultura. Tampoco existen negociantes y especuladores en el comercio. Todas las clases explotadoras han sido liquidadas”.6 Y “liquidadas” que quedan las clases sociales en la URSS porque Stalin dispone en ese Congreso de la mayoría política suficiente como para hacer aprobar en el VII Congreso de los Soviets una resolución en ese sentido, y así, por decreto y de un día para otro “desaparecen” las clases sociales de la URSS, lo que simplemente desde un punto de vista lógico elemental resulta absurdo, contradiciendo con ello, además, los principios más elementales del marxismo y negando de hecho su propia naturaleza: la dialéctica, sin la cual la teoría marxista queda reducida a un montón de palabras sin ninguna utilidad ni para entender la realidad y ni mucho menos para transformarla.

La apropiación de todos los medios de producción por parte del Estado en nombre de los trabajadores (que son la inmensa mayoría de la población y que son los que verdaderamente crean cuanta riqueza y bienes dispone la sociedad), se considera y es un procedimiento más conducente a la abolición de las clases, pero jamás como un fin en sí mismo.

El propio Marx afirma que la propiedad del Estado sobre las fuerzas productivas no es la solución del conflicto (abolición de las clases sociales), pero alberga ya en su seno el medio formal, el resorte para llegar a su solución”.7

Stalin se opone así frontalmente y entra en clarísima contradicción con el pensamiento marxista, al que convierte exactamente en lo que no es: en la metafísica de Bacon y Locke, los cuales consideraban que los objetos eran en sí mismos, aisladamente, como si fueran dados hechos del todo y de una vez y para siempre: las cosas “son” lo que “son”. Algo “es” o “no es”, prescindiendo de las causas que las originan y los efectos que causan, lo que en el caso de Bacon y Locke encuentra plena justificación debido al estado de la ciencia poco desarrollado y del nivel de conocimientos que se tenían en aquella época que impedía poder avanzar en el desarrollo de las ideas. Pero en el caso de Stalin, es inadmisible.

A través de la “metafísica del marxismo” impuesta por Stalin es como se podría llegar a explicar los crímenes psíquicos y físicos cometidos por su régimen totalitario (no comunista), y exonerar con ello al marxismo de las auténticas aberraciones y disparates que se le atribuyen para desprestigiarlo.

El marxismo no es otra cosa que un método de conocimiento teórico y práctico para conocer y transformar el mundo, y en consecuencia, transformar al ser humano haciéndolo pasar de objeto (que es la consideración que tiene en el modo de producción capitalista), a sujeto, para lo que es necesario erradicar la estructura económica, política e ideológica que lo constriñen y limitan, y sustituirla por otra estructura que favorezca y promueva el desarrollo de las virtudes y valores que posee todo ser humano por el hecho de serlo. “Reducido a su valor puramente crítico [incluso sin aplicar su carácter revolucionario práctico en el campo de las ciencias sociales], el pensamiento marxista resulta ya de una increíble fertilidad y bien que trivializada por el abuso que de ella se hace en la actualidad, la categoría de la enajenación constituye unos de los instrumentos hermenéuticos más poderosos de que disponemos para el conocimiento del presente”.8

Pero para encontrar “metafísicos del marxismo” no es menester que nos vayamos tan lejos ni en el tiempo ni en el espacio. En España, desgraciadamente, tenemos uno de gran calibre: Felipe González Márquez.

En el XXVIII Congreso del PSOE (mayo de 1979), celebrado bajo el lema “Construir en libertad”, Felipe González propone el abandono del marxismo. Proposición que es rechazada y ello motiva su dimisión como secretario general del partido. Siete meses más tarde (noviembre de 1979) el PSOE celebra un Congreso Extraordinario, curiosamente bajo el lema “Forjando el socialismo”, donde se aprueba el abandono del marxismo como ideología oficial, pero se mantiene como instrumento crítico y teórico, algo así como quitarle las ruedas a un coche para que alcance mayores velocidades, y en el que resulta elegido nuevamente secretario general, iniciándose así la negra noche del socialismo español que llega a nuestros días, con síntomas cada vez más evidentes y alarmantes de precipitarse por el abismo del derechismo político, o su equivalente: “la nada”, como instrumento de progreso social y político.

Y no deja de llamar la atención, cuando menos no deja de ser paradójico que tanto el estalinismo y la socialdemocracia, aunque incomparables en sus resultados, coinciden en la reducción del marxismo a pura tecnología económica, a tecnocracia [o sea, simple y vulgar mecanicismo], olvidando por entero su mandato de realizar la Filosofía”.9

De la misma manera que ya es sabido que la enunciación del problema no presupone la solución del mismo (táctica habitual en la política formal actual), sabemos igualmente que por cambiar el nombre de una cosa no cambia la naturaleza de la misma (táctica también habitual en la política formal actual).

Si esto es grave a nivel popular, porque impide ver la realidad y sustituirla por frases vacías, aproximaciones, tópicos, miedos, frustraciones personales, etc., lo es mucho más cuando la considerada clase intelectual (cuyos méritos para hacerse acreedora de tal título están todavía por demostrar en muchísimos casos) ni siquiera designa a las cosas por su verdadero nombre.

Ocurrió con la URSS, donde ni siquiera se extinguieron las clases sociales (por tanto no se podía dar el comunismo más que de las palabras que contradecían los hechos), salvo nominal y formalmente como hemos visto antes, y sin embargo, se le adjudicaba y se le continua adjudicando sin ningún rubor la etiqueta del comunismo como forma de Estado, o bien la de socialismo real como algo malo pero menos, cuando ambos términos ni siquiera pueden darse a nivel teórico al mismo tiempo.

Ocurrió y sigue ocurriendo que al PSOE inspirado por Felipe González (y habría que determinar quién pudo haber inspirado la inspiración de Felipe González) que abandona el supuesto fundamental del Socialismo: la emancipación de todas las clases sociales de manera que nadie pueda vivir a costa del trabajo de otros (salvo los impedidos para trabajar), al igual el instrumento práctico de conocimiento social y de realización de la teoría que es el marxismo. Sin embargo se le continúa denominado socialista, cuando a todas luces no lo es. Ni por práctica ni por teoría.

El intento de algunos (los jefes principales del PSOE), de vez en cuando y según circunstancias y momentos, de calificar al partido de “socialdemócrata” constituye una verdadera aberración intelectual, porque Socialismo y Socialdemocracia ni son términos idénticos ni tienen el mismo fin, y la cima de la grosería intelectual se alcanza al continuar llamándole Partido Socialista Obrero Español, que es así como se llama y no “Partido Socialdemócrata Obrero Español”, que es como debería llamarse, de ser socialdemócrata.

Ocurrió y sigue ocurriendo que al concepto de dictadura del proletariado se le continúa teniendo un pavoroso terror (motivo para asustar a los espíritus nobles y bondadosos), como si el “proletariado” fueran los diablos que emergiendo de los abismos infernales llegan a la tierra donde reina la paz y la concordia para sembrar la cizaña y discordia entre hermanos, sin reparar en que el proletariado del siglo XIX es hoy el equivalente a los jubilados, que ya no trabajan por razón de edad, pero que han estado literalmente, casi toda su vida, trabajando; los trabajadores que disponen de un puesto de trabajo; los trabajadores que no pueden hacerlo por no disponer de un puesto de trabajo y están en paro; los jóvenes adolescentes y en edad escolar, que cuando tengan edad, y si existen puestos de trabajo que ocupar, trabajarán; los menores de edad que posteriormente serán jóvenes, adolescentes-trabajadores, junto a la gran parte de pequeños y medianos empresarios. Todos ellos agentes creadores de cuanta riqueza existe, y sin los cuales esta riqueza no existiría.

Este es el “proletariado” actual, que se diferencia de aquel del siglo XIX, ignorante y embrutecido por las condiciones de trabajo a las que se veían sometidos, en que hoy muchos de sus miembros igualan o superan en preparación técnica e intelectual a cualquier rimbombante miembro de las clases dominantes, antaño “poseedoras” del saber la cultura y la moral. En suma, el tan temido y terrorífico proletariado, constituye hoy la inmensa mayoría de la población.

Por el contrario, no forman parte del proletariado, ni hoy ni ayer, las 1.400 familias españolas que controlan más del 80% de toda la riqueza de España, a las cuales nadie ha elegido ni como representantes políticos, ni como dirigentes económicos, pero que en cambio, disponen del suficiente poder efectivo como para imponer al gobierno que presente proyectos de ley al Congreso (elegido mediante votos) para que éste legisle a favor de los intereses de la exigua minoría compuesta por esas 1.400 familias, y en contra de los interés de las decenas de millones de personas que constituyen la población española. Esto trae como consecuencia nada metafórica sino real, el empeoramiento paulatino de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población.

Este sometimiento de decenas de millones de personas (y generaciones venideras) a las condiciones de vida que imponen esas 1.400 familias, representa una verdadera dictadura cruel de hecho (aunque formalmente edulcorada) que tiene que ver más con la dictadura del general Franco en España o del aparato del partido comunista de la URSS, que con la llamada “dictadura del proletariado”, que por otra parte y en principio, nadie ha podido ver todavía de forma real.

La figura ficticia de la “dictadura del proletariado”, puesto que no ha tenido ni tiene cuerpo, ni ha existido ni existe más que en la cabeza de algunos, que eso sí, han sabido instrumentalizar políticamente para asustar y alejar al individuo de todo lo que pudiera representar democracia real y participación efectiva en la vida política, ha surtido efectos más prácticos que la propia realidad.

Esta prevalencia de lo ficticio sobre lo real no puede ser explicada más que a través de la estructura ideológica creada y sustentada por el propio modo de producción capitalista, como el pilar básico de su sustento económico y político, mediante lo que Hans Magnus Enzensberger denomina “la manipulación industrial de las conciencias”.

Dice este autor que “el pauperismo material es sustituido por uno inmaterial cuya manifestación más patente es la desaparición de las facultades políticas del individuo: frente a una masa de indigentes políticos por encima de los cuales puede incluso ser decidido el suicidio colectivo, esta minoría cada vez más reducida de políticos omnipotentes. Hacer que la mayoría acepte y aguante voluntariamente esta situación constituye el cometido más importante de la manipulación industrial de las conciencias”.10 “Y esta irracionalidad como norma fundamental del sistema, lesiva y contraria a los intereses de toda la sociedad en general, es lo que en definitiva pretenden justificar los nuevos teóricos con toda su sarta de simplezas, para lo cual, mediante su particular punto de vista intenta retrotraernos a primeros del siglo XIX, cuando menos, en nombre de una supuesta modernidad, de manera que el método más riguroso, objetivo y científico de análisis y de conocimiento de la sociedad presente y pasada como es el marxismo, en sus manos queda reducido a un eslogan que suena a latón”.11

Viene a confirmar las afirmaciones de Hans Magnus Enzensberger, Marcusse en su libro “El hombre unidimensional” basado en un estudio de la sociedad americana de principios de los setenta del siglo XX. En dicho libro lo que viene a decir es que el sistema capitalista ha desarrollado tanto sus valores, y ha desconcienciado al ser humano de tal manera respecto a su verdadera dimensión, que incluso la más aguda crítica es capaz de asimilarla y de convertir sus argumentos contra el sistema en elementos positivos de vigorización y consistencia del propio sistema.

¿Cómo se rompe esa dinámica de la ficción promovida y sustentada por el sistema, que consigue superponerse a la realidad falseándola y haciendo que sea percibida como verdadera por la mayoría de la sociedad? ¿Cómo se desentraña el aparente galimatías de si las clases sociales existen o no, y en caso de existir cuántas son y qué utilidad política podrían tener para comprender la realidad? Evidentemente, aplicando un método científico como es el marxismo.

Continuará…

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  1. La mayoría de los isleños cree pertenecer a clases sociales bajas. Diario de Mallorca.es, 29.09.2014
  2. La Vanguardia.com, 04.10.2014. El Síndic promoverá una impugnación contra la indemnización de Castor
  3. 30.000 millones para financiar la compra de material militar, parte del cual no se utilizará jamás en ningún caso; construcción y “recuperación” de autopistas que no pasan vehículos; aeropuertos sin aviones; AVEs sin pasajeros; 107.000 millones inyectados a los bancos, 7,7 millones anuales para mantener al Rey que reina y su familia y otros tantos para mantener al Rey que no reina; sobre costes en obras públicas originados por la corrupción del caso Gürtel; fraudes en los EREs de Andalucía; fraudes en subvenciones a algunas organizaciones sindicales y empresariales; pagos innecesarios a empresas de seguridad privada para proteger a cargos públicos, hospitales, dependencias públicas, etc.; alquiler de tanques para exhibir en desfiles; sueldos de militares, policías, políticos y demás funcionarios públicos; pago del sueldo de 8.500 euros al mes como consejero de la Comunidad de Madrid al ex ministro Ruiz Gallardón; subvenciones a la TV pública; encargos a los medios de comunicación dominantes privados y algunas tv privadas; subvenciones a los agentes del Estado extranjero de El Vaticano en España, excepto a los pensionistas, porque el dinero que estos reciben fue parte del dinero que antes habían ahorrado y puesto en manos del Estado para que se lo fuera devolviendo llegado el momento de la jubilación, etc. Esta deuda significa que cada español, incluidos niñas y niños de teta, debe, gracias a la actuación de los diferentes gobiernos habidos en España, la cantidad de 31.732.600 euros, cantidad que resulta de dividir la deuda de 1.500.000.000.000 euros entre 47.270.000 de habitantes en este país
  4. Según esta misma fuente, la Banca alemana recibió del Estado 144.150, en términos absolutos la mayor “ayuda” europea y en segundo lugar la banca del Reino Unido con 122.800 a pesar de ser la “cuna” del “neoliberalismo” europeo implantado por la señora Thatcher
  5. Conchi Lafraya. Madrid. El coste del rescate a la banca en España dobla la media europea. La Vanguardia.com, 23.06.2014
  6. Charles Bettelheim. Las luchas de clases en la URSS primer periodo (1917-1923), págs. 12-13. Edit. Siglo XXI de España Editores, S.A., Junio, 1976
  7. C. Marx/F. Engels. Obras escogidas, Tomo III, pág. 153. Edit. Progreso, Moscú, 1976
  8. F. Rubio Llorente. Karl Marx. Manuscritos de economía y filosofía, págs. 20-21. Edit. Alianza Editorial, S.A., 1972
  9. F. Rubio Llorente. Obra citada, pág. 25
  10. Hans Magnus Enzensberger. Las máscaras de la razón, pág. 65, Edit. Círculo de Lectores
  11. Hans Magnus Enzensberger. Las máscaras de la Razón, pág. 57, Edit. Círculo de Lectores

 

Capítulos anteriores:

Para una contribución a la crítica de Podemos (I y II)

Para una contribución a la crítica de Podemos (III)

Para una contribución a la crítica de Podemos (IV)

Para una contribución a la crítica de Podemos (V)

Para una contribución a la crítica de Podemos (VI)

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