¿Qué es China?

5. julio 2012 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

por Bartleby, el escribiente

¿Y usted se lo pregunta, amable lector? Eche una ojeada a la etiqueta de su camisa, de su falda, pareo o bermudas; busque el sello de origen en sus sandalias de verano, en el balón de playa, en el abanico… Sí, en efecto: China es usted.

Puesta en números, la presencia del bazar asiático en nuestro país todavía resulta más llamativo. En 2007, año de comienzo de la crisis, las importaciones españolas de productos chinos ascendían a 18.648 millones de euros. En 1987, veinte años antes, la cifra era apenas llegaban a los 185 millones de euros.

Estas cifras económicas implican una serie de repercusiones de alcance mundial. China, al igual que otros países denominados “emergentes”, constituye un fenómeno que permite analizar las consecuencias más perversas de la globalización, las que se refieren al paulatino deterioro de derechos sociales y políticos.

La más conocida de esas consecuencias es la “deslocalización”. Las empresas deciden dejar de desarrollar determinados trabajos localmente (en un país) para realizarlos en el extranjero, ya sea en una filial o en una empresa independiente donde el coste le resulta más barato. Tales empresas se aprovechan generalmente de la situación de la mano de obra de aquellos países a los que deciden trasladarse. Nada que objetar si tal desplazamiento del capital por las autopistas de la globalización tuviese como consecuencia en aquellos países un desarrollo social justo y sostenible.

De buena fe aceptaríamos incluso el hecho de que el desarrollo de un país repercute positivamente en los demás. Pero esta lógica economicista no se cumple automáticamente por sí misma. Y en cualquier caso, para evitar que se conquiste políticamente cualquier atisbo de justicia, ahí está el partido “comunista” chino que, pese a sus reiteradas declaraciones de intenciones, sigue enquistado en un “dumping social” para solaz de multinacionales de todo pelaje.  Resulta curioso el maridaje entre el capitalismo ultrasónico del siglo XXI y la presunta vanguardia de los trabajadores.

Según un documento de trabajo titulado “Situación de los Derechos Laborales en China: implicaciones políticas y económicas”, publicado por la Fundación Alternativas, “en torno a un 25% de los trabajadores chinos gana menos que el salario mínimo y en torno al 95% gana menos de lo que le corresponde legalmente.” En cuanto a los seguros sociales, como el de jubilación “el 30% de los trabajadores chinos en activo tiene seguro de jubilación, cifra que baja al 15,5% para los trabajadores de las zonas rurales.”.

El mismo documento nos recuerda que China no ha ratificado cuatro de los ocho convenios fundamentales de la Organización Internacional del Trabajo: el Convenio sobre la libertad sindical y la protección del derecho de sindicación (1948), el Convenio sobre el derecho de sindicación y de negociación colectiva (1949), el Convenio sobre el trabajo forzoso (1930) y el Convenio sobre la abolición del trabajo forzoso (1997). A tenor de estos datos, y otros muchos que ponen los pelos de punta, resulta inevitable pensar que las recientes “reformas” y recortes perpetrados en nuestro país responden a un claro modelo que poco a poco se está imponiendo globalmente. China es una plataforma logística desde la que exportar y justificar esta nueva Teología de la Explotación.

La “chinización” de la sociedad, entendida como empobrecimiento de rentas laborales y deterioro, en consecuencia, de Derechos Sociales, parece asumida sin discusión. El profesor Ramón Tamames en su libro “El siglo de China. De Mao a primera potencia mundial” reconoce exultante que la República Popular “está contribuyendo de manera decisiva a una considerable estabilidad financiera a escala mundial, pues su gran disponibilidad de fuerza de trabajo de bajo coste está frenando el incremento de salarios y precios en todo el orbe” (página 265) Tamames demuestra su satisfacción  con semejante “taoismo financiero”. No cabe duda de que, negocios al margen, esta peculiar “República Popular” constituye el mejor argumento del dogma neoliberal y un ejemplo perfecto de que al capitalismo no le hace falta la Democracia (por favor con mayúsculas) para cuadrar sus cuentas.

Las grandes corporaciones de comunicación han fabricado un eslogan para consumo interno que repiten insistentemente como un mantra: “China, el milagro que crece al 9%”. Todo un ejemplo a seguir, como reconoce el dueño de Mercadona.

El paradigma que proporciona China a la ideología del capital hace que sólo testimonialmente los abusos políticos y sociales sean objeto de difusión entre la opinión pública occidental. Es cierto que existe una Ronda de Diálogo bilateral UE-China, donde se abordan cuestiones de Derechos Humanos. Y es cierto también que de vez en cuando se dan a conocer en los medios de comunicación las atrocidades de las autoridades chinas. Pero el primer caso se antoja una burocratada propia de Europa, y en otro más parece munición propagandística propia de una guerrilla comercial. Contrástese el número de noticias que genera China desde una perspectiva económica con las que denuncian los abusos de sus gobernantes. La consecuencia es que las tragedias humanas del gigante asiático no logran calar en la conciencia colectiva de occidente con la suficiente fuerza y difusión que exigirían. O al menos no con la misma equivalencia con se ha asimilado ya ese “milagro” chino y los medios para lograrlo. Las imágenes televisivas de juicios sumarísimos y condenas a muerte en China tienen su lugar en los telediarios junto al choque de trailers en una carretera secundaria de Milwaukee. En esto, ya podemos decir que China es como EEUU.

Por supuesto, el gobierno Chino dispone de otras herramientas de persuasión para “tranquilizar” las cínicas conciencias de las élites occidentales. Las reservas de liquidez que disponen las autoridades chinas, fruto del latrocinio a los trabajadores por empresas públicas, privadas y multinacionales, les permite tirar de chequera para ir comprando su legitimidad.

La reciente aportación china de 43.000 millones de dólares al Fondo Monetario Internacional, decidida en la cumbre del G20 del pasado mes de junio, “no es una ayuda gratuita, es una inversión y una útil herramienta”, según puso de manifiesto el Banco Popular de China en un comunicado. Por supuesto, bajada de pantalones occidental; quien paga manda y si, además, nos muestra el camino para enderezar a los díscolos trabajadores europeos, pues con más razones.

Pero los tentáculos del gigante asiático se mueven también en otras dimensiones. La actual crisis institucional en Europa constituye el mejor ejemplo de su cercana influencia, en la que el amigo prusiano ejerce de agente consular chino en la Unión Europea (UE).

En efecto, la sorprendente despreocupación de Alemania por dotar de recorrido coherente a la construcción europea hunde sus raíces en las relaciones del país germano con China. De todos los Estados que forman la UE, Alemania es el socio comercial número uno de China: casi la mitad de todas las exportaciones de la Unión provienen de aquel país. De hecho, China es ahora el segundo mercado exterior más grande de Alemania, e incluso se prevé que a corto plazo supere a EE.UU en el primer puesto. Es lógico que semejante vínculo comercial tenga su impacto político. Con un potencial brutal de mano de obra barata para sus multinacionales y de consumidores voraces, China es el futuro ¿qué interés puede tener ya Alemania por reflotar los mercados periféricos del sur de Europa? ¿Qué necesidad tiene de invertir en su recuperación? La periferia Europea parece ya amortizada para el amigo teutón: empleó mano de obra barata de los países del Este y vendió los excedentes de capital a los bancos descerebrados del sur. Ahora sólo le interesa recuperar la deuda.

Comprendiendo las crecientes implicaciones económicas entre ambos países (y de Alemania con otros emergente, como Turquía) puede darse con la clave para entender la dejadez de la señora Merkel y las élites alemanas por avanzar hacia una construcción Europea que, a estas alturas, sólo puede ser política y, por tanto, necesariamente con la ciudadanía. Así lo reconocía un reciente informe publicado por el European Council on Foreign Relations (ECFR) titulado “China y Alemania: el porqué de una emergente relación. Cuestiones para Europa”: “existe el peligro de que Alemania pueda hacer uso de su relación bilateral con China para continuar sus propios intereses económicos en lugar de los intereses estratégicos de Europa.” ¡Qué gran incordio, una UE de ciudadanos que se creen con derechos! Como reconoce este mismo documento: “los observadores continúan viendo a Alemania como la China Europea”.

Si ha llegado hasta aquí, amable lector, quizá ya no le resulte tan extraño el elevado porcentaje de objetos procedentes de China que rodean su vida cotidiana. Precios asequibles para unas economías domésticas occidentales que, poco a poco, están viendo cómo sus rentas van adquiriendo la categoría de “todo a cien”. Pero no caigamos en el error de considerarlo como un hecho inevitable.

Nuestros Derechos ni son un objeto de lujo ni se comercian. Sólo estarán en oferta si los malvendemos nosotros mismos. Si nosotros mismos no somos capaces de hacerlos valer. De lo contrario, corremos el riesgo de no poder llegar a ejercerlos en un futuro.

Foto: ciudad industrial de China (autor: Ruiz)

 

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