¡Santiago y cierra España!

20. septiembre 2012 | Por | Categoria: Magazine, Opinión, Sin fecha de caducidad

La vida es así de cachonda.

La vida nos reparte bofetadas a diestra y siniestra y, cachonda ella, se guarda algún espacio para la ironía o, ¿quién sabe?, para reírse de nosotros.

En este momento de depresión sicológica generalizada causada por otra depresión generalizada, en este caso de bolsillo, se unen dos despedidas tan antagónicas como protagonistas de esta España que, también ahora, añade a sus depresiones la de la propia estima, la de su unidad territorial, la del ser o no ser.

Esperanza, nuestra Espe, la Aguirre, que tantos folios virtuales nos ha provocado, nos deja. Políticamente, eso sí, pero nos deja.

¿Definitivamente?

El tiempo, único capaz de marcar el carácter definitivo de las cosas y las relaciones, lo dirá.

Y nos empieza a dejar Cataluña, o al menos ese es el órdago de los gerifaltes catalanes, porque es lo que han lanzado, un órdago, esa jugada en la que, valga la redundancia, te la juegas.

O ganas o pierdes.

Punto.

El coste, como siempre, también en las multidepresiones actuales, lo pagaremos los ciudadanos, ingenuos seguidores de banderas, cruces o medias lunas y discursos.

Yes, we can.

We can ser cada día más ingenuos.

Pero también nos ha dejado, definitivamente tan sólo en lo físico, Santiago Carrillo, ese camarada declarado Marxista hasta su última ventilación.

Todo líder político debe afrontar cuestiones difíciles, incluso tomar decisiones de las que te hacen mirarte raro al espejo la mañana siguiente cuando te afeitas, o te maquillas, o simplemente te lavas los dientes.

Y más mañanas, si tienes conciencia.

Por tanto, ningún líder político debe ser seguido sin crítica ni con devoción, ni tan siquiera con dudas.

Pero cuando deben llegar los reconocimientos, en esos momentos inevitables en los que no es de recibo hacer reproches sino resaltar los valores, las virtudes, en esos momentos, lo que no se puede ser es gilipollas.

Vale que todo, hasta los colores, tiene matices, y que la subjetividad ocupa cualquier escenario, pero hay momentos en los que hasta la subjetividad más subjetiva debe ser medida y respetar, ya no a quienes se considera momento oportuno homenajear, sino a la inteligencia ajena.

El otro día oí un palabro que me gustó, en un bar, más o menos a las ocho de la mañana, con cafés, sin licores ni cervezas post-curro, ni revueltos de empalmada.

Fasciprensa.

Hasta la fonética queda bien.

Pero mejor el contenido.

Hablaban dos paisanos sobre esa prensa de derechas, o más, que pública artículos (nombre genérico) que no voy a comentar ahora porque ya lo he hecho en algunos artículos (también nombre genérico) míos anteriores.

Bueno, pues la fasciprensa dedica artículos de homenaje a la Espe, la Aguirre, que es como para echarse a llorar, fundamentalmente porque siempre se te cae alguna lágrima cuando el vómito se torna rebelde.

Y hasta ahí.

El caso, en mi humilde opinión, es que comparar la importancia política (aparte valoraciones posicionales, etc.) de la Aguirre con Santiago Carrillo es, simplemente, un insulto a cualquier inteligencia que se considere por encima de la de nuestros antepasados los simios.

Santiago Carrillo, pros y contras, fue fundamental en la transición política tras la heroica recuperación de la Libertad por parte de este país, y lo fue (reconocido por todos los asistentes a aquella función, también por los de derechas) porque apostó por un comienzo democrático en el que tuvo que tragar sapos tan gordos como la monarquía.

¿Alguien en su sano juicio puede pensar que no recibió tortazos a miles de sus propios camaradas?

Y aún así, lo hizo.

Llevó su apuesta adelante como lo hace un líder político, convenciendo a los suyos primero, a los demás después y tomando decisiones, seguro que algunas criticables y no deseadas, por el camino.

Compartiendo o no su figura.

Compartiéndola en mayor o menor medida.

¿Alguien medianamente normal, en su condición de animal supuestamente racional, puede comparar figuras públicas como las de Santiago Carrillo y Esperanza Aguirre?

Pues sí.

Jódete.

La tontería es algo sin límite.

Y si ser idiota es ser siete veces tonto, como decíamos de críos, me pregunto cómo se denomina a quien es siete veces idiota.

O más.

¡Ah!. Ya caigo.

Ahora se les denomina periodistas o columnistas o escritores de la fasciprensa.

Sin Santiago Carrillo, la España de ahora no sería la España de ahora y vete tú a saber lo que sería, así que Esperanza ha sido lo que ha sido pero, aunque os joda… sin Santiago Carrillo no podríais gritar (seguro que borrachos) aquello de ¡Santiago y cierra España!

 

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