Sísifo, el banquero

25. mayo 2012 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

por Bartleby, el escribiente

Cuenta el mito que Sísifo fue condenado a empujar una enorme roca cuesta arriba por una empinada pendiente, y antes de que alcanzase la cima, la roca siempre rodaba hacia abajo, y Sísifo debía volver a empezar. Algo de empecinada cuesta abajo tiene el destino del sistema financiero español. Cada nueva reforma o “saneamiento” que se saca de la manga un gobierno, nos hace volver de nuevo a la casilla de salida y, como en el Monopoly, cumplir aquello de “pague a la banca”. Lo acabamos de comprobar. A una reforma aprobada en febrero le ha sucedido otra en apenas tres meses, y con la bancarrota de Bankia de por medio. El cuento de nunca acabar.

Ladrillo o roca, el caso es que la banca española sigue con la soga al cuello y cuesta abajo y, lo que es peor, arrastrando consigo a toda la ciudadanía. Cada gota de sudor de los bancos deshidrata más y más a nuestro estado de bienestar. Porque, en el fondo, sólo sudamos nosotros con este “saneamiento” sin fin. Es la consecuencia de socializar las pérdidas de unas entidades que hasta hace poco exhibían músculo. Luego supimos que semejante impudicia tenía truco hormonal. Y es que crecer a crédito siempre tiene contraindicaciones de las que no pareció enterarse ningún banquero.

Desde 2009 los últimos gobiernos en España han venido decretando una serie de “reformas” del sistema financiero cuyo objetivo era “redimensionar” el sector y “sanear” sus balances. Bajo este eufemismo se ocultaba un hecho incuestionable. Las sucesivas reformas financieras se han centrado en no permitir que reventara de sopetón la burbuja inmobiliaria. Las noticias alertaban de que la caída de precios inmobiliarios no había tocado fondo. A la banca se le mantuvo con respiración asistida, a base de avales o con inyecciones de dinero del Banco Central Europeo. Todo era poco para dar oxigeno a unos balances enladrillados a la espera de brotes verdes. Menudo plan. El resultado: engordar para morir.

Los activos inmobiliarios en las cuentas de bancos y cajas (para entendernos, los suelos, promociones y viviendas) ya no valen lo que la propia banca predijo en su día que valdrían, por lo que ya no sirven para fabricar más dinero, enriquecer a los banqueros y, además, pagar la cuenta con los bancos prestamistas europeos. La consecuencia es que la banca ni vale lo que se supone debe valer (no hay más que ver las caídas de su cotización), ni tampoco nos sirve para lo que en teoría debe servir (que el crédito llegue al sector productivo). Para conseguir todo ello ha sido necesario echar paladas de dinero público a unos balances que han demostrado ser un agujero negro por el que se está precipitando a todo un país. Ésta y no otra es la causa de que la “prima de riesgo” de la deuda pública se vaya estirando más y más succionada por la gravedad de semejante pozo. Porque las “ayudas” de Europa para rescatar a España (¡a los bancos!) están a al vuelta de la esquina.

Pero ¿había otra solución? Se ha argumentado que de no haberse puesto en marcha las medidas de “saneamiento” las consecuencias hubieran sido mucho peores. Sin embargo, es difícil imaginarse un escenario peor. Nunca sabremos si hubiera sido mejor dejar caer entidades, como ya aventuran los lumbreras de la OCDE, o ir sosteniéndolas a base de dinero público como se sigue haciendo. En cualquier caso, para responder a esta cuestión debemos tener en cuenta la absoluta simbiosis entre “economía financiera” y “economía real” (esa que fabrica transistores y nos sirve el menú del día). Es lo que ocurre con nuestros salarios, pensiones, minúsculos ahorros, transferencias, pagos de alquileres, etc. Todo el dinero, que es un producto social, está monopolizado y controlado por el sistema bancario. Todos tenemos, al menos, una cuenta bancaria o una tarjeta; y toda nuestra vida cotidiana, de la cuna a la sepultura, es una vida bancarizada.

Esta simbiosis extrema resulta perniciosa. Los manuales de economía nos dicen que la “economía financiera” tiene como finalidad captar excedentes (ahorro) para redirigirlo a inversiones productivas (a base de créditos). Pero la teoría no se cumple en muchas ocasiones. En su código genético la “economía financiera” lleva la peligrosa tara de la especulación. La Burbuja inmobiliaria española es un buen ejemplo de cómo la hiedra financiera ha estrangulado la economía real (nuestro fruto social).

En teoría, los bancos debían financiar las necesidades de vivienda de la población. Para ello movilizaban recursos, mediante créditos, a constructores privados o públicos, así como a particulares, para la construcción y adquisición de viviendas. Pues bien, estas necesidades de vivienda, que dependen sobre todo del crecimiento de la población (española o emigrante), no fueron el factor determinante que razonablemente impulsara la actividad constructora.

Cuando se compara la demanda potencial con las viviendas iniciadas se comprueba que existe un evidente desajuste, que crece en el tiempo. En 2006 se terminaron 760.000 viviendas, sin embargo, la formación de hogares netos rondó los 314.000. Aunque la demanda de vivienda de los no residentes fuera de 100.000 unidades y la demanda de segunda vivienda alcanzara una cantidad similar, la diferencia sería de 250.000 viviendas. Así lo recoge el profesor García Montalvo, de la Universidad Pompeu Fabra, en un artículo publicado en “Papeles de Economía española” en 2007. Y daba la posible explicación: la formación de un gran inventario de viviendas que, en función de su rentabilidad esperada, se almacenaba en espera de obtener plusvalía.

Por tanto, no eran las necesidades reales de los ciudadanos de acceder a un bien de primera necesidad (y un derecho constitucional) las que animaban la economía, sino la expectativa de ganancias (la especulación). El resultado es la creación de una “demanda” ficticia de vivienda que provocó el crecimiento insostenible en su precio. Como una hiedra, la lógica financiera coge un derecho o una necesidad social y la exprime hasta agotarlo. Las grandes promociones inmobiliarias abandonadas son los grandes osarios que mejor ejemplifican todo ello.

Pero en el ADN del sistema financiero aún existe otra tara que hace que su simbiosis con la economía real acabe asfixiando a ésta. La propia irracionalidad de obtener beneficios a toda costa y en el menor plazo posible, convierte a bancos y otras entidades financieras en sus propias víctimas. Carecen, podemos decir, del más elemental instinto de conservación. No se entiende de otra manera el hecho de que durante el boom del crédito, los bancos concedieran préstamos a promotoras y constructoras aceptando como garantía únicamente el valor de un suelo sin urbanizar (¡valor contable cero!). No atendieron a unas mínimas reglas de control de riesgos, ni tampoco dudaron en empachar sus cuentas con productos financieros más propios del tocomocho. El último ejemplo de su irracionalidad lo tenemos reciente. A cuatro años del estallido de la crisis JPMorgan, el mayor banco norteamericano por activos,  anunció hace pocas semanas la pérdida de 2.000 millones de dólares en sus operaciones con derivados financieros.

Nunca van a escarmentar, porque no pueden escarmentar. Su propia naturaleza les empuja a tropezar siempre en la misma piedra. Por este motivo, resulta impensable hablar de economía sostenible mientras sigamos soportando un sistema bancario de semejante jaez. Con este sistema financiero, creador de burbujas y de irracional querencia por la autodestrucción, la economía real (la que es fruto de nuestro esfuerzo colectivo) está condenada también, a seguir arrastrando la roca de Sísifo. Ya es hora de empezar a soltar lastre.

Foto: Luis García

 

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