Syriza: sin miedo y con esperanza

20. junio 2012 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

por Bartleby, el escribiente

Las elecciones griegas del pasado domingo constituyen de nuevo una demostración de que Europa, y el mundo, son ya un pañuelo político y económico. Los nudos cada vez más férreos que entrelazan un Estado a otro (o a un órgano sin cuerpo como es la Unión Europea) tienen diversas causas, siendo una de las más importantes el libre albedrío al que se menea el capital. Que los banqueros alemanes o los fondos de pensiones finlandeses se jueguen sus cuartos en un país de poco más de 11 millones de habitantes constituye la explicación de su vergonzosa injerencia en unas elecciones democráticas. Pero explican también el cruel bandidaje al que están sometiendo a toda una población. Es el nuevo colonialismo de siglas comerciales que se sirve de políticos y grandes medios de comunicación para imponer sus condiciones.

En este contexto ¿qué puede hacer políticamente un país cuya economía representa poco más del 2% del PIB de la Unión Europea y el 0,37% del PIB global? Para fundamentar una posible respuesta acudamos a la elocuencia de las cifras. Según datos del Fondo Monetario Internacional publicados el pasado abril en su boletín “Perspectiva de la economía mundial”, Grecia tiene un PIB anual de 271.112 millones de dólares. Por decirlo sencillo, el conjunto de los bienes que produce y de los servicios que presta en un año tienen ese valor total.

Pues bien, uno de los Fondos de Inversión que está sacando sabrosa tajada con la “crisis de la deuda soberana”, Total Return PIMCO, gestiona una cartera de 260.000 millones de dólares. Por favor, comparen cifras. Y hablamos de un solo fondo de inversión, pero podemos sumar. Bridgewater, otra gestora de fondos globales, maneja activos por valor de 120.000 millones de dólares; por su parte los activos de Brevan Howard ascendían a 65.000 millones de dólares en enero de 2012… No sigo más. Obvio fondos alemanes, daneses, suecos, etc. Y tampoco menciono otros vehículos de inversión o instrumentos financieros como derivados, etc. Pero les aseguro que las cifras de este supermercado sideral superan las de la propia economía global en su conjunto. 

En términos económicos, el daño que pueden hacer tales fondos en un país, irrumpiendo como un elefante en una cacharrería, es justo lo que estamos padeciendo. Son los casos de Grecia, Irlanda y España. Lo lamentable es que esta crisis repite las mismas pautas que ya sucedieran a mediados de los noventa en Méjico y Corea del Sur. Una década después se reproducen con milimétrica exactitud. No hay voluntad de solución porque es un negocio demasiado lucrativo como para ponerle remedio. Y aquí entra un claro componente político.

El poder de estos dinosaurios financieros se filtra a toda la sociedad formando un auténtico gobierno en la sombra que aspira a controlar las instituciones y que éstas sean un reflejo de sí mismos y sus intereses. Este control provoca deliberadamente un sistema bipartidista, previsible, monolítico. El capital debe siempre sentirse seguro en un hábitat de poca volatilidad política. Esto a la larga conlleva a la frustración y el desencanto. La ciudadanía asiste a un cuatrienal “día de la marmota” en el que todo cambia para que todo siga igual. Sólo así puede explicarse que el porcentaje de participación en las elecciones griegas, con todo lo que se jugaba el país, fuese de un 62,47%.

El capital modela a su gusto a la democracia hasta construir una réplica bastarda de sí mismo. Este modelo de democracia lo describió perfectamente Joseph Schumpeter. La voluntad popular dirigida a un bien común no existe. La democracia es un simple mecanismo formal para competir por el voto. Y votamos por simple simulacro de participación, por impulsos de mercadotecnia.

El propio Alexis Tsipras, candidato principal de Syriza, diagnosticaba con claridad en una entrevista que “los políticos se han comportado como si no hubiera sociedad”. Al igual que las empresas compiten con otras por más clientes, los partidos, convertidos en máquinas electorales, compiten por los votantes. No hay sociedad sino mercado. Consumidor y votante se identifican hasta el punto de que la pasividad y la decisión irracional ceden al diálogo y a la implicación colectiva. Es más: empobrecer a la población es directamente proporcional a la aniquilación de sus Derechos y su capacidad de reacción política.

En una encuesta de Transparency International con ocasión de las elecciones presidenciales búlgaras el pasado mes de octubre desvelaba que más de un 20% de los electores venderían su voto. El precio: hasta 75 euros. Aunque un 12% lo tasaba entre 15 y 25 euros. Mariano Rajoy llegó a exclamar exultante ante la victoria de Nueva Democracia que “los griegos han acertado”, como si de hacer una bonoloto se tratara. No debemos tolerar más tal degradación.  

Syriza ha roto esta peligrosa tendencia a la apatía. El alivio con que respiró el establishment político tras el triunfo de Nueva Democracia, traducía ese miedo a que se gritara a los cuatro vientos que el rey está, en el fondo, desnudo; que los mercados son una falacia; y que los políticos que los sustentan nos engañan. Es justo lo que decía una mente siempre lúcida como la de Antonio Gramsci: el liberalismo es un programa político. Ni un fenómeno atmosférico, ni una ley natural. Es un producto social, prefabricado y por lo tanto perecedero, sustituible, vencible.

Uno de los argumentos que habitualmente emplean los partidos de las élites para tratar de desvirtuar cualquier intento de progreso es el de que toda tentativa de cambio será inútil porque la sociedad y la economía están regidas por leyes inalterables. La ruptura de esta “tesis de la futilidad”, como la bautizó Albert O. Hirschman, es la primera gran victoria de Syriza, de todo un pueblo. El miedo de los dinosaurios debe animarnos a seguir peleando “teniendo la seguridad –como decía Alexis Tsipras– de que el futuro no pertenece a los asustados, sino a los portadores de esperanza”.

En efecto, es un nuevo día para Grecia. Pero también para Europa. Gracias

Foto: Alexis_Tsipras_Komotini

 

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