Un lugar llamado perplejidad

27. abril 2012 | Por | Categoria: Magazine, Opinión, Sin fecha de caducidad

Érase una vez un ser humano, uno de esos animales que dieron en llamarse racionales.

Vivía, o eso creía, en un mundo donde todo era normal, lógico y sensato.

Todo lo que ocurría a su alrededor tenía una explicación, más o menos costosa, pero que definitivamente acababa dando sentido a aquello que pasaba.

A eso esperó cuando pensó en salir de su hábitat, en conocer otros lugares, otros seres humanos, otros animales racionales más allá de los de su alrededor.

La explicación, como siempre en su mundo, llegó, y lo hizo de la forma sencilla a la que estaba acostumbrado: al otro lado del horizonte todo tenía que ser igual de lógico, todo tenía que tener la misma carga de sentido común, todo tenía que fluir como siempre, para él, fluía, y conocer otros animales racionales tenía que servir, simplemente, para enriquecerle, para hacerle más y mejor ser humano.

De buena mañana, colgó de sus hombros la mochila que, previamente, había preparado con la calma de costumbre y la convicción de no errar porque todo tenía una explicación lógica y razonable, racional.

El tiempo invertido en traspasar su horizonte habitual no le pareció demasiado ni demasiado corto, le pareció, simplemente, lógico.

Finalmente, en la distancia se levantaba la primera concentración de aquellos otros seres humanos que iba buscando, lo que le produjo una extensa pero calmada sonrisa, más por la ilusión del enriquecimiento propio pretendido que por aproximarse el final de su viaje.

A la vez que el espacio entre él y su objetivo se reducía, se reducía proporcionalmente su sonrisa, pero tampoco por disgusto estético alguno, más bien por la búsqueda de explicaciones, de esas razones que para él siempre llegaban o, mejor, de la dificultad de encontrarlas.

No conseguía encontrar lógica alguna, en una situación completamente nueva para él, que explicara por qué aquellos otros animales racionales habían descuidado su entorno hasta la enfermedad, ni encontraba explicación alguna al ritmo desenfrenado que primero, a cierta distancia, se intuía, y luego, en la proximidad, se confirmaba.

Llegó.

Se mezcló entre esos otros seres humanos.

No podía explicárselo pero nadie le miraba, era como si en lugar de ser también un ser humano fuese, sin darse cuenta, un ser etéreo, imperceptible… o insignificante.

No había explicación, o al menos no una racional.

Los rostros de aquellos seres humanos no expresaban lo mismo que los de sus paisanos, no irradiaban calma, sus miradas parecían perdidas, como si hubieran perdido el sentido de la lógica y del sentido común pero, sobre todo, como si hubieran asumido que nunca encontrarían, ya, explicaciones razonables a lo que sucedía a su alrededor.

No llegó a hablar con nadie.

No era necesario pero tampoco parecía fácil.

Decepcionado, decidió buscar la salida más próxima para regresar, lo antes posible, a su lugar, a la calma, a la lógica, al sentido común, a las explicaciones razonables y fluidas.

Sintió algo raro, algo que no conocía pero que tenía su corazón atenazado, como encogido, como huérfano.

Con pasos rápidos y lo más amplios que pudo, se acercaba al punto donde dejar atrás a esos seres y su irracionalidad sin dejar de buscar una explicación al nuevo sentimiento.

La encontró.

Por fin, alcanzó el punto donde una señal indicaba el final de ese espacio sin lógica ni raciocinio.

Lo dejó atrás sin poder resistir la tentación de darse la vuelta para ver, por última vez, aquél esperpento lleno de seres humanos y quién sabe si racionales.

En su mirada se cruzó la señal que un instante antes había dejado atrás y, en ella, la explicación a todo.

Perplejidad, ponía.

 

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