Un mundo de pobreza laboral

5. septiembre 2014 | Por | Categoria: Economía, Magazine

POR BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE

Hace unos días la OCDE lanzó un mensaje de advertencia sobre las políticas de austeridad y sus efectos. Una de estas políticas, rebajar salarios, lejos de ganar competitividad ahonda la desigualdad y estrangula la demanda. Las empresas han aprovechado los recortes en prestaciones laborales para mejorar beneficios y repartir dividendos. La teoría es sólo ideología. A propósito de esta noticia, quisiera proponer una reflexión sobre el tema de la desigualdad y la pobreza laboral.

La desigualdad, un fantasma que muchos pretendían enterrado en los cimientos de la España urbanizable, vuelve a hacer su aparición. Los recientes datos de Eurostat así lo confirman al reconocer que España es el segundo país más desigual de la UE tras Letonia.

No faltan quienes niegan el crecimiento de las desigualdades amparándose en una perspectiva más amplia al atribuir a la globalización un beneficioso efecto reductor de la pobreza en los países “emergentes”. Somos “un poco” más pobres para que otros países puedan ser un poco “más ricos”. Pero ni aún así cuela. Vivir en estos países con unos pocos dólares más al día que hace unos años, no está impidiendo que la riqueza se concentre cada vez en menos manos. Si queda algo que distribuir es precisamente la escasez y la precariedad.

Según un informe de junio de 2014 de la consultora Capgemini, en 2013 la riqueza de los grandes patrimonios repuntó un 14%, hasta 38.77 billones de euros. El escandaloso poder económico de estos patrimonios deviene en poder político para mantener sus privilegios y acrecentarlos.

La riqueza expropiada por multinacionales y élites en esos países es inversamente proporcional a los derechos y el bienestar que obtiene su clase trabajadora. Que se lo pregunten a los mineros sudafricanos, los habitantes de los barrios pobres en las ciudades brasileñas o los trabajadores textiles de Bangladesh.

Más allá de la función distributiva a través de impuestos y transferencias sociales (como apuntan Piketty y otros teóricos actuales) uno de los elementos que contribuye decisivamente a la igualdad es el poder de negociación colectiva de los trabajadores, frágil o inexistente en aquellos países “emergentes” y en pleno proceso de acoso y derribo en los países occidentales. La consecuencia de este paulatino debilitamiento es la aparición de pobreza laboral que viene a sumarse así a los niveles de pobreza más comunes y conocidos. La propia OCDE ya en 2011 reconoció que el incremento de la desigualdad tiene su origen en una mutación en la distribución de los salarios.

En nuestro país, desde finales de 2007 el porcentaje de trabajadores en riesgo de pobreza, es decir cuyas rentas están por debajo del 60% de la renta mediana, ha aumentado, según los últimos datos de Eurostat. Así, en 2012, el 12,3% de los trabajadores españoles, más de dos millones, viven esta situación. Antes de la crisis eran el 10,1%. Las cifras han seguido incrementándose, y la Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística (INE), con datos provisionales de 2013, constata un nuevo repunte: hasta el 13,4% de ocupados en España están en riesgo de pobreza.

Los teóricos como Piketty hablan de la necesidad de programas de reparto justo de la riqueza en aras del interés general. Está muy bien. En España incluso nuestra Constitución los avala. Pero la realidad y, sobre todo la traición de los gobiernos, los convierten en papel mojado. Recordemos, por reciente, el giro de Hollande ¿Podemos fiarnos los trabajadores de este sistema político que nos traiciona? Esta pregunta requiere ya de alternativas reales, no de simples respuestas. De todas las políticas de recortes, sin duda la peor es la que ha limitado el poder negociador colectivo de la clase trabajadora. Sin poder de negociación no hay embrión de poder político y por tanto, imposible una respuesta a nuestros intereses de clase que acabe con las desigualdades. Depende, pues, de nosotros.

Foto: Christophe Meneboeuf

 

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