Una Ley de Dependencia, con freno y marcha atrás

31. mayo 2010 | Por | Categoria: Magazine, Mayores

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Dentro del reajuste económico del Gobierno, nos encontramos con un frenazo al ambicioso desarrollo de la Ley de Dependencia. No es preciso ser muy agudos para percatarse de que vamos a asistir a un retroceso en los beneficios a los que, aún de manera lenta, la ciudadanía comenzaba a tener acceso. Sin detenernos ahora a cuantificar la pira de millones que el Estado ha venido dedicando a las personas que precisaban las prestaciones de la nueva Ley (en especial a los muy ancianos), lo cierto es que todo entra ahora en un compás de ralentización, que ¡ojalá! sea lo más breve posible.

 

El problema básico de esta Ley, impulsada por el gobierno de Zapatero (cosa que ninguno de sus predecesores tuvo el “cuajo” de hacerlo en el transcurso de los últimos 30 años), ha sido sin duda la escasez de servicios (residencias, centros de día, etc.), lo cual ha obligado a destinar recursos a las familias que de hecho son las que prestaban la ayuda física a los acogidos a la Ley de Dependencia. Desde un principio esto se convirtió en un pozo sin fondo, produciéndose una lentitud en el desarrollo adecuado de esta pieza fundamental, que junto a la sanidad, las pensiones y la educación, son las otras tres patas de este banco de prestaciones públicas que vienen a cerrar el ambicioso estado de bienestar social con que nos hemos ido dotando en el transcurso de diferentes etapas de nuestra propia historia.

 

Con los años, todo fue progresivamente mejorando. Los más viejos recordamos, cuando no existían ni tan siquiera pensiones para los abuelos, mientras que la sanidad pasó de ser privada en los años 20 a los 50, en que ya se abrieron los primeros consultorios del llamado Seguro Obligatorio de enfermedad y acogerse a un petitorio de fármacos, que eran los únicos que los médicos podían prescribir.

 

Esta asistencia sanitaria no estaba generalizada y solo tenían derecho a la misma los trabajadores por cuenta ajena. De entonces aquí las cosas han llegado a rozar la perfección. Los mejores hospitales, los mejores especialistas, toda clase de productos farmacéuticos pueden recetarse a cualquier enfermo de la sanidad pública por sus médicos de familia en unos centros de salud modernos y funcionales. Todo ello, al igual que en el capítulo de la enseñanza, alcanza limites inimaginables hace 40 años y ha necesitado de tiempo, y superar infinidad de problemas que han ido emergiendo.

 

Exactamente lo mismo, ocurrirá con la Ley de Dependencia. Lo importante es que pasase de ser un proyecto a una realidad. Los baches –como el actual– serán historia del pasado en cuanto el agua destructora que nos ha caído encima a todos los países, vuelva a su cauce. Mientras llegan tiempos mejores, habrá que bailar con la más fea, que no es otra que este inesperado retroceso que obliga incluso a demorar –sine die– el pago de atrasos a esos millares de familias que ven ahora con estupefacción, cómo el Gobierno pretende con esta medida desincentivar la preferencia en las prestaciones económicas, para que en su lugar soliciten un servicio, del cual –como ya se ha comentado– tampoco se dispone de muchas plazas.

 

Queda el recurso de la atención a domicilio, y aquí también la cosa será ofrecida en cuentagotas, dada la penuria económica en que se encuentran las arcas públicas. Lo que está claro es que aquí se acabó la fiesta y pasa lo mismo que en cualquiera familia donde los recursos son limitados y por lo tanto también los gastos deben de serlo.

 

Se acabaron los sueños de grandeza, el vivir por encima de las propias posibilidades, que es un vicio infernal que comenzó con aquel eslogan estadounidense “Compre ahora, viaje ahora y… pague después”. Estas “alegrías” nos obligan a meter a fondo el pie en el freno y acto seguido poner la marcha atrás. Es de suponer que detrás de nosotros no habrá ningún precipicio que nos lleve además a tierras movedizas. Esperemos que así no sea, y que todo acabe como en la lectura bíblica de las vacas gordas y las flacas que dieron origen a saber guardar en los ciclos de bonanza todo lo suficiente para cuando lleguen los tiempos de estrecheces.

 

Confiemos en ser más hormigas que cigarras. Eso es bueno.

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