Yo no he vivido por encima de sus posibilidades, ¿y ustedes?

11. junio 2012 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

De Pepiño Blanco a Fátima Báñez, de PP a PsoE (que para eso la misma miseria son) “vivir por encima de nuestras posibilidades” se ha convertido en un eslogan machacón. Por esto pagos, alguien tan inocuo como Sergio Larraga, Director General de Consumo del gobierno de Aragón (del PAR) también ha memorizado el estribillo y lo ha soltado en una entrevista reciente. Pero sin duda, quien se ha llevado la palma ha sido el dueño de Mercadona, Juan Roig, que hace pocos días volvía a entonar ese aserejé que políticos y empresarios tan bien tienen aprendido.

A estas alturas ya sabemos que este ritmillo pegadizo trata de responsabilizarnos a todos y todas del desaguisado organizado, tapar a los verdaderos responsables y justificar las injustas medidas adoptadas y por adoptar. Sin embargo, y por humildad, vamos a plantearnos una reflexión para ver si de verdad hemos vivido por encima de nuestras posibilidades.

Analicemos, pues.

En primer lugar, ¿a quién se está aludiendo cuando se refieren a “nuestras posibilidades”? Por el contexto es obvio que el mensaje va dirigido a toda la ciudadanía y los trabajadores, que son a quienes nos están deslomando a palos. Con disimulo, políticos y empresarios, tratan de colarse de rondón en estas categorías incluyéndose como unos “responsable”s más, pero no pueden engañarnos. Las élites políticas y empresariales tienen siempre el culo cubierto, sea en el Congreso, en un consejo de administración, o en una chalupa del Titanic. ”  

Despejada esta incógnita, cabe preguntarse ahora sobre esas “nuestras posibilidades a las que se refieren. Para ello nada mejor que acudir a los datos del IRPF sobre rendimientos de trabajo (donde declaramos nuestros salarios, pensiones y prestaciones por desempleo). Según informe de los Técnicos del Ministerio de Hacienda (GESTHA), extraídos de la estadística del IRPF de 2007,  un total de 18,3 millones de españoles percibieron en ese periodo unos ingresos brutos mensuales inferiores a los 1.100 euros, lo que representa el 63% de los trabajadores que desarrollan su actividad en nuestro país. Datos que prueban que el mileurismo es la enfermedad común del liberalismo. Pero, aguarden no se vayan todavía que aún hay más.

Según la “Memoria sobre la situación socioeconómica y laboral de España” del año 2006 que elabora el Consejo Económico y Social (CES), “el proceso de redistribución de la renta desfavorable al trabajo asalariado, en un contexto de elevado crecimiento de la actividad y el empleo, viene produciéndose en España desde 2000 (…). La remuneración por asalariado ha experimentado crecimientos muy moderados e inferiores siempre al crecimiento de la productividad por ocupado. De este modo, el descenso del coste laboral unitario sería el factor explicativo de la pérdida de significación económica de la remuneración de los asalariados en términos de PIB” (páginas 187). Tela marinera.

Y sigue este informe. “Los datos de la contabilidad nacional reflejan que en 2006 se produjo una significativa contención del crecimiento de la remuneración por asalariado en términos nominales, y una ligera reducción en términos reales” (página 190). De esta forma “el coste laboral unitario real (…) se ha reducido de forma continuada tanto en España como, en menor medida, en Europa desde 2000,  lo que indica, como contrapartida, un aumento sostenido del margen de beneficios” (página 188). Y en efecto, los resultados empresariales subieron. ¡Y de qué manera! “Los datos de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) sobre los beneficios de las sociedades cotizadas indican que en 2006 se produjo un incremento medio del resultado antes de impuestos de estas empresas del 26,6 por 100.” (página 192) ¿Y a que no adivinan quiénes eran las máximas campeonas en superbeneficios?  “Por sectores, los mayores incrementos de beneficios se registraron en el sector de las entidades financieras” (página 192). Por tanto, “nuestras posibilidades”, tienen razón políticos y empresarios, eran muy bajas, por no decir raquíticas. En las bodas de Camacho en que disfrutaron algunos en nuestro país (y siguen disfrutando) a los trabajadores nos arrojaban las migajas. ¡Y eso que estamos hablando de unos años en que “España iba bien”!. El Consejo Económico y Social en su informe de un año antes, en 2005, reconocía que en nuestro país “con datos del 2001, la proporción de ‘trabajadores pobres’ sobre el total de la población ocupada ascendía al 10%, frente al 7% alcanzado de media en la UE-15”.

La ecuación del negocio no admite dudas: salarios injustos + necesidades sociales convertidas en negocio especulativo (vivienda) = crédito.  Por tanto, la traducción de “vivir por encima de nuestras posibilidades” es necesariamente “vivir a crédito”, durante mucho tiempo el cuento de la lechera que amamantó las cuentas de Bancos y Cajas de Ahorros, y explotó al resto. Un trile al que el Banco de España se sumó. Aunque el endeudamiento de las familias alcanzó en 2006 nada menos que el 120% de su renta disponible, según el Banco de España la situación patrimonial de las familias era “sólida” y ese elevado endeudamiento “no era preocupante” dado que no tenía su origen principal en el consumo sino en la compra de vivienda por su elevado componente de “inversión a largo plazo”. Ahí queda eso.

Pese al pasotismo descerebrado del Banco de España, la memoria del CES de 2006 ya advertía con gran tino que al observar los datos sobre préstamos hipotecarios concedidos “son las rentas más bajas las que soportan una mayor carga financiera, por lo que de producirse una situación de tipos de interés crecientes y deterioro del empleo, los hogares de renta más baja podrían llegar a ver comprometidos sus compromisos de pagos.” (página 172)  E voilà! Lo que no advertía el CES es que además deberían ayudar a sanear las cuentas de los bancos menesterosos…

En este engaño burbujeante de “invertir a largo plazo” los políticos fueron cooperadores necesarios.

Las políticas fiscales, sobre todo con la reforma del IRPF de 1998, primaron la adquisición de vivienda, eliminando la ya de por sí pobre deducción por alquiler de la ley de renta de 1991. Además, el acceso a la vivienda pública se convirtió en una tómbola al alcance de unos pocos afortunados, fruto de unas cicateras políticas. Según datos del Observatorio Social de España, el gasto público social en vivienda como porcentaje del PIB entre 2000 y 2005 fue del 0,2%, mientras que el promedio de la Unión Europea de los 27 fue del 0,6%. En cifras, el número de viviendas de protección oficial iniciadas en 2005 fue de 80.427, que crecieron hasta 95.255 en 2006 y descendieron a 83.859 en 2007. Por supuestos las cifras de estas promociones públicas en propiedad superan abrumadoramente a las viviendas públicas en alquiler: en 2005, 61.006 viviendas en propiedad frente a 18.226 en alquiler; en 2006, 75.312 en propiedad frente a 18.648 en alquiler; y en 2007 61.794 en régimen de propiedad frente a 19.368 en alquiler. No está de más recordar que, según datos de diversas fuentes, la formación neta de hogares en aquellos años rondaba anualmente los 300.000… Esto suponía dejar prácticamente en manos de la banca al 70% de la población que buscaba su primera vivienda. Es fácil hablar de la “cultura de la propiedad de este país” cuando todas las decisiones políticas tenían por objetivo descarado empujarnos a comprar una vivienda y, de paso, hacer más rico al banquero.

Quedan claras pues, las responsabilidades. Pero una última reflexión. Todos estos años de exuberantes beneficios empresariales no se han aprovechado para fomentar una “movilidad social” ascendente, que permitiera a las clases subalternas acceder a una mejora en su posición social. Según un estudio publicado en 2010 (“¿Somos más móviles? Nuevas evidencias sobre la movilidad intergeneracional de clase en España en la segunda mitad del siglo XX”) editado en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas, “la teoría liberal, que señala que a medida que las sociedades se modernizan aumenta su movilidad relativa, no nos sirve para nuestro país.” La política de redistribución social de la riqueza ha fallado calamitosamente durante los años de “bonanza”. Incluso el chocolate del loro repartido en su día se está ahora replegando afanosamente.

La exigencia constitucional de que las leyes doten de sentido social a la propiedad (artículo 33); de que los poderes públicos promuevan “las condiciones para que la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas y remuevan los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud” (artículo 9.2); o que “ toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general” (artículo 1287.1) etc… son cada vez más cuentos chino, como le gusta al señor Roig y muchos otros. La clase política (o político-empresarial, que tanto monta) ha apostado por el Mercado y sus amos como fuente de cohesión y progreso social y ya vemos los resultados.

Llegados a este punto, es el momento oportuno para reformular la pregunta que encabeza estas humildes reflexiones. Señor empresario, señor político, ¿cómo ha contribuido o tolerado usted que viviéramos por debajo de nuestras necesidades?

Foto: Alessandro Zangrilli

 

Tags: , , , , ,

Comentarios cerrados