23–F: el verdadero golpe de Estado

24. febrero 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Las Mareas Ciudadanas volvieron a manifestarse ayer en varias ciudades españolas, esta vez para denunciar lo que consideran un “golpe a la democracia”, en forma de normas represivas, recortes de derechos y ataques a las libertades. No es casualidad sino efecto intencionado que esta convocatoria coincidiera con el trigésimo tercer aniversario del golpe de Estado que determinados elementos fascistas perpetraron el 23 de febrero de 1981.

Es obvio que la afluencia a estas movilizaciones ciudadanas fue ayer mucho menor que la que registraron aquellas otras que, tal día como hoy hace 33 años, recorrieron las calles españolas para dejar patente el casi unánime rechazo político y social al penúltimo intento de involución antidemocrática en nuestro país.

Y decimos “penúltimo” porque ha sido precisamente el último el que ha triunfado, sin tanques en las calles, sin marchas militares en las emisoras radiofónicas, sin patéticos uniformados blandiendo pistolas en el Congreso, y por supuesto, sin multitudinarias movilizaciones sociales de rechazo.

El verdadero golpe de Estado contra la Constitución Española comenzó a perpetrarse el día en que el Gobierno de España, entonces presidido por Rodríguez Zapatero, se arrodilló ante los Mercados, dejando al país sin la posibilidad de practicar la política económica que decidieran practicar sus legítimos gobernantes.

El verdadero golpe de Estado contra la democracia en España se perpetró el día que un partido político ganó las elecciones generales engañando a la población con un programa ficticio, y luego se le permitió seguir gobernando.

El verdadero golpe de Estado contra los derechos y libertades públicas triunfó el día en que el ministro de Exteriores, José Manuel García–Margallo dijo en público que la Constitución Española sólo “tiene dos artículos” (léase, la unidad de la patria y la soberanía nacional), y que “el resto es literatura”, y al día siguiente continuó siendo ministro.

Del mismo modo que los Estados Unidos ganaron la Guerra Fría sin desplegar ni una sola unidad militar en la plaza Roja de Moscú, los neoliberales nos están arrebatando la democracia y el bienestar sin que ninguno de sus exaltados partidarios irrumpa en el Congreso pistola en mano.

El resultado, 33 años después de aquel 23–F, es que los mismos caciques de toda la vida (y en algunos casos, sus hijos y nietos) siguen manejando la economía española a su antojo. El resultado es que las aspiraciones de libertad y de democracia del pueblo español han fracasado esencialmente, ya que la inmadurez política del pueblo hace posible que los gobernantes actúen sin criterio de interés general ni sujeción al contenido de sus programas electorales. El resultado es que “la mayoría silenciosa” de este país sigue concediendo más importancia a la lesión de una estrella del fútbol, o al libro escrito por la ex compañera sexual de un torero, que a la sistemática bajada del poder adquisitivo de los salarios y las pensiones.

Mención aparte merecen quienes utilizan los dramáticos sucesos del 23 de febrero de 1981 para engañar a todo un país, haciendo mofa de los mismos. A la redacción de CRÓNICA DE ARAGÓN no le ha sorprendido la iniciativa de Jordi Évole en el falso documental “Operación Palace”. Hace algo más de dos años ya denunciamos en este mismo espacio que la verdadera intención de este bufón televisivo no era otra que “entretener con mentiras, medias verdades, habilidosos gags y alguna certeza manipulada”.

De hecho, durante el documental emitido ayer por La Sexta, Évole necesitó parasitar la credibilidad de los políticos, periodistas y cineastas que se prestaron a su infame iniciativa; credibilidad que quedó, lógicamente, mermada. Y lo peor de todo, además del propio engaño, es que personas como Iñaki Gabilondo, Federico Mayor Zaragoza, Fernando Ónega, Felipe Alcaraz o Jorge Verstrynge hayan accedido a lesionar su credibilidad personal para favorecer a un buhonero del espectáculo cuya única pretensión es incrementar su audiencia, y con ella, el monto económico que percibe por elaborar “programas”.

 

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