5,4 millones de parados

27. enero 2012 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

La cifra de 5,4 millones de parados en España a finales de 2011 (adelantada ayer por el ministro de Hacienda Cristóbal Montoro) supone la certificación material de que todas las reformas neoliberales emprendidas por Rodríguez Zapatero y continuadas por Rajoy sólo son capaces de producir miseria.

Y ellos lo saben. Por eso, mientras insisten machaconamente en la idea de que sólo con estas reformas España y el resto de la Unión Europea superarán la crisis, lo que hacen en realidad es ocultar sus verdaderas intenciones.

Los partidarios de este capitalismo salvaje que ya empieza a ser cuestionado incluso por algunos liberales moderados, no pretenden acabar con el paro, ni con el déficit público, ni mucho menos con la inestabilidad financiera. Saben perfectamente que las medidas que proponen no sirven para alcanzar ninguno de estos objetivos, como la propia realidad está demostrando.

Su verdadero propósito es acabar con el Estado, o al menos, con su función redistribuidora de la riqueza sobre la que se edificó el efímero concepto de “Estado del Bienestar”.

La reducción del déficit público por la vía de la disminución del gasto, sólo sirve para producir desempleo a corto plazo, pero elevado a la categoría de dogma económico, se convierte en el arma más poderosa para obligar al Estado a desamparar a la ciudadanía a la que sirve.

Mientras tanto, la otra vía para reducir el déficit público, es decir, el incremento de los impuestos directos a las rentas más altas, queda desierta puesto que éstas últimas no están dispuestas a seguir contribuyendo al mantenimiento de la cohesión social, por muchos pactos que firmen las cúpulas de los dos sindicatos mayoritarios con las principales organizaciones empresariales del país.

La solvencia ideológica de los actuales gobernantes de la Unión Europea es similar a la de quienes hace más de diez años pusieron en circulación un enano con pies de barro llamado “euro”. Entonces se equivocaron, como ahora están reconociendo públicamente; hoy se equivocan, como seguramente reconocerán dentro de diez años.

El problema es que hasta que llegue ese momento, millones de personas inocentes sufrirán en sus propias carnes las consecuencias de los errores cometidos por aquellos a quienes han otorgado su confianza y su voto. Eso, siempre que estos millones de víctimas colaterales no sean capaces de rebelarse antes.

 

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