Albert Rivera y la Constitución de 1812

20. marzo 2017 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Como buen trilero de la política, Albert Rivera se desplazó ayer a Cádiz para proclamar a su partido heredero de aquellos “valientes” que, según sus palabras, hace 205 años llegaron “de todas partes” para proclamar la Constitución de 1812, popularmente conocida como “La Pepa”. En la cumbre del paroxismo, el líder de Ciudadanos llegó incluso a afirmar que “los liberales de Cádiz han vuelto para liderar España”.

Sin embargo, con esta afirmación, Rivera no aclaró si Ciudadanos está en la extrema izquierda de 1812 o en la extrema derecha de 2017.

Si, como parece ser, Rivera pretendía usurpar el legado de unos liberales que a principios del siglo XIX se opusieron al absolutismo, tratando de arrebatar la soberanía al monarca para entregársela a la Nación, Ciudadanos se estaría reivindicando heredero de aquellos que en 1812 representaban a lo que podría definirse como la extrema izquierda radical de la época.

Si, por el contrario, el partido naranja asume como propio el contenido literal de la Constitución de 1812, estaría colocándose en una posición cercana a la extrema derecha de nuestro tiempo, ya que aquella Carta Magna era, entre otras cosas, profundamente confesional, machista, clasista e imperialista.

Si por heredero de la Constitución de Cádiz hay que entender a toda aquella persona que se oponga al absolutismo monárquico, todos los partidos del arco parlamentario actual serían por igual herederos de la Constitución de 1812.

Si en cambio se está a favor de que una Carta Magna dictada “en el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la sociedad” diga que “la religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera”, quedando prohibido el ejercicio de cualquier otra; si se defiende que un señor de Valladolid, un tagalo de la isla de Luzón y un navajo del Gran Cañón del Colorado, pertenecen por igual a la Nación española, el partido de Albert Rivera estaría anclando sus raíces ideológicas en la España de Isabel y Fernando, salvo -claro está- por el detalle del sufragio universal masculino incluido en “La Pepa”, excepción hecha de los sirvientes domésticos y de los parados.

El problema es que Albert Rivera no sabe lo que quiere decir, porque Albert Rivera es el prototipo perfecto de la nueva política-marketing, en la que los gestos, las poses y los discursos prefabricados sustituyen al rigor intelectual y a la autenticidad de quienes aspiran a gobernarnos. Y ese, junto con la corrupción económica, es uno de los dos dramas por los que atraviesa la Política actual.

 

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