Arte condenado en Zaragoza

7. agosto 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Si un gobierno cualquiera comprase un Picasso y a continuación lo abandonase en un sótano húmedo sin la menor intención de exhibirlo, seguramente recibiría el reproche de la oposición, de los expertos en arte, de los grandes medios de comunicación, y de la propia ciudadanía.

Sin embargo, cuando un gobierno organiza una Exposición Internacional en una de las ciudades de su país, y contrata a prestigiosos profesionales de la arquitectura y la ingeniería para que diseñen y construyan edificios emblemáticos destinados a ser una nueva seña de identidad de ese municipio, está social, política, artística y mediáticamente permitido que tales edificaciones sean abandonadas a su suerte, en medio de la desidia institucional más escandalosa.

Tal como ha ocurrido en los Presupuestos Generales del Estado desde 2008, el Pabellón de España de la Expo de Zaragoza cuenta con una partida fantasma que nunca se ejecuta, y que por lo tanto, deja sin expectativa alguna de uso a este magnífico edificio de autor diseñado por el arquitecto navarro Patxi Mangado.

En el terreno de los presupuestos autonómicos, lo mismo podríamos decir del Pabellón de Aragón, diseñado por el estudio aragonés Olano y Mendo; de la Torre del Agua, que lleva la firma de Enrique de Teresa; o del majestuoso Pabellón Puente, obra de Zaha Hadid.

Una vez más es preciso denunciar la traición de los gobernantes españoles y aragoneses al desarrollo de una post-Expo que ellos mismos idearon y construyeron sobre la base de un proyecto que, como se ha demostrado, no tenían ninguna intención de impulsar.

Una vez más es preciso denunciar el desinterés con el que actúan las dos antiguas cajas de ahorro aragonesas (ahora unificadas en un solo banco llamado Ibercaja), desde el incumplimiento de todos sus compromisos de dar uso público a la Torre del Agua y al Pabellón Puente tras la Expo.

Y una vez más es preciso denunciar la pasividad hostil de una ciudadanía que ha decidido no sentir como propio lo que es suyo, mientras repite los mantras antimodernidad pregonados a diario por los heraldos de la tradición y del cazurrismo.

 

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