Asqueroso expansionismo

10. junio 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Decía Ernest Gellner (uno de los antropólogos que mejor han estudiado el fenómeno del nacionalismo) que “es el nacionalismo el que engendra naciones, y no al contrario”. En su opinión, los nacionalismos no despiertan a las naciones hacia su conciencia colectiva propia, sino que, directamente, inventan naciones donde no las hay. En este sentido, su propuesta entronca con la de otro gran filósofo, Karl Marx, cuando afirmaba que “el nacionalismo es un invento de la burguesía para dividir al proletariado”. Para comprobar la veracidad de esta afirmación, basta con mirar el mundo que nos rodea, marcado por la globalización de los grandes fondos de inversión capitalistas, y por un rebrote del virus del nacionalismo que afecta, sobre todo, a las capas sociales con menor nivel educativo.

Todos los procesos de invención incluyen leyendas y acontecimientos ficticios que, aderezados con una pizca de desinformación oficial, contribuyen a cimentar una identidad nacional tan falsa como las mentiras que le han servido de cimiento. La verdad científica se convierte en enemigo mortal para quienes aseguran que el monte Aneto está en Cataluña, que Cristóbal Colón era barcelonés y miembro de la familia real catalana, o que la gastronomía catalana del siglo XV era una de las más apreciadas del mundo cristiano, coincidiendo con el “momento álgido de la nación catalana independiente (conocida legalmente como Corona de Aragón)”.

En esta espiral de desvaríos, un periodista del diario El Punt Avui llamado Joan Martí, titulaba este sábado su previa a la final masculina de Roland Garrós entre el mallorquín Rafa Nadal y el alicantino David Ferrer como Final “catalana”. Llaman la atención las comillas colocadas sobre la palabra “catalana”, ya que carecen de cualquier sentido lógico ¿Es tirar la piedra y esconder la mano? ¿Es aparentar que no se afirma lo que se afirma? ¿Por qué no Final “islandesa”? Al fin y al cabo, Nadal y Ferrer son tan catalanes como islandeses. Puestos a jugar con la historia, ¿qué tal un titular que dijera “Dos ciudadanos de la ‘Hispania Citerior’ disputarán la final de Roland Garros”? O mejor aún: “Dos súbditos de la Corona de Aragón se verán las caras en París”.

Lo cierto es que a los apóstoles de la “nación catalana” les da exactamente igual que el Aneto esté en Aragón, que la familia real catalana nunca existiera (por lo que no pudo tener como miembro a Cristóbal Colón), que Cataluña jamás haya sido una nación independiente, o que la final de ayer entre Nadal y Ferrer sea “española” y no “catalana”. Lo importante es que las mentiras sean creídas, asumidas e interiorizadas por el mayor número posible de ciudadanas y ciudadanos empadronados en la comunidad autónoma de Cataluña. Es su forma de crear una nación, una nación que desde un asqueroso expansionismo, intenta apropiarse también del territorio y de la historia de sus vecinos. Al fin y al cabo, como decía Schopenhauer, “todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de lo que pueda enorgullecerse, se refugia en el último recurso de vanagloriarse de la nación a la que pertenece por mera casualidad”.

Sin embargo, de lo que menos se habla es de que este proceso de construcción nacional en Cataluña y en el País Vasco ha sido tutelado, impulsado y bendecido por el PP y por el PSOE durante los últimos treinta años, merced a una legislación electoral que atribuía a las derechas nacionalistas catalana y vasca una representación muy superior a la que proporcionalmente merecían. El objetivo, perjudicar a las terceras opciones estatales de voto (CDS, IU, UPyD,…) para evitar que hicieran sombra al bipartidismo patrio. El precio a pagar: colocar a CiU y al PNV como partidos–bisagra para conformar mayorías parlamentarias en Madrid, a cambio de permitir que estas formaciones nacionalistas fueran transformando poco a poco sus comunidades autónomas en naciones.

Los resultados de este proceso de inmersión lingüística, cultural, étnica, policial, televisiva, política, económica, social, educativa, y por supuesto, institucional, los tenemos delante de nuestras narices: Cataluña quiere su independencia, y la final Ferrer–Nadal es entre “catalanes”. Que ningún gobernante del PP o del PSOE ose rasgarse las vestiduras ante una realidad que ellos mismos han fomentado.

 

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