Cañete–Valenciano: el debate de la nada

16. mayo 2014 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Siguiendo la tradición norteamericana de los debates cara a cara entre los candidatos bipartidistas a cualquier tipo de proceso electoral, Televisión Española nos ofreció anoche una conversación perfectamente tramoyizada entre Miguel Arias Cañete (PP) y Elena Valenciano (PSOE).

En el caso de las Elecciones Generales, mostrar sólo a quienes se presentan como candidatos socialista y popular a la presidencia del Gobierno resulta arbitrario por limitar la información del votante, coartar su libertad y presuponer el resultado. En el caso de las Europeas, este debate resulta, además, ridículo puesto que ni Arias Cañete ni Valenciano están llamados a convertirse en presidentes de la Comisión Europea.

Sin embargo, esto no fue lo más decepcionante de lo que se pudo contemplar anoche en el prime time de La 1, sino la esterilidad de cuanto afirmaron los cabezas de lista españoles por el PP y el PSOE. Arias Cañete y Valenciano se limitaron a reproducir uno de los habituales rifirrafes a los que sus partidos nos tienen acostumbrados durante las sesiones parlamentarias semanales de control al Gobierno.

Una especie de Sálvame de Luxe político entre personas y partidos que durante las últimas décadas se han turnado en la gestión del país, y que por lo tanto son cómplices a partes iguales de burbujas inmobiliarias, reformas laborales, congelaciones de pensiones, políticas antisociales, mantenimiento de los privilegios de la Iglesia católica, reformas constitucionales antidemocráticas, recortes presupuestarios y otras claudicaciones del poder político ante los caprichos de los poderes económicos establecidos.

Por eso no fue creíble ninguna de las palabras pronunciadas por los contendientes del debate de anoche; por eso la población siente un creciente desapego hacia la política; por eso el programa fue visto sólo por un 9,5% de la audiencia; por eso el bipartidismo ha muerto; y por eso, mantenerlo artificialmente con vida va a suponer un alejamiento todavía mayor de la ciudadanía respecto a la política, un objetivo perseguido desde hace siglos por los mismos liberales que pretenden reducir al Estado a su mínima expresión.

 

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