Capitales globalizados, inmigrantes gaseados

1. marzo 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Las grandes empresas pueden trasladar fábricas enteras a los países en desarrollo para especular allí con los bajos salarios, y luego traer sus productos al primer mundo, en plena libertad arancelaria. Desde la caída del Muro de Berlín, no existen fronteras para los capitales ni para sus productos.

Sin embargo, las fronteras se mantienen para las personas que huyen de la guerra instalada en su calle. También existen las fronteras para las personas que pretenden mejorar sus vidas, después de rebelarse ante la miseria.

La globalización capitalista (aquella contra la que se manifestaron millones de personas a comienzos de siglo) ofrece respuestas variadas a las personas pobres que intentan escapar de la guerra y de la pobreza: concertinas, guardias armados, devoluciones en caliente, gases lacrimógenos y atentados ultraderechistas contra los albergues provisionales que les acogen.

Las últimas imágenes de niños refugiados tosiendo por efecto de los gases lanzados por antidisturbios macedonios en la frontera con Grecia, es uno de los hechos más bochornosos de cuantos han ocurrido en Europa tras la II Guerra Mundial.

Según el aparato propagandístico del gran capital, las 270 personas que murieron en las alambradas del Muro de Berlín durante sus 28 años de existencia, eran héroes; sin embargo, las decenas de miles que están muriendo en las alambradas exteriores de la Europa rica, son sólo muchedumbre anónima, entre la cual -posiblemente- se escondan yihadistas.

Son los argumentos de un sistema económico podrido de desigualdad y corrompido de egoísmo. Son los valores éticos de la Europa neoliberal que nos está tocando padecer.

 

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