Cayo Lara: la honestidad del ejemplo

6. julio 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Hace más de doscientos años, el entonces presidente norteamericano Thomas Jefferson decía que “la clave de un buen gobierno se basa en la honestidad”. Dieciocho siglos antes, un rabí de Judea alertaba a sus seguidores sobre “los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, más por dentro son lobos rapaces”, para acabar sentenciando que “por sus obras los conoceréis” (Mateo, 7 15-16).

Con estas dos coordenadas, no es difícil deducir que buena parte de los problemas políticos actuales se debe al hecho de que la honestidad, verificada por el ejemplo, no cotiza en Bolsa.

Hace algunos años se supo que Julio Anguita había renunciado voluntariamente a la sustanciosa pensión que le correspondía como exdiputado del Congreso, para quedarse sólo con la de maestro de enseñanza secundaria, que era la que le pertenecía por la profesión que él sentía como propia.

Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos siguió votando a los corruptos y a los encubridores de los corruptos “por acción u omisión consciente”, como solía decir el propio Anguita en algunas de sus intervenciones parlamentarias.

Ayer se produjo un episodio similar cuando otro coordinador general de IU, Cayo Lara, publicaba el siguiente mensaje en su cuenta de Twitter: La cita hoy para apuntarme al paro. Mi puerta giratoria., acompañado por una foto del tique con el número de turno que le había tocado en la Oficina de Empleo.

Sin embargo, y a pesar de actitudes como ésta, todo parece indicar que la mayoría de los ciudadanos seguirá votando a los corruptos, a sus encubridores y a los amantes de las puertas giratorias.

La honestidad política no debería estar relacionada con la ideología, aunque lo está cada vez más. Y es que, sin caer en apriorismos sobre tales o cuales etiquetas, el simple hecho de considerar que el poder económico debe estar por encima del poder político, es una puerta abierta hacia la corrupción. Por el contrario, negar esa preeminencia supone rechazar las “puertas giratorias” como concepto y, por supuesto, como tabla de salvación post-institucional.

Foto: Cayo Lara

 

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