Cementerium nostrum

30. mayo 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Una de las funciones del poder institucional es generar una cultura social a favor de un determinado estado de cosas. De este modo, después de varios lustros de precariedad laboral, la población llegará a asumir que la precariedad laboral es condición sine qua non para la prosperidad económica, aunque de esta prosperidad se beneficien -objetivamente- sólo unos pocos.

Algo parecido ocurre con la inmigración. Europa viaja por la historia en su trasatlántico de lujo, mientras miles de náufragos mueren alrededor del mismo sin que nadie a bordo mueva un dedo para salvarlos. Y la población europea, gracias a la actitud que irradian sus gobernantes, empieza a asumir que estos miles de muertes son algo normal e inevitable, ante lo que ni siquiera cabe conmoverse, no sea que las malas noticias sobre naufragios de pateras en el Mediterráneo nos vayan a amargar una final de la Champions.

Según ACNUR, durante la última semana podrían haber muerto 700 personas en el Mediterráneo central como consecuencia del naufragio de varias pateras. Su punto de origen era Libia, un Estado fallido gracias a la “gloriosa” intervención militar aliada que sustituyó a Gadafi por un conglomerado de yihadistas, mercenarios, traficantes y señores de la guerra.

Médicos Sin Fronteras eleva la cifra a 900 personas muertas en menos de una semana, 71 más de las que asesinó ETA a lo largo de sus 43 años de actividad criminal.

Es una de las consecuencias del vergonzoso pacto entre la UE y Turquía para la repatriación forzosa de refugiados. El cierre de la vía turco-griega para acceder a Europa central, ha desplazado el flujo de refugiados hacia otras zonas más peligrosas como el Mediterráneo central.

La Unión Europea ha convertido el Mare nostrum de los romanos en el Cementerium nostrum de los neoliberales. La Organización Internacional de Migraciones (OIM), dependiente de la ONU, ha documentado la muerte o desaparición de 1.475 personas en el Mediterráneo, entre el 1 de enero y el 27 de mayo de 2016, una cifra en la que no están todavía contabilizadas las víctimas de los últimos naufragios.

Pero Europa no muestra la menor reacción institucional, social o mediática ante una catástrofe humanitaria que viene originada por un sistema económico incapaz -por un lado- de garantizar una vida digna a todos los habitantes de planeta, pero altamente especializado -por otro- en la producción y exportación de armamento bélico, como si de una mercancía más se tratara.

 

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