Chernobil, treinta años después

26. abril 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

El gravísimo accidente nuclear de Fukushima conmocionó a los gobiernos occidentales. Hasta entonces, pensaban que ese tipo de catástrofes solo podían producirse en países chapuceros con escaso nivel de desarrollo tecnológico, que es la opinión que les merecía la Unión Soviética de 1986. Pero Fukushima sucedió en el avanzadísimo Estado de Japón, veinticinco años después del desastre de Chernobil.

Hoy, cinco años después de Fukushima, y cuando se cumple el trigésimo aniversario de la explosión del cuarto reactor de Chernobil, la prevención de los gobiernos occidentales ante la energía nuclear se ha diluido a la misma velocidad que se disipa su firmeza ante los grandes poderes económicos.

El treinta aniversario de Chernobil nos deja una enseñanza importante: el ser humano es todavía incapaz de dominar por completo una fuente de energía peligrosa y contaminante, cuyos efectos devastadores tardan décadas en ser neutralizados, y milenios en desaparecer por completo.

La construcción del segundo sarcófago sobre Chernobil no sólo supone un desafío a la ingeniería, sino también un desembolso de unos 2.500 millones de euros para un consorcio internacional que ha tardado demasiado tiempo en actuar. Mientras tanto, millones de personas en las áreas más cercanas a la central, así como sus descendientes, han sufrido, sufren y seguirán sufriendo los efectos de aquella explosión en forma de muertes prematuras, malformaciones congénitas y enfermedades recurrentes.

Y es en ese momento cuando los apóstoles del dios Mercado se creen legitimados para poner en un platillo de la balanza una fuente energética insegura pero rentable, y en el otro, unos cuantos miles de cadáveres humanos.

 

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