Ciencia (ficción) económica

21. noviembre 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Como bien supieron ver millones de activistas de izquierda a principios de este siglo, la globalización económica constituye la carta de naturaleza del capitalismo salvaje. El librecambismo siempre fue la máxima aspiración del liberalismo. Un mundo sin injerencias ni regulaciones de los Estados, y en el que el dios Mercado proveía sabiamente a través de su “mano invisible”.

La realidad, sin embargo, es mucho menos idílica. La avaricia extrema de los grandes inversores internacionales les lleva a dirigir sus capitales hacia aquellos sectores y empresas que les garantizan un enriquecimiento más rápido y seguro, a costa de “lo que sea”. Y este “lo que sea” viene definido por deslocalizaciones industriales, despidos masivos, abaratamientos salariales y precarización de las condiciones de trabajo, en el llamado “primer mundo”, y por una explotación laboral extrema en los denominados “países en desarrollo”.

La inmensa fortuna de Amancio Ortega, y las miserables condiciones de sus trabajadores en las infrafactorías de Bangladés, China, India o Vietnam, son dos caras de una misma moneda.

Tras medio siglo de tregua gracias al Estado del Bienestar, la lucha de clases vuelve a primer plano de la actualidad. El magnate estadounidense Warren Buffett lo recordaba en 2006 con motivo de una entrevista concedida al New York Times. Según Buffett, claro que hay una lucha de clases, pero es mi clase, la de los ricos, la que lucha y la que la está ganando”.

Lo que no dijo Buffett es que la victoria de los ricos se está cimentando sobre la incomparecencia del contrario. Es muy fácil ganar frente a una clase trabajadora mucho más preocupada por los marcadores deportivos o por el último chisme de la telebasura, que por enfrentarse a quienes les están haciendo la vida literalmente imposible. La desideologización de los grandes sindicatos, la desaparición de una socialdemocracia que cometió el error más grande de su existencia cuando eludió unirse a las movilizaciones antiglobalización, o la adopción de viejos vicios por parte de las nuevas formaciones emergentes de la izquierda, también ayudan a esa victoria de los ricos.

Así las cosas, la economía mundial se ha convertido en una película de ciencia ficción donde nadie es quien debería ser. Un multimillonario ultraconservador como Donald Trump se erige en el mayor detractor del librecambismo neoliberal, mientras un presunto comunista como Xi Jinping aboga por intensificar el libre comercio internacional, ya que en su opinión, trae prosperidad para todos.

Lo de Trump es normal, porque cualquier fascista con labia está en condiciones de adoptar el discurso político que desee, y de convencer a esos millones de personas cuyo coeficiente intelectual sólo alcanza para estar pendientes de los marcadores deportivos y de la telebasura.

Pero lo de Xi Jinping es diferente. Tras la reunión que en septiembre de 1988 mantuvieron en Pekín el padre del neoliberalismo, Milton Friedman, y el entonces secretario general del Partido Comunista Chino, Zhao Ziyang, el país asiático apostó por convertirse en la fábrica del mundo, a cambio de ofrecer a los empresarios extranjeros bajos salarios y condiciones de trabajo deplorables. Nada puede ser más contrario al ideal comunista.

La nación antes que la ideología” es el principio adoptado por Donald Trump para ganar las elecciones en EEUU, y también por Xi Jinping para mantener las cuentas macroeconómicas de su país, aunque ello suponga consolidar la explotación laboral más salvaje y la represión política más atroz, como los dos pilares sobre los que se asienta la China contemporánea. Una circunstancia que, por extraño que pueda parecer, no merece el menor reproche de las potencias occidentales más democráticas, ni de los apóstoles liberales más experimentados.

Al fin y al cabo, como dijo el propio Friedman, “dicté, tanto en China como en Chile, exactamente las mismas conferencias. He visto muchas manifestaciones contra mí por lo que dije en Chile, pero nadie ha hecho objeciones a lo que dije en China ¿Cómo se explica?”.

 

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