Comer con el rey

30. agosto 2012 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Desde el origen de los tiempos compartir mesa y mantel con un rey ha sido considerado como signo de distinción social, incluso después de que el Antiguo Régimen diera paso al Estado liberal, con la consiguiente sustitución de la aristocracia por la burguesía como clase social dominante.

La España depauperada de los 5,5 millones de parados pudo observar ayer uno de estos solemnes espectáculos, cuando los 17 principales empresarios del país compartieron un almuerzo con el rey Juan Carlos I en la sede de Telefónica.

Al parecer, el Jefe del Estado pretendía informarse sobre la situación económica del país, quizá con el propósito de recopilar datos para construir su próximo discurso navideño. Sin embargo, Juan Carlos I no acudió al mejor de los foros para lograr este propósito, ya que es altamente improbable que los directivos de estas empresas reconocieran ante el monarca ser los responsables de buena parte de los males que afectan a nuestra economía, después de décadas de deslocalizaciones fiscales y productivas y de despidos masivos, incluso en época de beneficios.

Tampoco es demasiado fiable la opinión de estos empresarios si consideramos el hecho de que su preocupación se centra mucho más en incrementar la fortuna de sus respectivos accionistas que en cumplir con la responsabilidad social hacia el país que su posición en el circuito productivo les atribuye.

Si Juan Carlos I pretendía conocer la realidad de la economía española, en lugar de almorzar con los 17 principales empresarios del país, hubiera sido mejor que se hubiese dejado invitar por un desempleado, un joven, un desahuciado inmobiliario, un paciente en lista de espera, un maestro de la enseñanza pública, un titular de participaciones preferentes, un minero, un trabajador en situación de baja por enfermedad, un enfermero de la sanidad pública, un becario, una persona en situación de dependencia, un médico de la sanidad pública, un pequeño comerciante, un jubilado perceptor de la pensión mínima, un proveedor de la Administración, un autónomo y un economista no contaminado por las tesis del neoliberalismo.

El menú no hubiera resultado tan suculento, pero el discurso de Nochebuena lo hubiera sido mucho más.

 

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