Confluencia o absorción

8. septiembre 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Una de las condiciones esenciales de la democracia es que cualquier persona pueda acceder al ejercicio de un cargo institucional de representación. Y una de las condiciones esenciales de la representación institucional democrática es que los cargos públicos elegidos por el pueblo posean, al menos, un nivel mínimo de conocimientos políticos.

Conocimientos que permitan distinguir, por ejemplo, la confluencia de la absorción. El diccionario de la RAE define a la primera como la “acción de coincidir en un mismo fin”, y a la segunda como la “acción en la que una entidad política o comercial asume o incorpora a otra”.

La resolución del Consejo Ciudadano de Podemos Aragón (que por cierto, no ha sido enviada a los medios de comunicación en aras de la transparencia, o al menos, no a todos, en aras de la igualdad) constituye una falsa confluencia con otras fuerzas políticas y un verdadero intento de absorción de las mismas.

Las explicaciones dadas por Pablo Echenique para dar a conocer este acuerdo, no podrían haber sido más desafortunadas. Según el secretario general de Podemos en Aragón, “la coalición de partidos está descartada”, a pesar de que él mismo afirma a continuación que “una de las líneas aprobadas por Podemos a nivel estatal es que la palabra ‘Podemos’ aparezca primero en las papeletas”. Es decir, Podemos no quiere sopas de siglas, pero su “sigla” debe encabezar la papeleta, no pudiendo incluirse la de ningún otro partido, por deseo de Podemos. Curiosa forma de entendimiento entre partidos políticos.

El segundo error monumental del discurso de Echenique es considerar que Podemos “es la herramienta que la ciudadanía reconoce mejor como agente del cambio político”. Falso, falsísimo. Los resultados de las elecciones autonómicas y municipales del pasado 24 de mayo certifican que la ciudadanía identificó mejor como agentes del cambio político a las candidaturas municipales de unidad popular formadas por gentes de Podemos, de IU, de Equo y de otras fuerzas, que a las candidaturas autonómicas de Podemos en solitario, a pesar de que las primeras no llevaban el nombre de Podemos y las segundas sí.

Y la tercera frivolité del líder de Podemos-Aragón: primero afirma que “esto no puede ser un bazar persa, con los regateos de la vieja política”, y a continuación señala que la unidad “pasa por que se refleje el peso político de cada una de las partes, y la manera más sencilla de valorarlo es el resultado que salió de las últimas elecciones”.

La peor tradición de la vieja política es la negación del adversario. Podemos es un partido político, y como tal, no está en condiciones de negar a ningún otro partido que haga constar su nombre en una lista conjunta. La alternativa deseable es trasladar al ámbito estatal la experiencia de las candidaturas municipales de unidad popular, donde personas de Podemos, de IU, de Equo y de otras fuerzas políticas se pusieron de acuerdo en un programa antineoliberal, y en un procedimiento democrático para la elaboración de las listas.

Si Podemos no ha aprendido aún esta lección y prefiere concurrir en solitario, quizá pueda aspirar en las generales a revalidar el tercer puesto que le otorgaron las urnas en las autonómicas (muy por detrás –por cierto– del bipartidismo). Y si a la hora de plantear una alternativa seria y unitaria frente al tsunami neoliberal, el partido político Podemos sigue negando a los demás su derecho a ser y a actuar como partidos políticos, es muy posible que acabe convertido en el nuevo referente del social-liberalismo español.

En cualquier caso, faltan tres meses para las elecciones generales y Pablo Iglesias todavía no ha sometido a referéndum interno la política de alianzas de Podemos. Residuos de la “vieja política”. Tic, tac, tic, tac…

 

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