De cocodrilos y ranas

21. abril 2017 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

El día de ayer será recordado como aquel en el que Esperanza Aguirre derramó lágrimas de cocodrilo tras declarar como testigo en el juicio del caso Gürtel. “A lo largo de toda mi vida, lo que he buscado es la mejor utilización del dinero del contribuyente en servicio público, y jamás nadie me ha podido acusar de haber [aquí empieza a quebrarse la voz] hecho alguna cuestión incorrecta, y por tanto, para mí sería lo de Ignacio González muy lamentable”.

El problema es que las lágrimas de Esperanza Aguirre ante la prensa son tan creíbles como la declaración que minutos antes había realizado en la Audiencia Nacional. Allí dijo, por ejemplo, que no dio ninguna instrucción al exconsejero autonómico de Deportes, Alberto López Viejo, para dejar de contratar con las empresas de la trama Gürtel: “No di ninguna instrucción; pregunté si era verdad lo que decía Interviú, el señor López Viejo contestó que al principio habían contratado con esa empresa, pero que ya no la contrataban”. Sin embargo, en enero de 2009, Esperanza Aguirre declaró ante la prensa lo siguiente: “Yo, en el año 2005, le di al señor López Viejo instrucciones clarísimas, ante la aparición en alguna revista de unas denuncias relativas a una empresa concreta (creo que era Easy Concept),… le di la orden de no contratar ninguno de mis actos con esta empresa”.

Quizá Esperanza Aguirre no sepa que el artículo 458 del Código Penal castiga con penas de prisión de seis meses a dos años y con multa de tres a seis meses, al “testigo que faltare a la verdad en su testimonio en causa judicial”. Posiblemente, los mismos fontaneros fiscales y judiciales que la libraron de un delito de desobediencia a la autoridad cuando derribó la moto del agente que la estaba multando, la libren ahora de su pena por mentir ante un Tribunal.

En cualquier caso, y visto el desarrollo judicial de los casos Gürtel, Púnica y Lezo, sólo caben dos posibilidades: o bien Esperanza Aguirre es tan ladrona como sus más estrechos colaboradores, o bien es tan imbécil como para no darse cuenta de los muchos delitos que durante muchos años estuvieron cometiéndose a su alrededor.

Las dos posibilidades aconsejan que la lideresa madrileña ponga ya mismo punto final a su dilatada carrera política, con el compromiso de no volver jamás a la vida pública, aunque su síndrome de abstinencia del poder la impulse a ofrecerse como candidata a futuros procesos electorales.

La maltrecha democracia española necesita que el Partido Popular rompa con todas esas mamandurrias político-empresariales que a lo largo de las últimas décadas han depositado ingentes cantidades de dinero público en unos bolsillos privados, cuyos dueños no han aportado nada positivo a la sociedad española.

Lo del PP no es un problema de políticos que salen rana, sino de toda una generación defectuosa, heredera de todos esos siglos de la historia de España en los que el caciquismo era el sistema de gobierno del país.

 

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