De naciones y fiestas nacionales

16. octubre 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

La semana informativa comenzaba con una agria polémica en torno a la Fiesta Nacional de España, que desde 1987 se celebra el 12 de octubre. En la ley que fijaba esta fecha, la mayoría absoluta del PSOE incluyó como exposición de motivos que “la conmemoración de la Fiesta Nacional tiene como finalidad recordar solemnemente momentos de la historia colectiva que forman parte del patrimonio histórico, cultural y social común, asumido como tal por la gran mayoría de los ciudadanos”, y que “el 12 de octubre, simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los Reinos de España en una misma Monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos”.

Sin embargo, casi 30 años después de la institucionalización del 12 de octubre, la realidad es que esta efemérides no ha conseguido ganarse el respaldo unánime de “la gran mayoría de los ciudadanos”. Una buena parte de la ciudadanía recuerda que la “proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos” que nuestro país inició en 1492, estuvo basada en multitud de atrocidades cometidas contra las poblaciones indígenas. Para otros, quizás para la mayoría, el 12 de octubre es sólo un día festivo en el calendario, sin mayor trascendencia nacional ni emocional.

Ante este horror vacui de Fiesta Nacional, algunos prebostes de la izquierda o de partidos como Podemos (que dicen no ser de izquierdas ni de derechas), han iniciado una competición de ocurrencias para ver quién propone la fecha más extravagante. Así, el coordinador general de IU, Cayo Lara, se descolgaba el martes apuntando al 2 de mayo como futura Fiesta Nacional, ya que en su opinión “es una fecha en la que, con sus más y sus menos, en este país se intentó repudiar a un invasor”. El problema es que en aquella ocasión, los invasores traían la ilustración, los derechos del ciudadano, la libertad, la igualdad, la fraternidad y la victoria sobre el Antiguo Régimen; mientras que los defensores españoles del Antiguo Régimen representaban a un país cateto, fundamentalista, tradicionalista y profundamente retrógrado.

Más ocurrente, si cabe, fue el directivo de Podemos, Íñigo Errejón, que un día después planteaba el 19 de marzo como futura Fiesta Nacional, no tanto por lo del patriarca San José, sino por la fecha de aprobación de la Constitución Española de 1812, apodada “La Pepa”. A pesar de su doctorado en Politología, quizá Errejón desconozca que la profundamente monárquica, radicalmente catolicista, vocacionalmente elitista y asquerosamente machista Constitución de 1812 fue redactada “En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la sociedad”, y que aquella Carta Magna era tan raquítica en derechos sociales como profusa en arquitectura institucional.

Muchos pensarán que “La Pepa” fue un avance en su época, y sin duda lo fue, pero el inmenso error de Errejón es que ahora no estamos escogiendo una fecha para la Fiesta Nacional de la España de 1812, sino para la de 2015.

En cualquier caso, si la “nación” española no tiene claro qué fecha elegir para su “Fiesta Nacional”, tal vez se deba a que no existe tal “nación”, al menos en el sentido de las “naciones” que tuvieron la valentía de conquistar su futuro, como la estadounidense (con un incuestionable 4 de julio), la francesa (14 de julio), la rusa (12 de junio), la griega (25 de marzo), o la italiana (2 de junio). A semejanza de este último país (*), si España decidiera vivir de sus conquistas democráticas presentes y no de la conmemoración de sus conquistas militares pasadas, la fecha elegida para la Fiesta Nacional sería indudablemente la del 6 de diciembre, día en el que la ciudadanía respaldó en referéndum, casi por unanimidad, la Carta Magna más integradora y socialmente avanzada de su historia.

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(*) 2 de junio, Día de la Fiesta Nacional de Italia, que conmemora el referéndum constitucional de 1946, cuando por sufragio universal los ciudadanos italianos decidieron qué forma de gobierno (monarquía o república) querían para su país tras la Segunda Guerra Mundial y la caída del Fascismo

 

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