Decadencia política

18. abril 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Después de afirmar que los escraches de los afectados por la estafa hipotecaria son “nazismo puro”, la secretaria general del PP volvió ayer a convertirse en el centro de la polémica. El diario La Vanguardia publicó que Dolores Cospedal había dicho en una reunión interna de su partido que “los votantes del PP dejan de comer antes de no pagar la hipoteca”. Al ver el revuelo producido, Cospedal negó la autoría de semejante despropósito y negoció una frase transaccional con el diario catalán: “los votantes del PP se ajustan el cinturón, pero pagan la hipoteca. Otros, con excusas vagas, no hacen lo mismo”.

Así pues, según Cospedal, el que no paga es porque no quiere; una reedición de aquel famoso mantra de la derecha más casposa y caciquil de este país, que decía que “en España, el que no trabaja es porque no quiere”.

En cualquier caso, lo más escalofriante de la frase no es la deleznable falta de respeto que Cospedal manifiesta hacia las personas que no pueden hacer frente a sus obligaciones hipotecarias por haber perdido su trabajo, sino el hecho de que la secretaria general del PP parece tener monitorizados a sus 10.866.566 votantes, de forma que conoce cuáles son sus problemáticas familiares y cuáles sus prioridades a la hora de ejecutar el presupuesto familiar.

Este último punto es el que puede explicar el desvarío de Cospedal. Quizá los dirigentes populares opinan que la gente normal en sus casas hace lo mismo que hacen los gobernantes socialistas y populares tras el pacto que sellaron en 2011 para reformar el artículo 135 de la Constitución de espaldas a la ciudadanía: pagar primero a los acreedores, y luego, si queda dinero, “comer”, es decir, pagar las pagas extras de los funcionarios, las prestaciones por dependencia, los gastos en sanidad y educación, las becas escolares, etc.

Afortunadamente, la inmensa mayoría de las familias con problemas económicos (sean votantes del PP o no) actúan en el sentido contrario: primero dan de comer a sus hijos para evitar que pasen hambre, y si luego queda dinero, pagan al banco. La razón es simple: un padre o una madre no puede soportar la idea de ver a sus hijos pasar hambre, mientras que un gobernante ni siquiera se inmuta cuando sabe de alguien que ha perdido su fuente de ingresos, su vivienda o su centralidad como usuario de la sanidad o de la educación públicas.

Pero la espiral de despropósitos de los dirigentes populares en materia hipotecaria no queda en Cospedal. El diputado Vicente Martínez–Pujalte declaraba a Antena 3 que algunos deudores quieren la dación en pago retroactiva para entregar su vivienda y comprarse otra.

Mientras tanto, a la ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez decía en sede parlamentaria que el exilio económico al que tienen que recurrir muchos españoles para ganarse la vida, no es tal sino “movilidad exterior”. Los eufemismos sirven para todo; por ejemplo, en lugar de decir que alguien es gilipollas, podemos afirmar que padece “incompetencia extrema”, o en lugar de denunciar que el Estado ha matado a un paciente grave cuando éste fallece a causa de su dolencia estando en lista de espera hospitalaria, podemos indicar que el Gobierno ha realizado una política tendente a la “optimización de los recursos públicos”.

Cospedal, Martínez–Pujalte y Báñez. Tres perlas lingüísticas en menos de 24 horas que, junto a la ineficacia demostrada de las medidas adoptadas en materia de política económica, revelan en nuestros gobernantes un estado de decadencia política similar al que vivió el Imperio Romano durante el siglo III de nuestra era, acuciado por una triple crisis política, social y monetaria. Las reformas de Diocleciano sólo sirvieron para que Roma arrastrase su agonía durante casi dos siglos hasta la caída final de un imperio imposible en el año 476.

 

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